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Efesios 2: La vida sin Cristo y la gracia de Dios

Así sucede en nuestra relación con Dios. Las buenas obras no pueden ganarnos nunca la salvación; pero habría algo que no funcionaría como es debido en nuestro cristianismo si la salvación no se manifestara en buenas obras. Como decía Lutero, recibimos la salvación por la fe sin aportar obras; pero la fe que salva va siempre seguida de obras. No es que nuestras buenas obras dejen a Dios en deuda con nosotros, y Le obliguen a concedernos la salvación; la verdad es más bien que el amor de Dios nos mueve a tratar de corresponder toda nuestra vida a ese amor esforzándonos por ser dignos de él.

Sabemos lo que Dios quiere que hagamos; nos ha preparado de antemano la clase de vida que quiere que vivamos, y nos lo ha dicho en Su Libro y por medio de Su Hijo. Nosotros no podemos ganarnos el amor de Dios; pero podemos y debemos mostrarle que Le estamos sinceramente agradecidos, tratando de todo corazón de vivir la clase de vida que produzca gozo al corazón de Dios.

A.C. Y D.C.

Así que acordaos de que antes, por lo que se refiere a la descendencia humana, vosotros erais gentiles; los que blasonan de esa circuncisión que es una cosa física que se hace con las manos os llamaban incircuncisos. Acordaos de que entonces no teníais esperanza de un Mesías; erais extranjeros a la comunidad de Israel y ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas de Dios; no teníais ninguna esperanza; vivíais en un mundo sin Dios. Pero, tal como ahora están las cosas, en virtud de lo que Jesucristo ha hecho, los que antes estabais lejos habéis sido acercados al precio de la sangre de Cristo. Porque es Él el Que ha hecho la paz entre nosotros; es Él el Que ha hecho de los judíos y los gentiles un solo pueblo, y el Que ha derribado la muralla intermedia de separación, y acabado con la enemistad al venir en la carne, y abolido la ley de los mandamientos con todos sus decretos. Esto lo hizo para formar con los dos una nueva humanidad haciendo la paz entre ellos para reconciliar a ambos con Dios en un solo cuerpo por medio de la Cruz, después de haber dado muerte por medio de lo que Él hizo a la enemistad que había entre ellos. Así es que vino a predicaros la paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estábamos cerca; porque por medio de Él los dos tenemos derecho de acceso a la presencia del Padre, porque venimos en un solo Espíritu. Así que ya no sois extranjeros ni residentes forasteros en una tierra que no es la vuestra, sino compatriotas del pueblo consagrado a Dios y miembros de la familia de Dios. Habéis ido levantándoos como un edificio sobre la cimentación de los profetas y de los apóstoles; y la piedra angular es Cristo mismo. Todo el edificio que se está edificando está trabado en Él, y continuará creciendo hasta que llegue a ser un templo santo del Señor, un templo de cuya edificación vosotros también formáis parte, para que lleguéis a ser la morada de Dios por obra del Espíritu.

Antes de que viniera Cristo

Así que acordaos de que antes, por lo que se refiere a la descendencia humana, vosotros erais gentiles; los que blasonan de esa circuncisión que es una cosa fisica que se hace con las manos os llamaban incircuncisos. Acordaos de que entonces no teníais esperanza de un Mesías; erais extranjeros a la comunidad de Israel y ajenos a los pactos en los que se basaban las promesas de Dios; no teníais ninguna esperanza; vivíais en un mundo sin Dios.

Pablo habla de la condición de los gentiles antes de que Cristo viniera. Pablo era el apóstol de los gentiles, pero nunca olvidó el lugar exclusivo de los judíos en el designio y la revelación de Dios. Aquí está trazando el contraste entre la vida de los gentiles y la de los judíos.

(i) A los gentiles los llamaban « la incircuncisión» los que basaban sus derechos en esa circuncisión física y hecha por los hombres.. Esta era la primera de las grandes diferencias. Los judíos sentían un inmenso desprecio hacia los gentiles.
Algunos hasta decían que Dios había creado a los gentiles para usarlos como leña para los fuegos del infierno; que Dios no amaba nada más que a Israel de todas las naciones que había hecho; que como se debía aplastar la mejor de las serpientes había que matar al mejor de los gentiles. No era ni siquiera legal el prestar ayuda a una gentil en el momento del parto, porque eso no serviría nada más que para traer a otro gentil al mundo.

La barrera entre los judíos y los gentiles era absoluta. Si un judío . se casaba con una gentil, se llevaba a cabo su funeral como si hubiera muerto. Tal contacto con un gentil era el equivalente de la muerte; hasta entrar en la casa de un gentil era contraer la impureza ritual. Antes de Cristo, la barrera estaba levantada; después de Cristo, se ha suprimido.

(ii) Los gentiles no esperaban ningún Mesías. La versión Reina-Valera traduce que estaban sin Cristo. Esa es una traducción perfectamente posible; pero la palabra Jristós no es un nombre propio en primer lugar, aunque ha llegado a serlo; es un adjetivo que quiere decir el ungido. A los reyes se los ungía cuando se los coronaba; así que Jristós, la traducción literal griega del hebreo Mashiaj, llegó a significar El Ungido de Dios, el Rey esperado a Quien Dios mandaría al mundo para vindicar lo que era Suyo, y para introducir la edad de oro. Aun en los días más amargos de su historia, los judíos nunca dudaron de que el Mesías vendría. Pero nos gentiles no tenían tal esperanza.

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