El amor hace milagros

Cierto hombre se interesó por conocer el cristianismo, porque le habían dicho que era una religión que venía de Dios. Pero tenía muchas dudas.

Fue a una Iglesia y le dieron el Evangelio para que lo leyera. Lo leyó y se impresionó, pero luego observó que cristianos que él conocía lo cumplían mal, y se quedó con sus dudas.

Volvió a la iglesia y fue invitado a participar en un servicio muy hermoso. Participó y quedó impresionado, pero hubo muchas cosas que no entendía, y se quedó con sus dudas.

Volvió nuevamente y le dieron los documentos que hablaban acerca de la Iglesia. Los leyó y se impresionó; pero como había leído también de los fallos de la Iglesia a través de la historia, tampoco se convenció.

Desconcertado, no regresó a la Iglesia por mucho tiempo. Y un buen día conoció a un santo y se familiarizó con él. Y quedó impresionado, y de golpe entendió el Evangelio, y la liturgia, y la Iglesia. Y se convirtió.

Las doctrinas pasan, quienes las encarnan, no. Para ser santo, hay que encontrarse con el Santo de los santos: Con Dios y hacerse uno con Él. A medida que se le encuentra, El “da más capacidad para seguir buscándole”.

Estamos llamados a la santidad, a encontrarnos con Dios a través de unas pistas o señales. El mejor camino para llegar a descubrir la Buena Noticia de Dios, es Jesucristo. “No hay que perder el tiempo buscando otros caminos, ya que el mismo camino ha venido hasta ti, ¡levántate y anda!”. Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Él, “que si no mirásemos otra cosa sino el camino, pronto llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos, erramos el camino por no poner los ojos en el verdadero camino”.

Estas pistas, estas señales se pueden encontrar en cualquier lugar, pero se necesitan ojos que sepan descubrirlas. Por el amor se acerca, se adentra uno en Dios y, al mismo tiempo, se pone la persona al servicio de los hermanos. Dios mismo dará “gratuitamente del manantial del agua de la vida” a todos los que confíen en Él, a aquellos que opten por la santidad. La única tristeza es la de no ser santo, o lo que es lo mismo, no creer en el milagro del amor.

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