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El roble y la hiedra

Pastor Lionel

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Un hombre edificó su casa. La embelleció con un jardín interno. En el centro plantó un roble y el roble creció lentamente. Día a día echaba raíces y fortalecía su tallo, para convertirse en tronco, capaz de resistir los vientos y las tormentas.
Junto a la pared de su casa el hombre plantó una hiedra y la hiedra comenzó a levantarse velozmente. Todos los días extendía sus tentáculos llenos de ventosas, y se iba alzando adherida a la pared.

Al cabo de un tiempo la hiedra caminaba sobre los tejados. El roble crecía silenciosa y lentamente.

— ¿Cómo estás, amigo roble?, preguntó una mañana la hiedra.

— Bien, mi amiga.

— Eso dices porque nunca llegaste hasta esta altura. Desde aquí se ve todo tan distinto. A veces me da pena verte siempre allá en el fondo del patio.

— No te burles, amiga. Recuerda que lo importante no es crecer deprisa, sino con firmeza.

Entonces la hiedra lanzó una carcajada burlona. Y el tiempo siguió su marcha. El roble creció con su ritmo firme y lento. Las paredes de la casa envejecieron.

Una fuerte tormenta sacudió con un ciclón la casa y su jardín. Fue una noche terrible. El roble se aferró con sus raíces para mantenerse erguido. La hiedra se aferró con sus ventosas al viejo muro para no ser derribada. La lucha fue dura y prolongada.

Al amanecer, el dueño de la casa recorrió su jardín, y vio que la hiedra había sido desprendida de la pared, y estaba enredada sobre sí misma, en el suelo, al pie del roble. Y el hombre arrancó la hiedra, y la quemó.
Mientras tanto el roble reflexionaba:

Es mejor crecer sobre raíces propias y crear un tronco fuerte, que ganar altura con rapidez, colgado de la seguridad de otros.

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