Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Pastor Lionel

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

El testimonio de mayor excepción

Si aceptamos el testimonio de los hombres, con mucha más razón el testimonio de Dios. Y este es el testimonio de Dios acerca de Su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene ese testimonio dentro de sí. El que no cree a Dios, Le ha dejado por mentiroso, porque no da crédito al testimonio que Dios ha dado de Su Hijo.

Hay dos ideas básicas por detrás de este pasaje.

Está la idea del Antiguo Testamento de lo que constituye un testimonio aceptable. La Ley era absolutamente clara: « No se tendrá en cuenta a un solo testigo contra alguien en cualquier delito ni en cualquier pecado, en relación con cualquier ofensa cometida. Sólo por el testimonio de dos o tres testigos se tendrá en cuenta la acusación» (Deuteronomio 19:15; cp. 17:6). Un triple testimonio humano era suficiente para establecer cualquier hecho. ¡Cuánto más se debe considerar convincente el triple testimonio divino, el del Espíritu, el agua y la sangre!

Segundo, la idea del testimonio es una parte esencial del pensamiento de Juan. Encontramos en su evangelio diferentes testimonios que convergen en la Persona de Jesucristo. Juan el Bautista es un testigo de Jesús (Juan 1:15, 32-34; 5:33). Las obras de Jesús son un testimonio de Él (Juan 5:36). Las Escrituras dan testimonio de Él (Juan 5:39). El Padre Que Le envió es Su Testigo (Juan 5:30-32, 37; 8:18). El Espíritu es testigo de Jesús: «Cuando venga el Ayudador, al Que Yo os mandaré desde el Padre (Me refiero al Espíritu de la Verdad, Que procede del Padre), Él será Mi testigo» (Juan 15:26).

Juan pasa a usar una frase que es una de las favoritas de su evangelio. Habla de la persona que «cree en el Hijo de Dios.» Hay una amplia diferencia entre creer a una persona, y creer en ella. Si creemos a una persona, no hacemos más que aceptar como verdadero lo que esté diciendo en aquel momento. Si creemos en una persona, la aceptamos totalmente con todo lo que representa con completa confianza. Estaríamos dispuestos, no sólo a confiar en lo que nos dice, sino también en ella. Creer en Jesucristo es mucho más que aceptar como cierto lo que Él nos dice. Es además entregarnos en Sus manos para toda la vida y la eternidad.

Cuando una persona hace eso, el Espíritu Santo testifica en su interior de que está haciendo lo que es correcto. Es el Espíritu Santo el que le da la convicción del valor supremo y definitivo de Jesucristo, y le asegura de que actúa rectamente al hacer este acto de entrega a El. El que se niegue a hacerlo está rechazando los impulsos del Espíritu Santo en su corazón.

Si una persona se niega a aceptar la evidencia de otras que han experimentado lo que Cristo puede hacer, la evidencia de las obras de Cristo, de las Escrituras, del Espíritu Santo y de Dios mismo, en efecto está llamando mentiroso a Dios, lo cual es el colmo de la blasfemia.

La esencia de la fe

Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado la vida eterna, la cual está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Os he escrito estas cosas a los que creéis en el nombre del Hijo de Dios para que sepáis que tenéis la vida eterna. Con este párrafo llega a su fin la carta propiamente dicha. Lo que sigue es más bien una posdata. El final es la afirmación de que la esencia de la vida cristiana es la vida eterna.

La palabra para eterna es aiónios. Quiere decir mucho más que simplemente que no se acaba nunca. Una vida que durara para siempre, que no tuviera fin, podría considerarse una maldición y no una bendición, una carga intolerable y no un regalo maravilloso. Hay solamente Uno a Quien se puede aplicar adecuadamente aiónios, y es Dios. En el verdadero sentido de la palabra, Dios es el único que posee y habita la eternidad. La vida eterna no es otra cosa que la vida de Dios mismo. Lo que se nos promete es que aquí y ahora se nos puede conceder participar de la misma vida de Dios.

En Dios hay paz, y por tanto la vida eterna quiere decir serenidad. Quiere decir una vida liberada de los temores que asedian la situación humana. En Dios hay poder, y por tanto la vida eterna quiere decir la derrota de la frustración. Quiere decir una vida llena del poder de Dios, y por tanto victoriosa sobre las circunstancias. En Dios hay santidad, y por tanto la vida eterna quiere decir la derrota del pecado. Quiere decir una vida revestida de la pureza de Dios e impenetrable a las infecciones contaminantes del mundo. En Dios hay amor, y por tanto la vida eterna quiere decir el final del rencor, la amargura y el odio.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

Matrimonio

Cuando llegué a casa esa noche mientras mi esposa servía la cena, la tomé de la mano y le dije: tengo algo que decirte. Sólo

Artículo Completo