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Eclesiastés 2: La vanidad del placer

Pastor Lionel

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El afán humano

En esta sección aparece por vez primera el tema de la muerte. No porque el Predicador tuviera los conceptos modernos sobre la muerte, ya que el hombre bíblico de la antigüedad no temía la muerte, la asumía como una cosa natural. El aguijón de la muerte está aquí en que le resta significado al quehacer humano. Pretendemos trabajar para lo eterno y nos encontramos con que la vida es pasajera. La muerte interrumpe el curso de la vida y le resta sentido a todo lo que hacemos. No sabemos si alguien, un sucesor que podía ser el hijo, continuará la obra comenzada, ni siquiera podemos prever si podrá aprovechar lo que ha sido hecho. ¿De qué sirve entonces el afanarse? Ni siquiera cabe esperar que quede perpetua memoria de lo que se ha hecho. La muerte cierra todos los caminos, ante ella se desvanecen las ventajas que la sabiduría tiene sobre la necedad. Queda un solo camino: disfrutar la vida sin caer en la ansiedad. Pero el sabio encuentra dificultades aun en esto. Es Dios quien decide. Y así aparecen los únicos dos absolutos que limitan el pensamiento del Predicador: Dios y la muerte. No podemos huir de ninguno de ellos.

Yo volví (versículo 1). Es yo enfático, yo y no otro. La luz sobre las tinieblas (versículo 13). La luz es símbolo de todo lo positivo, las tinieblas son el símbolo de todo lo negativo, de todo lo que causa horror. La reflexión israelita sobre el tema aparece por vez primera en nuestras Biblias en Génesis:4 cuando Dios se muestra apartando la luz de las tinieblas. Entonces dije en mi corazón… (versículo 15). Me dije a mí mismo en presencia de que la muerte sobreviene igualmente al sabio y al necio. La sabiduría tiene un gran valor, pero no perpetua memoria (versículo 16). Aborrecí la vida (versículo 17), recordando el uso del término “aborrecer” (sane, “amar menos”) en la Biblia, podríamos entender que el sabio atempera su entusiasmo por la sabiduría y por la vida al comprenderlas en la perspectiva de la muerte.

Los versículos 18-22 cubren en la perspectiva de la muerte el trabajo evaluado positivamente en el versículo 10 y adquiere su dimensión justa. Otra vez nos encontramos con “aborrece” como equivalente a “amar menos”. ¿Qué, específicamente es “vanidad”? Que no disfrute de mi trabajo y no sepa quién disfrutará de él a mi muerte. Es una valoración negativa de la historia de la cultura si se entiende por trabajo la adquisición de la sabiduría. Ni aún de noche reposa (versículo 23).

No hay, pues, mejor cosa, es una apreciación positiva de la vida, no la vida complicada por la ambición o por valores absolutos, sino la vida sencilla. Nada más lejos de una posición hedonista: se aprueba la vida sencilla y no el placer por el placer. Pero el vivir esa vida sencilla es un don de Dios. Aparece así el tema bíblico de la soberanía de Dios.

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