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El jardín del amado

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Había en el Jardín muchísimos y bellos pájaros cuyos cantos se unían de manera tal que nadie habría podido distinguir qué pájaro emitía cuál canción, lo que no era obstáculo para que el conjunto de la melodía fuese de una indescriptible dulzura.

Entre todos estos pájaros sólo había uno que carecía de belleza. Era pequeño y de color marrón y se veía como un guijarro en medio de un cofre de joyas. Y ello le pareció al Discípulo como un invitado a una boda que no llevase sus mejores galas para mayor gloria del Amado. En consecuencia se enojó mucho por el gran celo con que cuidaba el bien del Amado y expulsó al pájaro del Jardín.

Pero tan pronto como el pájaro voló fuera del Jardín y a pesar de que los otros pájaros continuaban cantando melodiosamente, pareció como si la canción del Jardín hubiese perdido su dulzura, y las bellas rosas del Jardín inclinaron sus cabezas y empezaron a morir.

De inmediato vino el Amante y le preguntó al Discípulo qué le había ocurrido al pájaro marrón.

El Discípulo se asombró mucho y le contó al Amante cuanto había pasado.

No había aún acabado de escucharle, cuando el Amante salió a toda prisa fuera del Jardín y llamó al pájaro marrón que vino a posarse sobre su hombro. Acto seguido lo llevó nuevamente al Jardín donde al punto comenzó a cantar con la alegría que le causaba el retorno. Y el Jardín recuperó la plenitud de su melodía y las rosas volvieron a alzar sus cabezas.

Entonces el Discípulo le preguntó al Amante:

— Señor, te suplico que me digas qué pájaro es éste y cómo pudiste de inmediato percibir su ausencia del Jardín.

Replicó el Amante:

— Se llama ruiseñor, y en la misma medida en que su plumaje es de menor belleza que el de otros pájaros, es más dulce y alto su canto que el de todos los demás, de manera que llena todo el Jardín con su melodía y hasta las rosas inclinan sus cabezas cuando dejan de escucharlo.

Por lo que el Discípulo comprendió que cada cosa posee sus propios dones para ofrendar en servicio del Amado…

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