Colosenses 3: La vida de la resurrección

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Relaciones personales del cristiano

Casadas, sed respetuosas con vuestros maridos como corresponde en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres y no las tratéis con rudeza.

Hijos, sed siempre obedientes a vuestros padres, porque esto Le agrada al Señor. Padres, no hagáis rabiar a vuestros hijos para que no se desanimen.

Esclavos, obedeced en todo a los que son vuestros amos humanos, no sólo cuando os estén mirando, como hacen los que tratan de complacer a los hombres, sino con corazón sincero, honrando al Señor. Hagáis lo que hagáis, hacedlo de corazón, como si estuvierais haciéndolo para el Señor y no para los hombres; y no os olvidéis nunca de que recibiréis del Señor una justa retribución, que será vuestra participación en la herencia. Mostrad que sois esclavos del Señor Cristo. El que obre indebidamente recibirá su merecido conforme al mal que haya obrado; porque Dios no tiene favoritos.

Amos, tratada vuestros esclavos de una manera justa y equitativa, recordando que también vosotros tenéis un Amo en el Cielo.

Aquí se vuelve más práctica la parte ética de la carta. Pablo .trata de los resultados del Evangelio en las relaciones cotidianas.

Antes de que empecemos a estudiar este pasaje en detalle, debemos notar dos grandes principios generales que están por detrás de todas sus demandas y las determinan.

(i) La ética cristiana se basa en la obligación mutua. No es nunca una ética en la que todos los deberes recaen sobre el mismo lado. Según lo veía Pablo, los maridos tienen obligaciones tan importantes como las mujeres; los padres están tan obligados como los hijos; los amos tienen sus responsabilidades igual que los esclavos.

Esto era algo completamente nuevo. Tomemos ahora los casos uno tras otro para verlos a la luz de este nuevo principio. Para la ley judía la mujer era una cosa, propiedad de su marido lo mismo que la casa o el ganado o el dinero. No tenía ningunos derechos legales. Por ejemplo: el marido podía divorciarse de su mujer por cualquier causa, mientras que la mujer no podía hacer lo mismo; las únicas razones por las que se le podía conceder el divorcio a la mujer eran si su marido contraía la lepra, si apostataba de la fe judía o si violaba a una virgen. En la sociedad griega, una mujer respetable vivía es un aislamiento total; nunca salía sola a la calle, ni siquiera para ir a la compra; vivía en las habitaciones de la mujer, y no se reunía con los varones ni siquiera para las comidas. Se le exigía un sometimiento y una castidad absolutos; pero su marido podía salir todo lo que quisiera y mantener las relaciones que quisiera fuera del matrimonio sin que eso fuera ningún estigma. Bajo las leyes judía y griega todos los privilegios pertenecían al marido y todos los deberes a la mujer.

En el mundo antiguo los hijos estaban totalmente bajo el dominio de los padres. El ejemplo supremo era la patria potestas romana, la ley del poder del padre. Bajo ella, un padre podía hacer lo que quisiera con su hijo. Podía venderle como esclavo; hacerle trabajar como un obrero en su granja; tenía poder hasta para condenarle a muerte y ejecutar la sentencia. Todos los derechos y privilegios pertenecían al padre y todas las obligaciones al hijo.

Esto se daba aún más en el caso de los esclavos. El esclavo no era más que una cosa a ojos de la ley. No había tal cosa como un código de condiciones de trabajo. Cuando un esclavo ya no rendía en el trabajo se le abandonaba y dejaba morir.

No tenía derecho a tener esposa, y si cohabitaba y tenía un hijo, este pertenecía al amo lo mismo que los corderos del rebaño.

Una vez más, todos los derechos pertenecían al amo y los deberes al esclavo.

La ética cristiana impone obligaciones mutuas en las que cada parte tiene derechos y obligaciones. Es una ética de responsabilidad mutua; y por tanto, se convierte en una ética en la que la idea de privilegios y derechos se deja atrás, y la idea de deberes y obligaciones es suprema. Toda la dirección de la ética cristiana no es preguntar: ¿Qué me deben a mí los demás?, sino: ¿Qué les debo yo?

(ii) Lo realmente nuevo en la ética cristiana de relaciones personales es que todas las relaciones son en el Señor. La totalidad de la vida cristiana se vive en Cristo. En cualquier hogar el tono de las relaciones personales debe ser dictado por la conciencia de que Jesucristo es el invitado invisible pero siempre presente. En cualquier relación padre-hijo la idea dominante debe ser el carácter paternal de Dios; y debemos procurar tratar a nuestros hijos como Dios trata a sus hijos e hijas. Lo que debe zanjar cualquier problema en la relación amo-siervo es que ambos son siervos de un Amo, Jesucristo. Lo nuevo es las relaciones personales en el Cristianismo es que Jesucristo es el Mediador en todas ellas.

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