Efesios 1: El propósito de Dios

El plan de Dios

Él decidió en Su amor antes que empezara el tiempo adoptarnos por medio de Jesucristo como Suyos, en el buen propósito de Su voluntad, para que todos alaben la gloria del don generoso que nos ha dado gratuitamente en el Amado.

En este pasaje Pablo nos habla del plan de Dios. Una de las alegorías que usa más de una vez acerca de lo que Dios hace por los hombres es la de la adopción (Cp. Romanos 8:23; Gálatas 4:5). Dios nos ha adoptado en Su familia como hijos.

En el mundo antiguo, donde estaba en uso la ley romana, esto resultaría todavía más claro que entre nosotros. Porque allí la familia se basaba en lo que se llamaba la patria potestas, la autoridad del padre. Un padre tenía poder absoluto sobre sus hijos durante toda su vida. Podía vender a un hijo suyo corno esclavo, y hasta matarle. Dión Casio nos dice que «la ley de los romanos le confiere al padre una autoridad absoluta sobre sus hijos, y sobre la totalidad de la vida de sus hijos.

Le confiere autoridad, si así lo desea, de meterle preso, azotarle, hacerle trabajar en sus propiedades como esclavo encadenado y hasta matarle. Ese derecho continúa existiendo aunque el hijo sea lo suficientemente mayor como para cumplir una parte activa en asuntos políticos, aunque se le haya tenido por digno de ocupar el puesto de magistrado, y aunque le tengan respeto todas las personas.» Es absolutamente cierto que, cuando un padre estaba juzgando a su hijo, se suponía que convocara a los varones adultos de la familia a consulta; pero no lo tenía que hacer por obligación.

Se daba el caso de que un padre condenara a su hijo a muerte. Salustio (La conspiración de Catilina, 39) dice que Aulo Fulvio se unió al rebelde Catilina. Fue apresado durante un viaje, y devuelto a su lugar de origen. Y su padre dio orden de que se le matara. El padre. lo hizo aplicando su autoridad privada, dando como razón que «él le había engendrado, no para Catilina contra su país, sino para su país contra Catilina.»

Según la ley romana, un hijo no podía poseer nada; y cualquier herencia que se le legara o cualquier regalo que se le hiciera eran propiedad de su padre. No importaba la edad del hijo, ni los honores y responsabilidades que hubiera alcanzado; estaba siempre totalmente bajo el poder de su padre.

En tales circunstancias, es obvio que la adopción era una decisión muy seria. Era, sin embargo, bastante frecuente, porque se adoptaban hijos muchas veces para asegurarse de que no se extinguiera la familia. El ritual de la adopción tiene que haber sido muy impresionante. Se llevaba a cabo mediante una venta simbólica, en la que se usaban monedas y balanzas.

El padre real vendía a su hijo dos veces, y dos veces le recuperaba simbólicamente; finalmente le vendía por tercera vez, y a la tercera iba la vencida. Después, el padre adoptivo tenía que ir al praetor, uno de los magistrados romanos principales, y solicitar la legalización de la adopción. Solamente después de completar todo esto se consideraba definitiva la adopción.

Cuando la adopción se había realizado, era totalmente vinculante. La persona que había sido adoptada tenía todos los derechos de un hijo legítimo en la nueva familia, y perdía todos los derechos que le correspondieran por su familia anterior. A los ojos de la ley era una nueva persona; hasta tal punto que hasta todas las deudas y obligaciones que le pudieran corresponder por su familia anterior quedaban abolidas como si no hubieran existido nunca.

Eso es lo que Pablo dice que Dios ha hecho por nosotros. Estábamos totalmente en poder del pecado y del mundo.

Dios, por medio de Jesús, nos ha liberado de ese poder, y Su adopción borra el pasado y nos hace nuevas criaturas.

Los dones de Dios

Porque es en Él en Quien tenemos una liberación que costó Su vida; en Él hemos recibido el perdón de los pecados, que solamente podía otorgarnos la magnanimidad de Su gracia, una gracia que Él nos dio con abundante provisión y que nos confiere toda sabiduría y toda prudencia.

En esta breve sección nos encontramos cara a cara con tres de las concepciones más grandes de la fe cristiana.

(i) Está la liberación. La palabra original es apolytrósis. Viene del verbo lytrún, que quiere decir redimir. Es la palabra que se usa para redimir a un prisionero de guerra o a un esclavo, o del continuo rescate que Dios otorga a Su pueblo en tiempos de prueba. Cada caso la concepción es la liberación de una persona de una condición de la que ella misma es incapaz de liberarse, o de un castigo que no habría podido evitar de ninguna manera.

Así que, en primer lugar, Pablo dice que Dios ha libertado a los hombres de una situación de la que ellos no se habrían podido nunca libertar a sí mismos. Precisamente eso es a lo que Cristo ha hecho por nosotros. Cuando Cristo vino a este mundo, la humanidad estaba agobiada por el sentimiento de su propia impotencia. Sabía que estaba viviendo una vida totalmente desquiciada; y también que era impotente para hacer ninguna otra cosa.

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