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El precio del cambio

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Hay una vieja historia que cuenta de unos marineros en un barco que una noche vieron lo que parecía otro barco que venía directo hacia el suyo.

Ordenó al señalero que dijera a la otra tripulación: cambie su curso diez grados al norte. Cambie usted su curso diez grados al sur fue la respuesta que llegó de inmediato.

Soy un capitán. Cambie su curso al norte, replicó el capitán. Y yo soy un marinero de primera, cambie su curso al sur.

Esto enfureció al capitán quien ordenó al señalero decir: Insisto que cambie su curso al norte, estoy en un barco de guerra. Y yo le digo que cambie su curso al sur. Estoy en un faro, fue la respuesta, cambie su curso o va a encallar y destruir su barco, aunque sea de guerra..

Negarnos a cambiar, puede llevarnos al desastre. Negarnos a transformar nuestra manera de pensar puede ser fatal.

¿Qué posición tomamos en nuestro trabajo ante la cotidianidad, ante situaciones minúsculas?.

¿Y cuáles en nuestra familia, ante los embates de situaciones adversas?

¿Somos acaso como el barco empecinados en seguir adelante a toda costa, a toda marcha; confiando en que somos tan poderosos social y económicamente con un status como el del buque de guerra?. Comandantes que ni siquiera escuchamos a un marinero de primera. No oímos o nos hacemos los sordos como el viejo Jonás.

¿Por qué no lo intentamos? Comencemos por cambios con cosas tan pequeñas como la actitud. Seamos como el faro, atalayas de la vida. Vigías del derrotero humano. Atentos al consejo sabio y oportuno, llegando donde el amigo enfermo y necesitado. Orientadores hacia el camino de vida y no de muerte.

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