El Cumplimiento del Tiempo

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley. Gálatas 4. 4 Los primeros cristianos —Pablo entre ellos— no creían que el tiempo y el lugar del nacimiento de Jesús fueron dejados al azar. Al contrario, aquellos cristianos veían la mano de Dios preparando el advenimiento de Jesús en todos los acontecimientos anteriores a la Navidad, y en todas las circunstancias históricas que la rodearon. Lo mismo puede decirse del nacimiento de la iglesia, que es el resultado de la obra de Jesús. Dios había preparado el camino para que los discípulos, una vez recibido el poder del Espíritu Santo, pudieran serle testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Por lo tanto, la iglesia nunca fue una comunidad desprovista de todo contacto con el mundo exterior. Los primeros cristianos eran judíos del siglo primero, y fue como judíos del siglo primero que escucharon y recibieron el evangelio. Después la nueva fe se fue propagando, tanto entre los judíos que vivían fuera de Palestina como entre los gentiles que vivían en el Imperio Romano y aun fuera de él. En consecuencia, a fin de comprender la historia de la iglesia en sus primeros siglos debemos primero echar una ojeada hacia el mundo en que esa iglesia se desenvolvió.

El Judaísmo en Palestina

Palestina, la región en donde el cristianismo dio sus primeros pasos, ha sido siempre una tierra sufrida. En tiempos antiguos esto se debió principalmente a su posición geográfica, que la colocaba en la encrucijada de las dos grandes rutas comerciales que unían al Egipto con Mesopotamia, y a Arabia con Asia Menor. A través de toda la historia del Antiguo Testamento, esta estrecha faja de terreno se vio codiciada e invadida, unas veces por el Egipto, y otras por los grandes imperios que surgieron en la región de Mesopotamia y Persia. En el siglo IV a.C., con Alejandro y sus huestes macedonias, un nuevo contendiente entró en la arena. Al derrotar a los persas, Alejandro se hizo dueño de Palestina. Alejandro murió en el año 323 a.C., y siguieron entonces largos años de inestabilidad política. La dinastía de los Ptolomeos, fundada por uno de los generales de Alejandro, se posesionó del Egipto, mientras que los Seleucos, de semejante origen, se hicieron dueños de Siria. De nuevo Palestina resultó ser la manzana de la discordia en las luchas entre los Ptolomeos y los Seleucos.

Las conquistas de Alejandro habían tenido una base ideológica. El propósito de Alejandro no era sencillamente conquistar el mundo, sino unir a toda la humanidad bajo una misma civilización de tonalidad marcadamente griega. El resultado de esto fue el helenismo, que tendía a combinar elementos puramente griegos con otros tomados de las diversas civilizaciones conquistadas. Aunque el carácter preciso del helenismo varió de región en región, en términos generales le dio a la cuenca oriental del Mediterráneo una unidad que sirvió primero a la expansión del Imperio Romano y después a la predicación del evangelio. Pero para los judíos el helenismo no era una bendición. Puesto que parte de la ideología helenista consistía en equiparar y confundir los dioses de diversos pueblos, los judíos veían en él helenismo una seria amenaza a la fe en el Dios único de Israel. Por ello, la historia de Palestina desde la conquista de Alejandro hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. puede verse como el conflicto constante entre las presiones del helenismo por una parte y la fidelidad de los judíos a su Dios y sus tradiciones por otra. El punto culminante de esa lucha fue la rebelión de los Macabeos. Primero el sacerdote Matatías, y después sus tres hijos Jonatán, Judas y Simeón, se rebelaron contra el helenismo de los Seleucos, que pretendía imponer dioses paganos entre los judíos. El movimiento tuvo cierto éxito. Pero ya Juan Hircano, el hijo de Simeón Macabeo, comenzó a amoldarse a las costumbres de los pueblos circundantes, y a favorecer las tendencias helenistas. Cuando algunos de los judíos más estrictos se opusieron a esta política, se desató la persecución. Por fin, en el año 63 a.C., el romano Pompeyo conquistó el país y depuso al último de los Macabeos, Aristóbulo II.

La política de los romanos era por lo general tolerante hacia la religión y las costumbres de los pueblos conquistados. Poco tiempo después de la deposición de Aristóbulo, los romanos les devolvieron a los descendientes de los Macabeos cierta medida de autoridad, dándoles los títulos de sumo sacerdote y de etnarca.

Herodes, nombrado rey de Judea por los romanos en el año 40 a.C., fue el último gobernante con cierta ascendencia macabea, pues su esposa era de ese linaje. Pero aun la tolerancia romana no podía comprender la obstinación de los judíos, que insistían en rendirle culto sólo a su Dios, y que se rebelaban ante la menor amenaza contra su fe. Herodes hizo todo lo posible por introducir el helenismo en el país. Con ese propósito hizo construir templos en honor de Roma y de Augusto en Samaria y en Cesarea. Pero cuando se atrevió a hacer colocar un águila de oro sobre la entrada del Templo los judíos se sublevaron, y Herodes tuvo que recurrir a la violencia. Sus sucesores siguieron la misma política helenizante, haciendo construir nuevas ciudades de estilo helenista y trayendo gentiles a vivir en ellas. Por esta razón las rebeliones se sucedieron casi ininterrumpidamente. Jesús era niño cuando los judíos se rebelaron contra el etnarca Arquelao, quien tuvo que recurrir a las tropas romanas. Esas tropas, al mando del general Varo, destruyeron la ciudad de Séforis, capital de Galilea y vecina de Nazaret, y crucificaron a dos mil judíos. Es a esta rebelión que se refiere Gamaliel al decir que “se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo” (Hechos 5:37). El partido de los celotes, que se oponía tenazmente al régimen romano, siguió existiendo aún después de las atrocidades de Varo, y jugó un papel importante en la gran rebelión que estalló en el año 66 d.C. Esa rebelión fue quizá la más violenta de todas, y a la postre llevó a la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C., cuando el general —y después emperador— Tito conquistó la ciudad y derribó el Templo.

En medio de tales luchas y tentaciones, no ha de extrañarnos que el judaísmo se haya vuelto cada vez más legalista. Era necesario que el pueblo tuviese directrices claras acerca de cuál debería ser su conducta en diversas circunstancias. Los preceptos detallados de los fariseos no tenían el propósito de fomentar una religión puramente externa —aunque a veces hayan tenido ese resultado— sino más bien de aplicar la Ley a las circunstancias en que el pueblo vivía día a día. Los fariseos eran el partido del pueblo, que no gozaba de las ventajas materiales acarreadas por el régimen romano y el helenismo. Para ellos lo importante era asegurarse de cumplir la Ley aun en los tiempos difíciles en que estaban viviendo. Además, los fariseos creían en algunas doctrinas que no encontraban apoyo en las más antiguas tradiciones de los judíos, tales como la resurrección y la existencia de los ángeles. Los saduceos, por su parte, eran el partido de la aristocracia, cuyos intereses le llevaban a colaborar con el régimen romano. Puesto que el sumo sacerdote pertenecía por lo general a esa clase social, el culto del Templo ocupaba para los saduceos la posición central que la Ley tenía para los fariseos. Además, aristócratas y conservadores como eran, los saduceos rechazaban las doctrinas de la resurrección y de la existencia de los ángeles, que según ellos eran meras innovaciones. Por lo tanto, debemos cuidarnos de no exagerar la oposición de Jesús y de los primeros cristianos al partido de los fariseos. De hecho, casi todos ellos estaban más cerca de los fariseos que de los saduceos. La razón por la que Jesús les criticó no es entonces que hayan sido malos judíos, sino que en su afán de cumplir la Ley al pie de la letra se olvidaban a veces de los seres humanos para quienes la Ley fue dada. Además de estos partidos, que ocupaban el centro de la escena religiosa, había otras sectas y bandos en el judaísmo del siglo primero. Ya hemos mencionado a los celotes. Los esenios, a quienes muchos autores atribuyen los famosos “Rollos del Mar Muerto”, eran un grupo de ideas puristas que se apartaba de todo contacto con el mundo de los gentiles, a fin de mantener su pureza ritual. Según el historiador judío Josefo, estos esenios sostenían, además de las doctrinas tradicionales del judaísmo, ciertas doctrinas secretas que les estaban vedados revelar a quienes no eran miembros de su secta.

Por otra parte, toda esta diversidad de tendencias, partidos y sectas no ha de eclipsar dos puntos fundamentales que todos los judíos sostenían en común: el monoteísmo ético y la esperanza escatológica.

El monoteísmo ético sostenía que hay un solo Dios, y que este Dios requiere, aún más que el culto apropiado, la justicia entre los seres humanos. Los diversos partidos podían estar en desacuerdo con respecto a lo que esa justicia quería decir en términos concretos. Pero en cuanto a la necesidad de honrar al Dios único con la vida toda, toda concordaban. La esperanza escatológica era la otra nota común de la fe de Israel. Todos, desde los saduceos hasta los celotes, guardaban la esperanza mesiánica, y creían firmemente que el día llegaría cuando Dios intervendría en la historia para restaurar a Israel y cumplir sus promesas de un Reino de paz y justicia. Algunos creían que su deber estaba en acelerar la llegada de ese día recurriendo a las armas. Otros decían que tales cosas debían dejarse exclusivamente en manos de Dios. Pero todos concordaban en su mirada dirigida hacia el futuro cuando se cumplirían las promesas de Dios. De todos estos grupos, el más apto para sobrevivir después de la destrucción del Templo era el de los fariseos. En efecto, esta secta tenía sus raíces en la época del Exilio, cuando los judíos no podían acudir al Templo a adorar, y por tanto su fe se centraba en la Ley. Durante los últimos siglos antes del advenimiento de Jesús, el número de los judíos que vivían en tierras lejanas había aumentado constantemente. Tales personas, que no podían visitar el Templo sino en raras ocasiones, se veían obligadas a centrar su fe en la Ley más bien que en el Templo. En el año 70 d.C., la destrucción de Jerusalén le dio el golpe de gracia al partido de los saduceos, y por tanto el judaísmo que el cristianismo ha conocido a través de casi toda su historia —así como el judaísmo que existe en nuestros días— viene de la tradición farisea.

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