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Cristo pagó el precio

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En el mundo antiguo se les pagaba a los dioses paganos para liberar a los esclavos, pero su benevolencia era una ficción ya que el esclavo había trabajado para ahorrar su propio rescate y por lo tanto, en realidad, se había redimido a sí mismo. Una inscripción en Delfos informa, por ejemplo, la manera en que «Apolo el pitio compró de Sosibio de Anfisa, para liberarla, una esclava, cuyo nombre es Nicaea, de raza romana, por un precio de tres minas y media de plata.» Pablo aludió a esas costumbres al decir que nosotros, que por naturaleza somos «esclavos del pecado» (Rom. 6:17), fuimos hechos libres (Gal. 5:1) de la esclavitud cuando fuimos «comprados por precio» (1 Cor. 6:20; 7:23, itálicas del autor). La diferencia decisiva es que el dios délfico no hizo ningún pago real mientras que Cristo pagó con su vida un precio espantoso que éramos totalmente incapaces de pagar.

Eventualmente, esta gran verdad, que al principio estaba fundada en un hecho histórico, llegó a incorporarse a una doctrina sistemática de expiación. A través de los siglos de su elaboración, se han discutido muchas cuestiones teóricas, de las cuales una de las más controversiales es a quién se le pagó el «rescate» de Jesús en la cruz. Algunos han supuesto que se le pagó a Dios para «satisfacer» su ira, pero el Nuevo Testamento enseña claramente que Dios fue tanto el iniciador como el receptor del sacrificio del Calvario. Otros han conjeturado que se le pagó a Satanás para asegurar la liberación de sus rehenes, pero el Nuevo Testamento enseña que él fue derrotado decisivamente en la cruz y, por lo tanto, no estaba en condiciones de hacer tal demanda.

Cuando un gran concertista de piano deleita al público con una interpretación virtuosa, sabemos que hicieron falta innumerables horas de estudio y práctica para producir ese resultado. Pero es inútil preguntar a quién se le pagó un esfuerzo tan sacrificante, porque es el alto precio que cualquiera debe pagar si quiere tocar gran música. Del mismo modo, el soldado que da su vida en el campo de batalla, no paga ese sacrificio supremo a nadie. La pregunta verdadera no es a quién sino por quién. El pianista paga el precio por la música, para que la belleza pueda ser liberada de una caja negra con teclas; el soldado paga el precio por su patria, para que sus ciudadanos puedan ser liberados del enemigo; Jesús pagó el precio supremo por la humanidad, ¡para que aquellos que estuvieran en cautiverio al pecado pudieran ser liberados!

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