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Efesios 4: Fieles a nuestra vocación

(ii) Estaban los profetas. Los profetas no tenían la misión exclusiva de pronosticar el futuro, sino de proclamar la voluntad de Dios. Al proclamar la voluntad de Dios, hasta cierto punto, tenían que anunciar cosas futuras; porque anunciaban las consecuencias que traería el obedecer o desobedecer esa voluntad.

Los profetas se movían por toda la Iglesia. Su mensaje no era el resultado de su pensamiento o estudio, sino que les era revelado directamente por el Espíritu Santo. No tenían hogar ni familia ni medios de subsistencia. Iban de iglesia en iglesia proclamando la voluntad de Dios tal como Dios se la había revelado.

Los profetas, como un ministerio reconocido, desaparecieron de la Iglesia antes de mucho. Eso sucedió por tres razones.

(a) En tiempos de persecución, los profetas eran los primeros en caer; no podían ocultarse, y eran los primeros en morir por la fe.

(b) Los profetas llegaron a ser un problema. A medida que las iglesias iban creciendo se desarrollaba su organización local. Cada congregación se iba volviendo una organización con un pastor permanente y una administración local. Antes de mucho, el ministerio establecido empezó a objetar a la intrusión de estos profetas ambulantes, que a menudo inquietaban a sus congregaciones. El resultado inevitable fue que los profetas fueran desapareciendo poco a poco.

(c) El ministerio de profeta estaba expuesto a los abusos. Estos viajeros proféticos gozaban de un prestigio considerable. Algunos de ellos abusaban de su autoridad, y la convertían en una excusa para vivir cómodamente a expensas de las congregaciones que visitaban. El libro más antiguo de administración eclesiástica que se conoce es la Didajé, La Enseñanza de los Doce Apóstoles, que surgió allá por el año 100 d.C. En él se ven claramente tanto el prestigio como las sospechas que despertaban los profetas. Se establece el orden del culto de comunión, así como las oraciones que se habían de usar; y a continuación se dice que un profeta puede dirigir el culto como quiera. Pero hay algunas otras disposiciones. Se establece que un profeta ambulante puede quedarse uno o dos días en una congregación, pero si quiere quedarse tres días es un falso profeta; se establece que si un profeta ambulante, en un supuesto momento de inspiración, solicita dinero o una comida, es un falso profeta.

(iii) Estaban los evangelistas. Los evangelistas eran también ambulantes. Corresponden a los que nosotros llamaríamos misioneros. Pablo le dice a Timoteo: « Haz la obra de evangelista» (2 Timoteo 4: S). Eran los que daban a conocer la Buena Noticia. No tenían el prestigio ni la autoridad de los apóstoles, que habían visto al Señor; ni ejercían la influencia de los profetas inspirados por el Espíritu; eran los obreros habituales de la Iglesia que llevaban la Buena Nueva a los que todavía no la conocían.

(iv) Estaban los pastores y maestros. Parece que estas dos palabras describen a una sola clase de personas. En cierto sentido tenían la tarea más importante de toda la Iglesia: no eran ambulantes sino fijos en una congregación. Tenían una triple función.

(a) Eran maestros. En la Iglesia Primitiva había pocos libros. La imprenta no se había de inventar hasta mil cuatrocientos años después. Todos los libros tenían que escribirse a mano, y un libro del tamaño del Nuevo Testamento costaría por lo menos el sueldo de todo un año de un obrero. Eso quería decir que la historia de Jesús se tenía que transmitir principalmente de viva voz. La historia de Jesús se fue contando oralmente antes de que se escribiera, y estos maestros tenían la tremenda responsabilidad de ser los depositarios de la historia del Evangelio. Era su función el conocer y el transmitir la historia de la vida de Jesús.

(b) Las personas que se incorporaban a la Iglesia procedían directamente del paganismo. No sabían absolutamente nada del Cristianismo, excepto que Jesucristo había tomado posesión de sus corazones. Por tanto, estos maestros tenían que desplegar la fe cristiana ante los conversos, tenían que explicar sus grandes doctrinas. Es a ellos a los que debemos el que la fe cristiana se mantuviera pura y no fuera distorsionada en su transmisión.

(c) Estos maestros eran también pastores. Pastor era la palabra latina que designaba, lo mismo que la española; al que cuidaba de un rebaño. Por algún tiempo la Iglesia Cristiana no era más que una isleta en un mar de paganismo. Las personas que venían a ella acababan de salir del paganismo, y estaban en constante peligro de volver a él; y el deber del pastor era guiar su rebaño y mantenerlo a salvo.

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