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Daniel 3: El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro

Daniel 3:9 Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive.

Daniel 3:10 Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro;

Daniel 3:11 y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo.

Daniel 3:12 Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.

No sabemos si otros judíos tampoco adoraron la estatua, pero con estos tres quisieron hacer un escarmiento. ¿Por qué no se inclinaron ante la estatua y le dijeron a Dios que lo hacían obligados? Estaban determinados a nunca adorar a otro dios y valientemente se mantuvieron firmes. Por eso los condenaron a muerte. No sabían que serían librados del fuego; lo único que sabían era que no iban a inclinarse ante ningún ídolo. ¿Se mantendría usted firme por Dios cueste lo que le cueste? Cuando uno está firme por Dios, se nota. Puede ser doloroso y no siempre tendrá un final feliz. Esté preparado para decir: «Líbreme o no, sólo a mi Señor serviré».

Daniel 3:13 Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos varones delante del rey.

Daniel 3:14 Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?

Daniel 3:15 Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?

Los tres hombres tuvieron una oportunidad más. He aquí ocho excusas que pudieron haber tenido para inclinarse ante la estatua y que no los mataran.

(1) Nos inclinamos, pero no estábamos adorándolo de corazón.

(2) No nos volveremos idólatras; lo hicimos una sola vez y le pedimos perdón a Dios.

(3) El rey tiene poder absoluto y había que obedecerlo. Dios entiende.

(4) El rey nos dio el puesto que tenemos; hay que ser agradecidos, ¿no?

(5) No estamos en nuestro país, y por lo tanto Dios nos perdonará por seguir las costumbres de este país.

(6) Nuestros antepasados colocaron ídolos en el templo. ¡Eso es mucho peor!

(7) No estamos haciéndole daño a nadie.

(8) Si nos matan y unos paganos ocupan nuestro puesto, ¿quién va a ayudar a nuestra gente en el destierro?

Si bien todas estas excusas hubieran parecido lógicas, no hubieran sido más que una racionalización peligrosa. El inclinarse ante una estatua violaba el mandamiento de Dios de Exodo 20:3 : «No tendrás dioses ajenos delante de mí». Además hubiera manchado su testimonio para siempre. Nunca más hubieran podido hablar del poder de su Dios que sobrepasa el de otros dioses. ¿Qué excusas utiliza usted para no pronunciarse por El?

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