1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

La triple certeza

Sabemos que el que ha recibido su nacimiento de Dios no peca, sino que Aquel Cuyo nacimiento fue de Dios le guarda, y el Maligno no le puede tocar.

Sabemos que es de Dios de Quien recibimos nuestro ser, y todo el mundo yace bajo el dominio del Maligno. Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado discernimiento para llegar a conocer al Verdadero; y estamos en el Verdadero por medio de Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y esta es la Vida Eterna.

Juan se acerca al final de su carta con una afirmación de la triple certeza cristiana.

(i) El cristiano está emancipado del poder del pecado. Debemos poner interés para ver lo que esto significa. No quiere decir que el cristiano no peque nunca; pero sí quiere decir que no es un esclavo del pecado. Como lo expresa Plummer: «Un hijo de Dios puede que peque, pero su condición normal es resistir al mal.» La diferencia estriba en esto: El mundo pagano era consciente por encima de todo de su derrota moral. Conocía su propio mal, y tenía el sentimiento de que no tenía remedio. Séneca hablaba de «nuestra debilidad en las cosas necesarias.» Decía que las personas «odiaban sus pecados, pero no podían desprenderse de ellos.» Persio, el satírico latino, en una famosa descripción hablaba del « asqueroso Natta, un hombre sentenciado a muerte en el vicio, que no tiene sentimiento de pecado, ni conocimiento de lo que se está perdiendo; que está tan hundido que ya no lanza ni pompas a la superficie.» El mundo pagano estaba completamente derrotado por el pecado. Pero el cristiano es una persona que nunca puede perder la batalla. Porque es un ser humano, cae en pecado a veces; pero no podrá nunca experimentar la derrota moral total del pagano. La razón de que el cristiano sea invencible está en que Aquel Cuyo nacimiento fue de Dios le guarda. Es decir, Jesús le guarda. Como lo expresaba Westcott: « El cristiano tiene un enemigo activo, pero tiene también un guardián vigilante.» El pagano es un hombre que ha sido derrotado por el pecado y ha aceptado la derrota; el cristiano es un hombre que puede que peque, pero nunca acepta el hecho de la derrota. «Un santo -ha dicho alguien no es el que nunca tiene una caída; sino el que, cada vez que cae, se levanta y prosigue su camino hacia adelante.»

(ii) El cristiano está de parte de Dios frente al mundo. La fuente de nuestro ser es Dios, pero el mundo yace bajo el poder del Maligno. En los primeros días, la escisión entre la Iglesia y el mundo era mucho más clara de lo que lo es ahora. Por lo menos en el mundo occidental vivimos en una civilización impregnada de principios cristianos. Aunque no se practiquen, por lo menos se aceptan los ideales de castidad, misericordia, servicio y amor. Pero el mundo antiguo no sabía nada de la castidad, y poco de la misericordia y del servicio y del amor. Juan dice que el cristiano sabe que está con Dios, mientras que el mundo está en las garras del Maligno. No importa lo que haya podido cambiar la situación; la elección sigue presentándose a las personas sobre si se alinearán con Dios o con las fuerzas que están en contra de Dios.

(iii) El cristiano se da cuenta de que ha entrado en la Realidad que es Dios. La vida está llena de ilusiones y de inestabilidades; por sí mismo, el hombre no puede hacer más que suponer; pero en Cristo tiene acceso al conocimiento de la Realidad. Jenofonte cuenta una conversación entre Sócrates y un joven: «¿Cómo sabes tú eso? -dice Sócrates-. ¿Lo sabes o te lo figuras?» «Lo supongo.» «Muy bien -dice Sócrates-. Cuando hayamos pasado del suponer al saber, ¿quieres que volvamos a hablar del asunto?» ¿Quién soy yo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es Dios? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Qué es la verdad y dónde está el deber? Estas son las preguntas a las que no se puede contestar nada más que con suposiciones aparte de Jesucristo; pero en Él alcanzamos la Realidad que es Dios. Ha pasado el tiempo de suponer y ha llegado el tiempo de saber.

El peligro continuo

Hijitos, guardaos de los ídolos. Con esta repentina y aguda advertencia, Juan pone el punto final a su carta. Aunque es breve, hay un mundo de sentido en esta frase.

(i) En griego la palabra ídolo conlleva una sensación de irrealidad. Platón la usaba para las ilusiones de este mundo como opuestas a las realidades inmutables de la eternidad. Cuando los profetas del Antiguo Testamento hablaban de los ídolos de los paganos querían decir que eran falsos dioses, opuestos al único y verdadero Dios. A esto bien puede querer decir, como lo entendía Westcott: «Guardaos de todos los objetos de falsa devoción.»

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