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Deuteronomio 18: Las porciones de los levitas

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El profeta

Las prácticas ocultas condenadas estaban prohibidas a Israel porque el uso del espiritismo, adivinación, necromancia y otras artes ocultas para descubrir el futuro eran contrarias a la ley que Dios había dado a Israel, La práctica del ocultismo era un rechazamiento de la soberanía divina sobre su pueblo y reflejaba su fracaso de confiar en Jehová como Señor de su presente y de su futuro. En vez de consultar a los espiritistas y hechiceros, el pueblo era exhortado a consultar un profeta de Jehová.

Según el deuteronomista, la línea profética en Israel empezó con Moisés, y él había revelado la voluntad de Dios para Israel. Ahora Jehová promete levantar otro profeta así como Moisés para continuar la obra de revelar la voluntad divina al pueblo. La palabra profeta aparece en el singular porque la palabra no se refiere a un solo profeta sino a todos los profetas según el sentido colectivo de la palabra. En el monte Horeb (Sinaí) Israel había demandado a una persona para servir como mediadora entre ellos y Dios. El profeta servía como el mediador que el pueblo deseaba. La institución profética en Israel oficialmente empezó con Samuel, en el siglo XI a. de J.C. y duró hasta algunos años después del regreso de los exiliados de Babilonia.

Después de la muerte de Moisés, Dios levantaría del pueblo de Israel un profeta como Moisés. Este profeta sería un verdadero profeta. Dos características distinguían al verdadero profeta de los adivinos y de los falsos profetas. Primeramente, Jehová ponía sus palabras en la boca del profeta. Este simbolismo aparece en el llamado de Jeremías y Ezequie. La misión del verdadero profeta de Jehová era comunicar la voluntad y los propósitos divinos a todo Israel.

Segundo, el verdadero profeta hablaría todas las cosas que Jehová le mande. No tenía que declarar falsos sueños o robar la palabra de otro profeta. Jehová mismo le daba la palabra para predicar y él hablaba en el poder y autoridad de Jehová. Por esta razón el pueblo tenía que oír las palabras de este profeta. Aquellos que rechazaban su palabra y dejaban de escuchar su mensaje eran responsables al propio Dios: yo le pediré cuentas. El texto no declara cómo el pueblo “dará cuentas” a Dios, pero las palabras sugieren un severo castigo para las personas que no obedecían las palabras del profeta enviado por Dios.

En el judaísmo del primer siglo el pueblo de Israel todavía esperaba la llegada del verdadero profeta. Pedro, en su sermón en el día de Pentecostés, declaró que Jesucristo era el profeta enviado por Dios. Las escrituras del NT siguen la interpretación de Pedro y adoptan la interpretación mesiánica de este pasaje.

La penalidad para la persona acusada de ser un falso profeta era severa. La falsa profecía provocaba la apostasía y estimulaba al pueblo a alejarse de Dios. Por esta razón el profeta que hablaba sin que se le hablara y el profeta que predicaba en el nombre de otro dios (de acuerdo con Jeremías e Isaías) eran condenados a morir.

Los criterios para distinguir entre los profetas falsos y verdaderos

El criterio final para descubrir si una persona era un profeta falso o verdadero era el contenido de su mensaje. Si una persona invitaba al pueblo a abandonar al Dios verdadero, era un falso profeta. El presente pasaje trata del problema de una profecía que no reflejaba la voluntad de Jehová. Tal profecía no se cumple, es falsa, y el profeta que proclamaba una profecía que no se cumplía era un falso profeta.

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