Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Eclesiastés 2: La vanidad del placer

Pastor Lionel

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest
Share on whatsapp
Share on email

Eclesiastés 2:9 Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría.

Eclesiastés 2:10 No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena.

En este pasaje (versículos 1-11), el Predicador ha tratado de saciar su inquieto espíritu con placeres. Lo intentó por medio del vino (versículo 3), edificando y plantando viñedos (versículo 4), huertos y jardines (versículo 5), proyectos de irrigación (versículo 6); adquirió siervos y ganado (versículo 7), riquezas y concubinas (versículo 8).

Eclesiastés 2:11 Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.

Cuando reflexiona sobre sus obras, se da cuenta que nada de ello tiene valor. El placer satisface sólo un momento y manifiesta el mismo defecto que la sabiduría humana: no aprovecha nada.

Eclesiastés 2:12 Después volví yo a mirar para ver la sabiduría y los desvaríos y la necedad; porque ¿qué podrá hacer el hombre que venga después del rey? Nada, sino lo que ya ha sido hecho.

El Predicador considera aquí la doctrina de la retribución, que Dios equilibra los extremos para compensar de alguna forma las desigualdades de la vida. Quizás este sea el valor supremo que busca.

Eclesiastés 2:13 Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas.

La sabiduría supera a la necedad, porque el sabio sabe a dónde va, mientras el necio anda tropezando como un ciego.

Eclesiastés 2:14 El sabio tiene sus ojos en su cabeza, mas el necio anda en tinieblas; pero también entendí yo que un mismo suceso acontecerá al uno como al otro.

El Predicador se da cuenta que tanto el sabio como el necio deben morir. El valor supremo que busca no puede entonces descansar en ninguna esperanza de retribución en esta vida.

Eclesiastés 2:15 Entonces dije yo en mi corazón: Como sucederá al necio, me sucederá también a mí. ¿Para qué, pues, he trabajado hasta ahora por hacerme más sabio? Y dije en mi corazón, que también esto era vanidad.

Eclesiastés 2:16 Porque ni del sabio ni del necio habrá memoria para siempre; pues en los días venideros ya todo será olvidado, y también morirá el sabio como el necio.

Salomón se dio cuenta de que la sabiduría por sí sola no puede garantizar la vida eterna. La sabiduría, las riquezas y los logros personales importan muy poco después de la muerte, y todos debemos morir. No debemos edificar nuestra vida sobre metas perecederas, sino sobre el fundamento sólido de Dios. Entonces, si todo nos es arrebatado, seguiremos teniendo a Dios, quien es, de todos modos, todo lo que realmente necesitamos. Este es el punto del libro de Job.

¿Es la muerte el compensador final de toda la gente, sin importar lo que alcanzaron en la vida? Si bien esto parece cierto desde una perspectiva terrenal, Dios deja muy claro (como más tarde lo señala Salomón en 12.14) que lo que hagamos aquí tiene un gran impacto sobre el lugar donde pasaremos nuestra vida eterna.

Deja una respuesta

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

Publicaciones que pueden ser de interés para ti

El siervo

En cierta ocasión un hombre le dio a Dios todo su corazón y su vida a Su servicio. Dios escuchó y le dio la oportunidad.

Artículo Completo

Camino de soluciones

Había una vez un joven que decidió dejar atrás la vida que había vivido: vida mediocre, lenta, gris y conocer otra, de la que muchos

Artículo Completo