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julio 10, 2020 2:48 PM

El Culto Cristiano

Lo que sabemos del culto cristiano nos da una idea del modo en que aquellos cristianos de los primeros siglos percibían y experimentaban su fe. En efecto, cuando estudiamos el modo en que la iglesia antigua adoraba, nos percatamos del impacto que su fe debe haber tenido para las masas desposeídas que constituían la mayoría de los fieles.

Desde sus mismos inicios, la iglesia cristiana acostumbraba reunirse el primer día de la semana para “partir el pan”. La razón por la que el culto tenía lugar el primer día de la semana era que en ese día se conmemoraba la resurrección del Señor. Luego, el propósito principal del culto no era llamar a los fieles a la penitencia, ni hacerles sentir el peso de sus pecados, sino celebrar la resurrección del Señor y las promesas de que esa resurrección era el sello. Es por esto que el libro de Hechos describe aquellos cultos diciendo que “partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:46). La atención en aquellos servicios de comunión no se centraba tanto en los acontecimientos del Viernes Santo como en los del Domingo de Resurrección. Una nueva realidad había amanecido, y los cristianos se reunían para celebrarla y para hacerse partícipes de ella. A partir de entonces, y a través de casi toda la historia de la iglesia, la comunión ha sido el centro del culto cristiano. Es sólo en fecha relativamente reciente que algunas iglesias protestantes han establecido la práctica de reunirse para adorar los domingos sin celebrar la comunión. Empero esto pertenece a otros capítulos de esta historia.

Además de los indicios que nos ofrece el Nuevo Testamento, y que son de todos conocidos, sabemos acerca del modo en que los antiguos cristianos celebraban la comunión gracias a una serie de documentos que han perdurado hasta nuestros días. Aunque no podemos entrar en detalles acerca de cada uno de estos documentos, y de las diferencias entre ellos, sí podemos señalar algunas de las características comunes, que parecen haber formado parte de todas las celebraciones de la comunión.

La primera de ellas, a la que hemos aludido anteriormente, es que la comunión era una celebración. El tono característico del culto era el gozo y la gratitud, más bien que el dolor o la compunción. Al principio, la comunión se celebraba en medio de una comida. Cada cual traía lo que podía, y tras la comida común se celebraban

oraciones sobre el pan y el vino. Ya a principios del siglo segundo, sin embargo, y posiblemente debido en parte a las persecuciones y a las calumnias que circulaban acerca de las “fiestas de amor” de los cristianos, se comenzó a celebrar la comunión sin la comida común. Pero siempre se mantuvo el espíritu de celebración de los primeros años.

Por lo menos a partir del siglo segundo, el servicio de comunión constaba de dos partes. En la primera se leían y comentaban las Escrituras, se elevaban oraciones, y se cantaban himnos. La segunda parte del servicio comenzaba generalmente con el ósculo de paz. Luego alguien traía el pan y el vino hacia el frente, y se los presentaba a quien presidía. Acto seguido, el presidente pronunciaba una oración sobre el pan y el vino, en la que se recordaban los actos salvíficos de Dios y se invocaba la acción del Espíritu Santo sobre el pan y el vino. Después se partía el pan, los presentes comulgaban, y se despedían con la bendición. Naturalmente, a estos elementos comunes se les añadían muchos otros en diversos lugares y circunstancias.

Otra característica común del servicio en esta época es que sólo podían participar de él quienes habían sido bautizados. Los que venían de otras congregaciones podían participar libremente, siempre y cuando estuvieran bautizados. En algunos casos, se les permitía a los conversos que todavía no habían recibido el bautismo asistir a la primera parte del servicio —es decir, a las lecturas bíblicas, las homilías y las oraciones— pero tenían que ausentarse antes de la celebración de la comunión misma.

Otra de las costumbres que aparece desde muy temprano era celebrar la comunión en los lugares donde estaban sepultados los fieles que habían muerto. Esta era la función de las catacumbas. Algunos autores han dramatizado la “iglesia de las catacumbas”, dando a entender que éstas eran lugares secretos en los que los cristianos se reunían para celebrar sus cultos a escondidas de las autoridades. Esto es una exageración. En realidad las catacumbas eran cementerios, y su existencia era conocida por las autoridades, pues no eran sólo

los cristianos quienes tenían tales cementerios subterráneos. Aunque en algunas ocasiones los cristianos sí utilizaron algunas de las catacumbas para esconderse de quienes les perseguían, la razón por la que se reunían en ellas era que allí estaban enterrados los héroes de la fe, y los cristianos creían que la comunión les unía, no sólo entre sí y con Jesucristo, sino también con sus antepasados en la fe. Esto era particularmente cierto en el caso de los mártires, pues por lo menos a partir del siglo segundo existía la costumbre de reunirse junto a sus tumbas en el aniversario de su muerte para celebrar la comunión. Este es el origen de la celebración de las fiestas de los santos, que por lo general se referían, no a sus natalicios, sino a las fechas de sus martirios.

Mucho más que en las catacumbas, los cristianos se reunían en casas particulares. De esto hallamos indicaciones en el Nuevo Testamento. Después, según las congregaciones fueron creciendo, algunas casas fueron dedicadas exclusivamente al culto divino. Así, por ejemplo, uno de los más antiguos templos cristianos que se conserva, el de Dura-Europo, construido antes del año 256, parece haber sido una casa particular convertida en iglesia.

Según hemos dicho anteriormente, sólo quienes habían sido bautizados podían estar presentes durante la comunión. En el libro de Hechos vemos que tan pronto como alguien se convertía se le bautizaba. Esto era posible en la primitiva comunidad cristiana, donde la mayoría de los conversos venía del judaísmo, y tenía por tanto cierta preparación para comprender el alcance del evangelio. Pero según la iglesia fue incluyendo más gentiles se fue haciendo cada vez más necesario un período de preparación y de prueba antes de la administración del bautismo. Este período recibe el nombre de “catecumenado”, y a principios del siglo tercero duraba unos tres años. Durante este tiempo, el catecúmeno recibía instrucción acerca de la doctrina cristiana, y trataba de dar muestras en su vida diaria de la firmeza de su fe. Por fin, poco tiempo antes de su bautismo, se le examinaba —a veces en compañía de sus padrinos— y se le admitía al rango de los que estaban prontos a ser bautizados.

Por lo general el bautismo se administraba una vez al año, en el Domingo de Resurrección, aunque pronto y por diversas razones se comenzó a administrar en otras ocasiones. A principios del siglo tercero los que estaban listos para ser bautizados ayunaban durante el viernes y el sábado, y su bautismo tenía lugar en la madrugada del domingo, como la resurrección del Señor. El bautismo era por inmersión, desnudos, los hombres separados de las mujeres. Al salir del agua, se le daba al neófito una vestidura blanca, en señal de su nueva vida en Cristo (compárese con Colosenses 3:9–12 y Apocalipsis 3:4). Además se le daba a beber agua, en señal de que había quedado limpio, no sólo exterior, sino también interiormente. Además se le ungía, porque ahora el cristiano había venido a formar parte del real sacerdocio, y se le daba leche y miel, porque había penetrado en la Tierra Prometida. Después todos marchaban juntos a la iglesia, donde el neófito participaba por primera vez del culto cristiano en toda su plenitud, es decir, de la comunión.

Aunque por lo general el bautismo era por inmersión, en los lugares en que escaseaba el agua se permitía practicarlo vertiendo agua sobre la cabeza tres veces, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

En cuanto a si la iglesia primitiva bautizaba niños o no, los eruditos no han logrado ponerse de acuerdo. En el siglo tercero hay indicios claros de que los hijos de padres cristianos eran bautizados de niños. Pero todos los documentos anteriores nos dejan en dudas acerca de esta cuestión, tan debatida en siglos posteriores.

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