Deuteronomio 28: Bendiciones de la obediencia

Deu 28:65 Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo; pues allí te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma;

Deu 28:66 y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida.

Deu 28:67 Por la mañana dirás: !!Quién diera que fuese la tarde! y a la tarde dirás: !!Quién diera que fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos.

Deu 28:68 Y Jehová te hará volver a Egipto en naves, por el camino del cual te ha dicho: Nunca más volverás; y allí seréis vendidos a vuestros enemigos por esclavos y por esclavas, y no habrá quien os compre.

El mejor comentario sobre esta larga serie de maldiciones son las palabras de Pablo «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres». La inevitabilidad de estas maldiciones pendería sobre los creyentes hoy en día si no las hubiera quitado Jesús, aquel que «nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición».

El incumplimiento de los preceptos divinos traerá sobre Israel la maldición de Yahvé con todas sus consecuencias: esterilidad, sequía, mortandad, enfermedades incurables y la derrota a manos de los enemigos, de forma que el pueblo escogido se verá obligado a emprender la desbandada por siete caminos. Y, en lugar de ser objeto de admiración entre los pueblos, será vejado de todos los reinos de la tierra. Todos los bienes y seres más queridos pasarán a manos del enemigo. Y, sobre todo, Israel perderá su existencia como nación, siendo sus miembros dispersados en el exilio. Allí se verán obligados a adorar dioses de piedra y de madera.

Parece adición al discurso primitivo, y reflejan el estilo profetice de los siglos VIII- VII antes de Cristo, cuando las invasiones asirias y babilónicas eran inminentes y muy probable la cautividad. La descripción del enemigo invasor que pone cerco a las ciudades de Israel puede aplicarse a los asirios y a los babilonios y encuentra su paralelo en los amenazadores anuncios profetices. La amenaza del hambre sufrida en el terrible asedio tiene su paralelo en el asedio de Jer usalén por Senaquerib (701 a.C.), durante el cual las madres comieron a sus propios hijos. En las Lamentaciones se alude al mismo hecho terrible. La descripción es espeluznante y realista. El autor profético recarga las tintas para reflejar mejor la angustia y necesidad de los asediados. Los padres ocultarán sus hijos para poder comerlos solos sin competencia de sus allegados. Y, después del asedio, la dispersión y el aniquilamiento en masa del pueblo elegido, antes tan numeroso. Como antes Yahvé había colmado de beneficios a su pueblo, así ahora se gozara en castigarlos despiadadamente. La expresión es antropomórfica y refleja bien las exigencias inexorables de la justicia divina, que se ve obligada a enviar castigos al pueblo predilecto, objeto de tantas atenciones y beneficios en la historia. Los israelitas se creían a salvo de la destrucción y la ruina porque creían que Yahvé, por su interés, se vería obligado a proteger a su pueblo. Los profetas insisten en que Yahvé no necesita de nadie, y que las exigencias de la justicia divina están por encima de los intereses particulares de Israel. El lugar de la cautividad es Egipto, que era el país de los terribles recuerdos de la esclavitud. Los israelitas serán vendidos como esclavos y llevados en navios por los traficantes de esclavos fenicios, que los llevarán a la tierra de los faraones. La situación de los israelitas en el país de la opresión será tan triste, que ni siquiera se los aceptará como esclavos. De este modo la nueva situación será peor que la antigua, ya que, al menos en los tiempos anteriores al éxodo, los israelitas eran afanosamente buscados para los oficios de esclavos. La descripción es hiperbólica, para impresionar más a los israelitas infieles a los preceptos divinos.

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