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1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Pastor Lionel

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Orando por el hermano que peca

Si alguien ve cometer a su hermano un pecado que no es de los que conducen a la muerte, que pida vida para él, y se le concederá; me refiero a los que cometen un pecado que no es de los que conducen a la muerte.

Hay pecados que conducen a la muerte; no es por esos por los que os decía que se debe pedir. Toda maldad es pecado; pero hay pecados que no conducen a la muerte. Sin duda este es uno de los pasajes más difíciles e inquietantes. Antes de enfrentarnos con sus problemas, consideremos sus certezas.

Juan acaba de hablar acerca del privilegio cristiano de la oración; y ahora pasa a referirse específicamente a la oración por el hermano que necesita que se ore por él. Es muy significativo que, cuando Juan habla acerca de una clase de oración, no es la oración por nosotros mismos, sino por otros. Nuestra oración no debe ser nunca egoísta; no debe concentrarse exclusivamente en nosotros mismos y nuestros problemas y necesidades. Debe ser una actividad hacia fuera de nosotros. Como decía Westcott: « La meta de la oración es la perfección de todo el Cuerpo de Cristo.»

Una y otra vez hacen hincapié los autores del Nuevo Testamento en la necesidad de esta oración de intercesión. Pablo escribe a los tesalonicenses: « Hermanos, orad por nosotros» (1 Tesalonicenses 5:25). El autor de Hebreos dice: « Orad por nosotros» (Hebreos 13:18s). Santiago dice que, si alguien está enfermo, debe llamar a los ancianos para que oren por él (Santiago 5:14). El consejo de Pablo a Timoteo es que se haga oración por todo el mundo (1 Timoteo 2:1). El cristiano tiene el tremendo privilegio de llevar a su hermano al trono de la gracia. Hay tres cosas que decir sobre esto.

(i) Naturalmente que debemos orar por los que están enfermos, e igualmente por los que se apartan de Dios. Debería ser lo mismo de natural el orar por la sanidad de las almas como lo es por la sanidad de los cuerpos. Puede ser que no haya nada más grande que podamos hacer por la persona que se descarna y que está en peligro de naufragar en su vida espiritual que encomendarla a la gracia de Dios.

(ii) Pero hay que tener presente que, cuando hemos orado por la persona, ahí no termina nuestra responsabilidad. En esto, como en todas las demás cosas, nuestra primera responsabilidad es buscar la manera de que nuestras oraciones se hagan realidad. A menudo será nuestro deber hablar con la persona. No debemos conformarnos con hablarle a Dios acerca de ella, sino también con ella acerca de sí misma. Dios necesita un canal por el que pueda fluir Su gracia y un agente mediante el cual actuar; y bien puede ser que hayamos de ser Su voz e instrumento en ese caso.

(iii) Ya hemos pensado antes sobre la base y el principio de la oración; pero aquí nos encontramos con una limitación de la oración. Bien puede ser que Dios quiera contestar nuestra oración; bien puede ser que oremos con toda la sinceridad de nuestro corazón, pero el propósito de Dios y nuestra oración los puede frustrar la persona por la que oramos. Si oramos por un enfermo que desobedece a sus médicos y actúa estúpidamente, nuestra oración se frustrará. Puede que Dios impulse, insista, advierta, ofrezca; pero ni siquiera Dios puede violar la libertad de acción que Él mismo nos ha dado a todos. Es a menudo la insensatez de la persona la que frustra nuestras oraciones y cancela la gracia de Dios.

El pecado que conduce a la muerte

En este pasaje se nos habla del pecado que conduce a la muerte y del que no. Algunas traducciones, entre ellas la Autorizada inglesa, lo traducen por el pecado « mortal» . La Reina-Valera lo llama « pecado de muerte.»

Se han hecho muchas sugerencias sobre lo que quiere decir. Los judíos distinguían dos clases de pecados. Había pecados que una persona cometía involuntariamente o, por lo menos, no deliberadamente. Estos eran los pecados que se podían cometer por ignorancia, o dominados por algún impulso arrollador, o en algún momento de intensa emoción en que las pasiones son demasiado fuertes para que las sujete la voluntad en la trailla. Por otra parte estaban los pecados de la mano levantada y el corazón soberbio, los pecados que uno cometía deliberadamente, en los que seguía su propio camino sabiendo que era contrario al de Dios. Era por la primera clase de pecados por los que el sacrificio hacía expiación; pero por los pecados del corazón soberbio y de la mano alzada no se podía hacer expiación de ninguna manera.

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