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1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Pastor Lionel

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Plummer recoge tres sugerencias.

(i) Los pecados de muerte puede que sean pecados que se castigan con la muerte. Pero está claro que este pasaje no está considerando los pecados que son una infracción de leyes hechas por los hombres, por muy serios que sean.

(ii) Los pecados de muerte puede que sean pecados que Dios visita con la muerte. Pablo escribe a los corintios que, a causa de su conducta indigna a la Mesa del Señor, hay muchos entre ellos enfermos y muchos que han dormido, es decir, que han muerto (1 Corintios 11:30); y se sugiere que se refiere a los pecados que son tan serios que Dios envía la muerte.

(iii) Los pecados de muerte puede que sean los que se castigan con la excomunión de la Iglesia. Cuando Pablo escribe a los corintios acerca de un pecador notorio al que no han tratado adecuadamente, demanda que sea « entregado a Satanás.» Esa era la fórmula de la excomunión. Pero Pablo pasa a decir que, aunque este castigo es muy severo y doloroso, y aunque sus consecuencias pueden ser temibles, lo que se desea es salvar el alma de la persona en el Día del Señor Jesús (1 Corintios 5:5). Es un castigo que no acaba en muerte. Ninguna de estas explicaciones nos satisface del todo.

Hay otras tres sugerencias para la identificación de este pecado de muerte.

(a) Hay una línea de pensamiento en el Nuevo Testamento que apunta al hecho de que algunos mantenían que no había perdón para el pecado después del bautismo. Creían que el Bautismo limpiaba de todos los pecados pasados, pero que después del Bautismo ya no se perdonaban más. Hay un eco de esa línea de pensamiento, o su causa, en Hebreos: « Es imposible restaurar otra vez mediante arrepentimiento a los que ya han sido iluminados, que han saboreado el don celestial y han llegado a entrar en la comunión del Espíritu Santo, y han saboreado la dulzura de la Palabra de Dios y los poderes de la edad por venir, si entonces cometen apostasía» (Hebreos 6:4-6). En la terminología cristiana original el ser iluminado se usaba frecuentemente como un término técnico para ser bautizado. Era de hecho esa creencia lo que hacía que muchos pospusieran su bautismo lo más posible. Pero la esencia de esa afirmación de Hebreos es que la restauración se hace imposible cuando se hace imposible el arrepentimiento. No se refiere tanto al Bautismo como al arrepentimiento. Más tarde, en la Iglesia Primitiva, hubo una línea fuerte de pensamiento que declaraba que la apostasía no se perdonaba nunca. En los días de las grandes persecuciones, algunos decían que los que por miedo o bajo tortura habían negado su fe no podían ser restaurados, porque Jesús había dicho: « Al que Me niegue ante los hombres, Yo también le negaré ante Mi Padre Que está en el Cielo» (Mateo 10:33; cp. Marcos 8:38; Lucas 9:26). Pero se debe recordar siempre que el Nuevo Testamento cuenta la terrible negación de Pedro, y su total restauración.

Como sucede a menudo, Jesús era más benigno que Su Iglesia.

(b) Se podría argüir sobre la base de esta misma carta de Juan que el más terrible de todos los pecados era la negación de que Jesús vino realmente en la carne; porque ese pecado era nada menos que la marca del Anticristo (1 Juan 4:3). Si el pecado de muerte se ha de identificar con cualquier pecado concreto, sería con ese. Pero creemos que se trata de algo todavía más grave que eso.

La esencia del pecado

En primer lugar, tratemos de fijar más exactamente el sentido del pecado de muerte. En griego se dice que es el pecado pros thánaton. Eso quiere decir el pecado que va hacia la muerte, el pecado cuyo fin es la muerte, el pecado que, si se continúa en él, debe acabar en muerte. Lo terrible de él no es tanto lo que es en sí mismo sino dónde termina si uno persiste en él. Es un hecho de experiencia que hay dos clases de pecadores. Por una parte está la persona que se puede decir que peca contra su voluntad; peca porque es arrastrada por la pasión o el deseo, que en ese momento son demasiado fuertes para ella. Su pecado no es tanto cuestión de elección como de impulso irresistible. Por otra parte está la persona que peca deliberadamente, siguiendo a propósito su propio camino, aunque plenamente consciente de que es equivocado. Ahora bien, estas dos personas fueron iguales en un principio. Es la experiencia de todos nosotros que la primera vez que se hace algo malo se hace con retraimiento y temor; y, después de haberlo hecho, se siente dolor y remordimiento y pesar. Pero, si se permite una y otra vez coquetear con la tentación y caer, en cada ocasión el pecado se hace más fácil; y, si cree evitar las consecuencias, en cada ocasión el disgusto y el remordimiento y el arrepentimiento se hacen cada vez menores; y por último se alcanza un estado en el que se puede pecar sin ningún temor. Es precisamente ese el pecado que conduce a la muerte. Mientras una persona, en lo más íntimo de su corazón, aborrezca el pecado y se aborrezca a sí misma por caer en él; mientras se dé cuenta de que está pecando, no se encuentra demasiado lejos del arrepentimiento; y, por tanto, nunca está fuera de la esfera del perdón; pero una vez que empieza a complacerse en el pecado y a considerarlo el curso de acción de su vida, va de camino a la muerte, porque se dirige a un estado en el que la idea del arrepentimiento no puede entrar en sus cálculos.

El pecado de muerte es el estado de la persona que ha escuchado el pecado y se ha negado a escuchar a Dios tan a menudo que ama su pecado y lo considera la cosa más normal y agradable del mundo.

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