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Efesios 4: Fieles a nuestra vocación

Muchas buenas famas se han asesinado mientras se bebían unas cañas. Cuando veas venir al correveidile, lo mejor que puedes hacer es cerrarle la puerta en las narices.

(iv) El que era ladrón debe convertirse en un trabajador honrado. Este era un consejo muy necesario, porque en el mundo antiguo el latrocinio estaba a la orden del día. Era especialmente corriente en dos sitios: en los puertos y, sobre todo, en los baños públicos. Los baños públicos eran los clubes de entonces, y el robar las pertenencias de los que se estaban bañando era uno de los crímenes más corrientes en cualquier ciudad griega.

Lo más interesante de este dicho es la razón que da Pablo para ser un honrado trabajador. No dice: «Vuélvete un honrado trabajador para que puedas mantener tu casa;» dice: « Conviértete en un honrado trabajador para que puedas tener algo que darles a los que son más pobres que tú.» Aquí tenemos una idea nueva y un nuevo ideal: el de trabajar para poder ayudar a otros.

James Agate nos habla de una carta del famoso novelista Arnold Bennett a un escritor menos afortunado. Bennett era un hombre ambicioso y, en muchos sentidos, mundano; pero en esta carta a un compañero de profesión al que apenas conocía, dice: «Acabo de mirar mi libro de cuentas, y descubro que tengo cien libras esterlinas que no necesito; te mando un cheque por esa cantidad.»

En la sociedad moderna nadie tiene demasiado para dar; pero haremos bien en recordar que el ideal cristiano es el trabajar, no para amasar riquezas, sino para compartir con los menos afortunados.

(v) Pablo prohibe las conversaciones sucias; y a continuación pasa a recomendar lo positivo: otra manera de ayudar a los demás. El cristiano debe caracterizarse por palabras que ayudan a sus semejantes. Elifaz Temanita le dedica a Job un elogio estupendo: «Tus palabras han hecho que pudieran ir con la cabeza alta muchas personas» (Job 4:4). Tales son las palabras que todo cristiano debe decir.

(vi) Pablo nos exhorta a que no pongamos triste al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el Guía de nuestra vida.

Cuando hacemos lo contrario de lo que nos aconsejan nuestros padres cuando somos jóvenes, les hacemos daño. De igual modo, el actuar de una manera contraria a la dirección del Espíritu Santo es entristecerle y herir el corazón de Dios, nuestro Padre, Que, por medio de Su Espíritu, nos envía Su Palabra.

Pablo termina este capítulo con una lista de cosas que deben desaparecer de la vida.

(a) Está la amargura (pikría): Los griegos definían esta cualidad como un resentimiento imborrable, como el espíritu que se niega a aceptar la reconciliación. Hay muchas personas que tienen la manía de abrigar resentimientos para mantenerlos calentitos, y rumiar los insultos y las injurias que han recibido. Los cristianos debemos pedirle a Dios que nos enseñe a perdonar.

(b) Están los teleles de pasión (thymós) y la ira inveterada (orgué). Los griegos definían thymós como la clase de ira que es como humo de pajas: arde en seguida y desaparece en seguida. Por otra parte, describían orgué como la ira que se ha convertido en un hábito. Para el cristiano están igualmente prohibidas la eclosión de mal genio y la ira inveterada.

(c) Están el hablar a voces y el lenguaje insultante. Cierto famoso predicador cuenta que su mujer solía aconsejarle: «En el púlpito, no levantes mucho la voz.» Siempre que en una conversación o discusión nos demos cuenta de que levantamos la voz, es el momento de callarnos. Los judíos hablaban de lo que ellos llamaban «el pecado del insulto,» y mantenían que Dios no da por inocente al que se dirige de una manera insultante a su hermano.

En la obra de Shakespeare, el rey Lear decía de Cordelia que « su voz siempre era suave, amable y sencilla: una cualidad excelente en una mujer.» Y en cualquier persona.

Se ahorrarían muchos disgustos en el mundo si aprendiéramos sencillamente a mantener el nivel de nuestra voz, y si, cuando no tenemos nada bueno que decirle a una persona, no le dijéramos nada. El argumento que hay que mantener a gritos no es tal argumento, y la discusión que se tiene que llevar a cabo con insultos no merece seguirse.

Así que Pablo llega a la cima de sus consejos. Nos dice que seamos amables (jréstós). Los.griegos definían esta cualidad como la disposición de la mente que tiene tanto en cuenta los asuntos del prójimo como los propios. La amabilidad ha aprendido el secreto de mirar siempre hacia fuera, y no solamente hacia dentro. Pablo nos dice que perdonemos a los demás como Dios nos ha perdonado a nosotros. Así, en una frase, Pablo establece la ley de las relaciones personales: Debemos tratar a los demás como Jesucristo nos ha tratado a nosotros.

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