1 Juan 5: El Amor en la familia de Dios

Hay una vieja historia que es una especie de parábola que viene a cuento. Alguien se encontró una vez a un chico que iba a la escuela, en aquellos tiempos en que no había transporte escolar, llevando a sus espaldas a otro chico más pequeño que estaba impedido y no podía andar. El extraño le dijo al chico: «¿Le llevas así a la escuela todos los días?> « Sí,» le contestó el muchacho. «Eso es una carga muy pesada para ti,» dijo el› extraño. «No es una carga -dijo el chico-. Es mi hermano.»

El amor hacía que la carga no lo fuera en realidad. Así debe pasar entre nosotros y Cristo. Sus mandamientos no son gravosos, sino un privilegio y una oportunidad para demostrar nuestro amor. Son difíciles, pero no son gravosos; porque Cristo nunca le impuso a nadie un mandamiento sin darle las fuerzas para cumplirlo; y un mandamiento nos provee de otra oportunidad de demostrar nuestro amor.

Debemos dejar la tercera respuesta para la próxima sección.

La conquista del mundo

Y esta es la conquista que ha conquistado al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que conquista al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Ya hemos visto que los mandamientos de Jesucristo no son gravosos, porque con el mandamiento se nos da el poder, y porque los aceptamos con amor. Pero aquí hay otra gran verdad. Hay algo en el cristiano que le capacita para conquistar el mundo. El kosmos es el mundo separado de Dios y en oposición a Él. Lo único que nos capacita para conquistar al kosmos es la fe.

Juan identifca esta fe conquistadora con creer que Jesús es el Hijo de Dios. Es. la fe en la Encarnación. ¿Por qué ha de conferir eso la victoria? Si creemos en la Encarnación, eso quiere decir que creemos que Jesucristo entró en el mundo y asumió nuestra vida humana. Si eso fue lo que hizo, quiere decir que Le importaban tanto los hombres como para echarse sobre Sí las limitaciones de la humanidad, que es el acto de amor que sobrepasa el entendimiento humano. Si Dios hizo eso, quiere decir que toma parte en todas las diversas actividades de la vida humana, y conoce por experiencia los muchos dolores y pruebas y tentaciones de este mundo. Quiere decir que Dios comprende perfectamente todo lo que nos sucede, y que Él está involucrado en la empresa de vivirlo con nosotros. La fe en la Encarnación es la convicción de que Dios comparte y se preocupa y se identifica con nosotros. Cuando tenemos esa fe se producen ciertos resultados.

(i) Tenemos una defensa para resistir las infecciones del mundo. Por todos lados nos oprimen los estándares y los motivos mundanos; de todas partes nos llegan las fascinaciones de cosas malas. De dentro y de fuera nos asaltan las tentaciones que son parte de la situación humana en un mundo y una sociedad que no están interesados en Dios, sino que hasta le son hostiles. Pero, una vez que nos damos cuenta de la presencia constante de Dios en Jesucristo con nosotros, tenemos un profiláctico fuerte contra las infecciones del mundo. Es un hecho de la experiencia que la práctica de la bondad es más fácil cuando se está en compañía de gente buena; y, si creemos en la Encarnación, tenemos con nosotros la presencia continua de Dios en Jesucristo.

(ii) Tenemos fuerza para resistir los ataques del mundo. La situación humana está llena de cosas que tratan de apartamos de nuestra fe. Están los dolores y perplejidades de la vida; las desilusiones y las frustraciones; los fracasos y los desalientos… Pero, si creemos en la Encarnación, creemos en un Dios Que ha pasado por todo esto hasta llegar a la Cruz, y Que puede, por tanto, ayudar a los que lo tengan que pasar.

(iii) Tenemos la esperanza indestructible de la victoria final. El mundo Le hizo todo el mal que pudo a Jesús. Le acosó, Le persiguió y Lé calumnió; Le acusó de hereje y amigo de pecadores; Le juzgó y Le crucificó y Le enterró. Hizo todo lo humanamente posible para eliminarle -¡y fracasó! Después de la Cruz vino la Resurrección; después de la vergüenza vino la gloria. Ese es el Jesús Que está con nosotros, Que vio la vida en su aspecto más tenebroso, a Quien la vida trató mal a más no poder, Que murió, Que conquistó la muerte y Que nos ofrece participar en esa victoria que Él ganó. Si creemos que Jesús es el Hijo de Dios tenemos siempre con nosotros al Cristo Vencedor que nos hace vencedores.

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