Día de las Madres

Día de las Madres

Hace cincuentidos años que mi amigo y yo cargamos un Corvette 427 gris metálico con neveras portátiles bermudas y camisetas, y pasamos frente a la lúgubre fachada de la policía militar de sombrío semblante hacia la puerta principal del fuerte Buchanan. Preparados con los permisos para el fin de semana y con los bolsillos llenos de billetes nuevos que habíamos recibido por la primera semana de pago, nos dirigíamos a la playa, y el ejercito era en lo último en lo que pensábamos. Felices al no encontrar nuestros nombres en la tabla de asignación de deberes del fin de semana, decidimos que un fin de semana en la playa era precisamente lo que necesitábamos para recuperarnos.

Nuestro campamento de verano había comenzado muy pronto aquel año. El clima de mayo había sido delicioso, y con la capota abajo y el equipo de sonido en lo alto llegamos a Santurce y decidimos detenernos allí para llamar a nuestras madres y desearles un feliz día de las Madres, antes de continuar nuestro viaje.

Encontré a mamá en casa y me dijo que acababa de regresar de la tienda. Por el tono de su voz, supe que estaba decepcionada de que yo no pasara aquel día especial en familia. «Que tengas un buen viaje y ten cuidado, Te echaremos de menos, que Dios te bendiga», dijo.

Cuando regresé al auto, por el rostro de mi amigo, supe que él también estaba padeciendo del mismo sentimiento de culpa que me obsesionaba. Entonces tuvimos una brillante idea. Enviar flores, desde luego.

Nos estacionamos al lado de una floristería. Cada uno garabateo una nota para enviarla con las flores que nos absolverían de la culpabilidad de pasar nuestro único fin de semana libre en la playa y no con nuestra querida madre.

Aguardamos mientras el dependiente ayudaba a un niño, quien estaba eligiendo un arreglo floral, evidentemente para su madre. Impacientes, deseábamos pagar las flores y partir.

El niño se mostraba orgulloso a más no poder cuando se volvió hacia mi sosteniendo su arreglo mientras el dependiente escribía la orden.

«Estoy seguro de que le encantará a mamá-dijo-. «Son claveles. A ella le fascinaban los claveles. Le añadiré algunas flores del jardín, antes de llevarlas al cementerio».

Levanté la vista hacia el dependiente, que se veía conmovido. Luego miré a mi amigo. Nuevamente aquel sentimiento de culpa nos invadió mientras observábamos al niño que salió de la tienda, orgulloso de su arreglo, y se montó en el asiento de atrás del auto de su padre.

«¿Ya eligieron lo que desean?», preguntó el dependiente, quien apenas podía hablar.

«Supongo que si». Botamos las tarjetas a la basura y nos dirigimos en silencio hacia el auto.

Dos horas y media después, al llegar a mi pueblo natal, me dijo mi amigo: «Vendré a buscarte el domingo en la tarde, hacia las cinco», deteniéndose frente a la casa de mis padres».

«Te esperare», respondí, mientras me esforzaba por sacar mi bolsa de la parte trasera del auto. La playa definitivamente podía esperar.

Hoy mi Madre me mira desde la otra orilla. Un día como hoy muchas personas darán sepultura a su Madre. Hoy desde las eternidades ellas nos dirán «Dios les bendice», sabiendo todas ellas que nos dejaron el más triste recuerdo de este mundo.

Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Mateo 15:4

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