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El Rey astuto

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El rey Herodes se inquietó mucho al oír esto, y lo mismo les pasó a todos los habitantes de Jerusalén. Mandó el rey llamar a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, y les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos le dijeron: –En Belén de Judea; porque así lo escribió el profeta: ‹En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre las principales ciudades de esa tierra; porque de ti saldrá un gobernante que guiará a mi pueblo Israel›. Entonces Herodes llamó en secreto a los sabios, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Luego los mandó a Belén, y les dijo: –Vayan allá, y averigüen todo lo que puedan acerca de ese niño; y cuando lo encuentren, avísenme, para que yo también vaya a rendirle homenaje. Con estas indicaciones del rey, los sabios se fueron. Mateo 2:3-9

Los que viven completamente alejados de Jesús, alejados de los medios de la gracia suelen usar la máxima diligencia y aprenden a conocer lo máximo de Cristo y de su salvación. Pero ningún arte curioso ni el puro aprendizaje humano pueden llevar a los hombres a Él. Llegan a tener muchos datos de La Biblia, mas jamás esos datos les llevarán a conocer al Cristo Crucificado, porque la Palabra de Dios no es para ser leída únicamente, es para ser vivida. Debemos aprender de Cristo atendiendo a la palabra de Dios, como luz que brilla en un lugar oscuro, y buscando la enseñanza del Espíritu Santo para que de ese modo permanezca en nuestros corazones. Aquellos en cuyo corazón se levanta la estrella de la mañana, para darles el necesario conocimiento de Cristo, hacen de su adoración su actividad preferente.

En este relato los magos representan a las otras religiones que no son las de la Biblia. Así, pues, mientras los sacerdotes de los judíos, jefes del pueblo de Dios, no reciben aviso del nacimiento de Jesús, Dios lo participa a algunos de esos amigos suyos que están muy lejos de su pueblo. Esta lección vale para todos los tiempos Jesús es el Salvador de todos los hombres y no solamente de los que se ubican en su Iglesia. Así Dios sabe hablar a todos los hombres por medio de los acontecimientos, y los encuentra allí mismo donde ellos buscan. Llama a los Magos –siendo astrólogos ellos, como se supone lo eran– por medio de una estrella, y a los pescadores después de una pesca. Del mismo modo que brilló la estrella en la noche guiando a los Magos en la obscuridad de ese mismo modo la luz de Cristo nos guía en las tinieblas de la muerte para alcanzar la eternidad.

Había oído Herodes la noticia de que habían llegado de Oriente unos sabios, y que estaban buscando a un Niño que había nacido para ser el Rey de los judíos. Aunque Herodes era muy viejo, y nunca había mostrado afecto por su familia, y era improbable que viviera hasta que el recién nacido llegara a la edad adulta, empezó a turbarse con el temor de un rival que amenazara su reinado. No comprendió la naturaleza espiritual del reino del Mesías. Cuidémonos de la fe muerta. El hombre puede estar persuadido de muchas verdades y aun puede odiarlas, porque interfieren con su ambición o licencia pecaminosa. Tal creencia le incomodará, y se decidirá más a oponerse a la verdad y la causa de Dios; y puede ser suficientemente necio para esperar tener éxito en eso. Cualquier rey se habría preocupado de la noticia de que había nacido un niño que iba a ocupar su trono. Pero Herodes se preocupó por partida doble.

Herodes era medio judío y medio edomita. Tenía sangre edomita en las venas. Se había hecho útil a los romanos en las guerras y en los levantamientos de Palestina, y confiaban en él. Le habían nombrado gobernador en el año 47 a.C.; el 40 a.C. había recibido el título de rey; y su reinado se prolongó hasta el 4 a.C. Había ejercido el poder mucho tiempo. Se le llamaba Herodes el Grande, y en muchos sentidos merecía ese título. Fue el único gobernador de Palestina que consiguió mantener la paz e imponer el orden. Fue un gran constructor; fue el que construyó el templo de Jerusalén. Sabía ser generoso. En los tiempos difíciles reducía los impuestos para hacerle las cosas más fáciles al pueblo; y en el hambre del año 25 a.C. llegó hasta fundir su propia vajilla de oro para comprar trigo para el pueblo hambriento.

Pero había un fallo terrible en el carácter de Herodes. Era suspicaz hasta casi la locura. Siempre había sido suspicaz; y cuanto más viejo se hacía, también se hacía más suspicaz hasta que, en su vejez, era, como dijo alguien, «un viejo asesino». Si sospechaba que alguien pudiera ser su rival en el poder, eliminaba a esa persona a toda prisa. Asesinó a su esposa Mariamne y a su madre Alejandra. Su hijo mayor, Antípater, y otros dos de sus hijos, Alejandro y Aristóbulo, también fueron asesinados por orden suya. Augusto, el emperador romano, había dicho amargamente que estaba más a salvo un cerdo de Herodes que un hijo de Herodes. Este dicho resulta todavía más epigramático en griego, porque hus es la palabra para cerdo, y hyiós es la palabra para hijo. Algo de la naturaleza salvaje, amargada y retorcida de Herodes se puede ver en los preparativos que hizo cuando veía cerca la muerte. Cuando tenía setenta años, sabía que se iba a morir. Se retiró a Jericó, la más encantadora de todas sus ciudades. Dio órdenes para que se hiciera una recolección de los ciudadanos más distinguidos de Jerusalén, que los arrestaran con acusaciones amañadas y los metieran en la cárcel. Y dio orden de que en el momento en que él muriera, los mataran a todos. Dijo sarcásticamente que se daba cuenta de que nadie lloraría su muerte, y estaba decidido a que se derramaran lágrimas cuando él muriera.

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