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El lugar del nacimiento

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El Emperador Constantino construyó un templo sobre la cueva en la que se creía había acontecido el nacimiento de Cristo. Al entrar en la cueva de la Natividad, ahora bajo el altar mayor del templo, la entrada es tan bajita que es necesario inclinarse o arrodillarse para entrar. En el suelo hay una estrella y a su alrededor la inscripción en latín: «Aquí nació Jesucristo de la virgen María.» Es tremendamente significativo el simbolísmo de que los peregrinos tienen que entrar de rodillas al lugar del nacimiento de nuestro Señor, por lo que contemplar el lugar de su nacimiento impresiona y llena el alma de reverencia.

Los profetas y el pueblo de Dios se mantuvieron, durante siglos, esperando al prometido Mesias. Así, transcurrido el tiempo, aconteció en el pesebre en Belén el maravilloso milagro, el brazo de Jehová se manifestó. Aquel pesebre de madera ásperamente labrada, acuñó el destino del hombre y sus esperanzas de toda la vida. Fue el momento de la suprema revelación de Dios.

Hay en Roma un elegante fresco conocido como Aurora, pintado por Guido, que cubre toda la cúpula. Al intentar observarlo desde abajo, el cuello se queda entumecido, la cabeza mareada y las figuras terminan confundiéndose. Para evitar ese efecto, el dueño del palacio ha colocado un gran espejo cerca del suelo, de manera que los visitantes pueden ahora sentarse delante del espejo y, a través de él, disfrutar del fresco que está en la cúpula.

De la misma manera, el espejo de Cristo nos permite disfrutar de la que de otra forma seria inaccesible e invisible presencia cósmica que está tan por encima de nosotros. Jesús revela y descubre a Dios.

Juan, en su Evangelio, declara cinco grandes verdades acerca del Verbo:

  1. Su eternidad, «En el principio»;
  2. Su compañerismo en la divinidad, «con Dios»
  3. Su deidad, «era Dios»
  4. Su labor en la creación, «Todas las cosas por él fueron hechas»
  5. Su maravillosa encarnación, «Fue hecho carne.»

Pocos años antes de la muerte de Cristo, Filón, un judío que vivía en Alejandría, unió el pensamiento griego y judío sobre la palabra logos, escribiendo ampliamente acerca de él, y vistiéndolo de un concepto metafísico. De esa manera esta palabra tuvo un significado mucho más extenso y común, comunicando de una manera más efectiva su significado a ambos, judíos y griegos. Pero Cristo fue aún superior a esta importante palabra, llenándola de un nuevo significado.

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