Efesios 1: El propósito de Dios

Pastor Lionel

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El verdadero cristiano ama a Cristo y ama a sus semejantes. Y todavía más: sabe que no puede mostrarle su amor a Cristo de ninguna otra manera que mostrándoselo a sus semejantes. Por muy ortodoxa que sea una iglesia, por muy pura que sea su teología y por muy noble que sea su liturgia, no es una iglesia verdadera en el sentido real del término a menos que se caracterice por su amor a sus semejantes. Hay iglesias que rara vez hacen pronunciamientos públicos a menos que sea para censurar o criticar. Puede que sean ortodoxas, pero no son cristianas. La verdadera Iglesia se caracteriza por un doble amor: amor a Cristo, y amor a sus semejantes.

F W Boreham cita un pasaje de La sombra de la espada de Robert Buchanan, en el que este autor describe la Capilla del Odio: «Estaba situada en un monte inhóspito y desierto de la Bretaña francesa hace cien años. Estaba en ruinas; los muros estaban negros y sucios con el légamo de los siglos; alrededor del altar derruido había ortigas y otras malas hierbas de crecían hasta la altura del pecho; mientras una niebla negra preñada de lluvia se cernía noche y día sobre el lúgubre escenario. Por encima de la entrada de la capilla, pero medio borrado, estaba su nombre. Estaba dedicada a Nuestra Señora del Odio. «Aquí -dice Buchanan-, en horas de pasión y dolor, venían hombres y mujeres a lanzar maldiciones a sus enemigos: la moza a su amor falso, el amante a su querida infiel, el marido a su esposa traidora -pidiendo todos a una que nuestra Señora del Odio los oyera, y que la persona odiada muriera dentro de aquel año.»» Y entonces el novelista añade: «¡Con tal brillo y profundidad había brillado la tierna luz cristiana dentro de sus mentes!»

Una capilla del odio es una concepción horrible; y sin embargo, ¿estamos siempre tan lejos como debemos de ella? Odiamos a los comunistas o a los capitalistas; a los fundamentalistas o a los modernistas; a la persona que tiene una teología diferente de la nuestra; al católico romano o al protestante, según los casos. Hacemos declaraciones que se caracterizan, no por su amor cristiano, sino por una especie de amargura condenatoria. Haríamos bien en recordar de vez en cuando que el amor a Cristo y el amor a nuestros semejantes no pueden existir el uno sin el otro. Nuestra tragedia es que es verdad a menudo lo que dijo Swift una vez: «Tenemos suficiente religión para odiar, pero no para amar.»

La oración de Pablo por la Iglesia

En este pasaje vemos lo que Pablo pide a Dios para la Iglesia que ama y que va bien.

(i) Pide el Espíritu de sabiduría. La palabra que usa para sabiduría es sofía, que ya hemos visto que es el conocimiento de las cosas profundas de Dios. Pide que la Iglesia sea conducida a mayores y mayores profundidades en el conocimiento de las verdades eternas. Para que eso suceda hacen falta ciertas cosas.

(a) Es necesario contar con personas que piensan. Boswell nos cuenta que Goldsmith le dijo una vez: «De la misma manera que adquiero mis zapatos del zapatero, y mi ropa del sastre, así adquiero mi religión del sacerdote.» Hay muchos que son así; y sin embargo la religión no es nada a menos que sea un descubrimiento personal. Como decía Platón hace mucho: «Una vida sin examen de conciencia no vale la pena vivirla,» y una religión que no se ha examinado personalmente y a conciencia no es una religión que valga la pena tener. Es una obligación de toda persona pensante el pensar en su camino hacia Dios.

(b) Es necesario contar con un ministerio de enseñanza. William Chillingworth decía: « La Biblia, y la Biblia a secas, es la religión de los protestantes.» Eso puede que sea verdad, pero muchas veces no lo parece. La exposición de la Escritura desde el púlpito es una primera necesidad para un despertar espiritual.

(c) Es necesario que tengamos un sentido autoajustable de proporción. Es uno de los hechos extraños de la vida de la Iglesia que, en los comités eclesiásticos como las juntas de iglesia, los presbiterios y hasta las asambleas generales, se dedican veinte horas a la discusión de problemas mundanos de administración por cada hora que se dedica a cuestiones espirituales.

(ii) Pablo pide a Dios para la Iglesia una revelación y un conocimiento más plenos de Dios. Para el cristiano, el crecimiento en el conocimiento y en la gracia es esencial. Cualquier persona que tenga una profesión sabe que no se puede permitir dejar de estudiar. Ningún médico piensa que ha acabado de aprender cuando deja de asistir a las aulas de su facultad. Sabe que semana tras semana, y casi día a día, se descubren nuevas técnicas y tratamientos, y, si quiere seguir siendo de servicio a los que tienen enfermedades y sufren dolores, tiene que mantener el ritmo con ellos. Así sucede con los cristianos. La vida cristiana se podría describir como conocer mejor a Dios día a día. Una amistad que no crece en intimidad con el tiempo tiende a desvanecerse con el tiempo, y eso es lo que sucede entre nosotros y Dios.

(iii) Pide a Dios para la Iglesia una nueva concienciación de la esperanza cristiana. Es casi una característica de la edad en que vivimos que es una edad de desesperación. Thomas Hardy escribía en Tess: «Algunas veces pienso que los mundos son como las manzanas de nuestro árbol enfermo: algunas tienen un aspecto estupendo, y otras, de pena.» Y entonces llega la pregunta: «¿En qué clase de mundo vivimos? ¿En un mundo espléndido o en uno irremisiblemente malo?» La respuesta de Tess es: « En uno de pena.» Entre las guerras, sir Philip Gibbs escribía: « Si huelo a gases asfixiantes en Edgeware Road, no voy a ponerme la máscara antigás, o a meterme en un refugio antigás. Me saldré a aspirarlo a pleno pulmón, porque me daré cuenta de que la partida ha terminado.» H. G. Wells escribió una vez lúgubremente: «El ser humano, que empezó en una cueva soleada a cubierto del viento, terminará en un suburbio contaminado en ruinas.» Por todas partes resuenan las voces de los pesimistas; nunca hizo más falta que ahora el sonido de trompeta de la esperanza cristiana. Si el mensaje cristiano es verdad, el mundo no va de camino a su disolución, sino a su consumación.

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