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Cuando el hombre interior se desmorona

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A sus 18 años cumplidos, David disfrutaba a sus anchas del presente y tenía ante sus ojos un luminoso porvenir. De naturaleza robusta y bien conformada, excepcionalmente atractivo para las mujeres, inteligente, con una especialidad de administrador de empresas a punto de terminar con las más altas calificaciones y con un futuro bien resguardado por la economía exuberante de sus padres, no se privaba de ninguno de los placeres, sanos y no tan sanos, que le brindaba su situación y le reclamaban sus años juveniles.

Bien cualificado para la poesía y la música, formaba parte de una conocida coral, y era aficionado también al deporte, particularmente al fútbol. Dos equipos juveniles acordaron una competencia informal para el tercer domingo de mayo. El tiempo amaneció lluvioso, pero todos fueron fieles a la cita deportiva en un campo rústico. En lo mejor del partido, la pesada pelota, con pesadas adherencias de lodo y arena, lanzada vigorosamente por uno de los contrarios, dio en pleno rostro a David, incrustando en sus ojos numerosas piedrecitas. Con un dolor lacerante, David se sintió inmerso en una oscuridad caleidoscópica. Se siguieron dos semanas angustiosas en la clínica, que culminaron en una delicada operación lamentablemente no exitosa. Sus ojos estaban irremediablemente dañados y David quedó definitivamente ciego.

Regresado a casa, David comprendió hasta qué punto todo su mundo se había derrumbado: Sumido en las tinieblas, había llegado el fin de sus viajes de diversión, de sus correrías con los amigos y de sus juegos; de la perspectiva de elegir una bella mujer para su vida; de ir a ninguna parte, pues en todo lugar encontraría la misma oscuridad tenebrosa. ¡Para qué ya su especialidad cualificada; para qué el dinero y el confort de que estaba rodeado; para qué en realidad su vida entera, privada de la luz! Sintió que los horizontes, antes luminosos y abiertos, ahora le acorralaban con su negra oscuridad, incapaz ya de dar un paso, sin ser llevado. Y experimentó una tristeza y angustia infinitas. Durante los meses que siguieron, más de una vez le sedujo la tentación de acabar, de una u otra manera con su vida, que había perdido su base y carecía de sentido.

Un día llegó a casa un amigo de familia, desde hacía años en el extranjero. Un hombre bondadoso, íntegro, humano y de profundas convicciones religiosas. Y habló muy cordialmente con David:

— No te rindas, David, le amonestaba. Cuando la exterioridad de nuestra vida se derrumba, queda una cosa, la más importante: tu interioridad. En tu interioridad está la verdadera belleza; en tu interioridad hay mil posibilidades insospechadas. En tu interioridad está Dios. Tú puedes hacer de tu vida una bella vida, si en ello te empeñas. «Cuando el hombre exterior se desmorona -citó a San Pablo- es la gran oportunidad de que el hombre interior se reconstruya».

David no olvidó esta conversación. Las palabras del amigo: «Tú puedes hacer de tu vida una bella vida, si te empeñas», anidaron en su mente como una luz que desvelaba la esperanza. Muy pronto desarrolló tan extraordinariamente su sentido de orientación que se movía por sí solo por toda la casa, por el patio, y hasta por las calles del barrio y el parque, mezclándonse entre los niños. Familiarizado con el computador, en cuyo teclado pusieron letras en relieve, se dedicó a componer hermosas poesías, que eran un canto a la vida, y que fue traduciendo en melodía musical, acompañado de su violín. Volvió a formar parte de la coral, de la que al fin fue director y compositor muy conocido. En sus horas de silencio pedía a su hermanita Gloria le leyera un pasaje del Evangelio, que meditaba reposadamente. Y «David el ciego» fue convirtiéndose en el hombre más bondadoso, cordial y querido de cuantos le conocían dando luz a quienes en tiniebla andaban.

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