Colosenses 3: La vida de la resurrección

Así que, puesto que habéis resucitado con Cristo, poned el corazón en las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Ocupad vuestra mente con pensamientos que se concentren en las cosas de arriba en lugar de en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando quiera que Cristo aparezca, vosotros también apareceréis con Él en gloria. Porque Él es vuestra vida.

Lo que quiere resaltar Pablo es lo siguiente. En el Bautismo, el cristiano muere y resucita. Al cerrarse las aguas sobre su cabeza es como si se le enterrara; cuando sale del agua es como si resucitara a una nueva vida. Ahora bien: si es así, el cristiano debe surgir del Bautismo como una persona diferente. ¿Dónde está la diferencia? En el hecho de que a partir de ese momento los pensamientos del cristiano se centran en las cosas de arriba. Deja de estar obsesionado con las cosas triviales y pasajeras de la Tierra; está totalmente implicado en las realidades del Cielo.

Debemos captar exactamente lo que Pablo quiere decir con esto. Es seguro que no está proponiendo un otro mundismo que haga que el cristiano se retire de las ocupaciones y responsabilidades de este mundo para no hacer otra cosa que meditar en la eternidad. Inmediatamente después de decir esto Pablo pasa a establecer una serie de principios éticos que dejan bien claro que espera que el cristiano continúe con su trabajo de este mundo y mantenga todas sus relaciones normales; pero con esta diferencia: desde ese momento el cristiano considerará todas las cosas sobre el trasfondo de la eternidad, y ya no vivirá como si este mundo fuera lo único que importara.

Esto no podrá por menos de darle una nueva escala de valores. Las cosas que el mundo considera importantes dejarán de obsesionarle. Las ambiciones que dominan el mundo serán incapaces de impactarle. Seguirá usando las cosas del mundo, pero las usará de una manera nueva. Por ejemplo: valorará el dar por encima del obtener; servir, por encima de dominar; perdonar, por encima de vengarse. El baremo del cristiano será el de Dios, no el de los hombres.

¿Y cómo se puede cumplir eso? La vida del cristiano está escondida con Cristo en Dios. Hay por lo menos dos referencias aquí.

(i) Ya hemos visto repetidamente que los cristianos originales veían el Bautismo como un morir y un resucitar. Cuando una persona moría y era sepultada, los griegos solían decir que estaba oculta en la tierra; sin embargo el cristiano había experimentado una muerte espiritual en el Bautismo, y no estaba escondido en la tierra, sino en Cristo. La experiencia de los cristianos originales era que el mismo acto del Bautismo revestía a la persona con Cristo.

(ii) Bien puede ser que haya aquí un juego de palabras que los griegos reconocerían en seguida. Los falsos maestros llamaban a sus libros de supuesta sabiduría apókryfoi, los libros que estaban escondidos para todos menos para los iniciados. Ahora bien, la palabra que Pablo usa aquí para decir que nuestras vidas están escondidas con Cristo en Dios es una parte del verbo apokryptein, del que procede el adjetivo apókryfos. Sin duda una palabra sugeriría la otra. Es como si Pablo dijera: «Para vosotros, los tesoros de la sabiduría están escondidos en vuestros libros secretos; pero para nosotros, Cristo es el tesoro de la sabiduría, y nosotros estamos escondidos en Él.»

Todavía hay aquí otro pensamiento más. La vida del cristiano está escondida con Cristo en Dios. Lo que está escondido está oculto; el mundo no puede descubrir el secreto del cristiano. Pero Pablo prosigue: «Llegará el día cuando Cristo vuelva en gloria; y entonces el cristiano al que nadie reconocía compartirá esa gloria y todo el mundo lo verá.» En cierto sentido Pablo está diciendo -y está diciendo una gran verdad- que algún día los veredictos de la eternidad darán la vuelta a los veredictos del tiempo, y los juicios de Dios darán la vuelta a los juicios de los hombres.

Cristo, nuestra vida

En el versículo 4 Pablo da a Cristo uno de los grandes títulos de la devoción: Cristo, nuestra vida. Aquí tenemos un pensamiento que le era muy querido al corazón de Pablo. Escribiendo a los filipenses les decía: «Para mí, el vivir es Cristo» (Filipenses 1:21). Años antes, escribiendo a los gálatas, les decía: « Ya no vivo yo, sino que es Cristo Quien vive en mí» (Gálatas 2:20). Según lo veía Pablo, lo más importante de la vida para el cristiano es Cristo; más aún: Él es su misma vida.

Este es el Everest de la devoción, que no podemos vislumbrar más que confusamente, ni expresar sino intermitente e imperfectamente. Algunas veces decimos de alguien: «Su vida es la música -o el deporte, o el trabajo…» Esa persona encuentra la vida y todo lo que quiere decir en esas cosas. Para el cristiano, Cristo es su vida.

Y aquí volvemos al principio de este pasaje: es precisamente por eso por lo que el cristiano centra su mente y su corazón en las cosas de arriba y no en las de este mundo. Lo juzga todo a la luz de la Cruz de Cristo, y a la luz del amor que Se entregó a Sí mismo por él. A la luz de la Cruz, la riqueza y las ambiciones y las actividades del mundo se aprecian en su justo valor; y al cristiano se le permite centrar todo su corazón en las cosas de arriba.

Lo que queda atrás

Así es que haced morir esa parte de vosotros que es terrenal fornicación, inmundicia, pasión, malos deseos, el deseo de obtener más de lo que nos corresponde- porque esto es una forma de idolatría que hace que la ira de Dios caiga sobre los desobedientes. Era a estas cosas a las que vosotros dedicabais vuestra vida en otro tiempo, cuando vivíais entre ellas; pero ahora os debéis despojar de todas esas cosas – rabia, genio, malicia, calumnia, expresiones soeces que salen de vuestra boca. No os mintáis unos a otros.

Aquí tiene lugar el cambio que siempre se produce en las cartas de Pablo: después de la teología viene la demanda ética.

Pablo podía pensar más profundamente que ninguna otra persona que haya tratado nunca de expresar la fe cristiana; podía recorrer sendas inexploradas de pensamiento; podía escalar cimas de contemplación por las que a los teólogos mejor equipados les resulta difícil seguirle; pero siempre, al final de sus cartas, volvía a las consecuencias de todo aquello. Siempre terminaba con una exposición ineludible y clara de las demandas éticas del Evangelio en la situación en que se encontraban entonces sus amigos.

Pablo empieza con una demanda enérgica. El Nuevo Testamento no vacila nunca en exigir con cierta violencia la total eliminación de todo lo que está contra Dios. La Biblia del Oso traducía así la primera parte de esta sección: «Mortificad pues vuestros miembros que están sobre la tierra.» En el español de tiempo de Cervantes eso estaba suficientemente claro; pero ha perdido algo de su fuerza en el lenguaje moderno, lo mismo que el amortiguad de las primeras revisiones de la ReinaValera.

Ahora mortificar la carne quiere decir practicar una disciplina ascética y de autonegación; pero eso no es suficiente. Lo que Pablo está diciendo es: «Dad muerte a cualquier parte de vuestro yo que esté contra Dios y os impida cumplir Su voluntad.»

Sigue la misma línea de pensamiento que en Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; pero si por el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.» Y es exactamente lo que Jesús demandaba: que se cortara una mano o un pie o se sacara un ojo cuando impulsaran al pecado (Mateo 5:29s).

Podemos expresar esto de una manera más actual, como hace C. F. D. Moule. El cristiano debe matar su egotismo, y dar por muertos todos sus deseos y ambiciones egoístas. Debe haber en su vida una transformación radical de voluntad y un desplazamiento radical del yo del centro de su universo. Todo lo que le impidiera obedecer plenamente a Dios y rendirse totalmente a Cristo ha de ser eliminado quirúrgicamente.

Pablo procede a hacer una lista de algunas de las cosas que los colosenses deben suprimir de su vida.

La fornicación y la inmundicia tienen que desaparecer. La castidad fue la única virtud totalmente nueva que aportó el Cristianismo al mundo. En el mundo antiguo, las relaciones sexuales antes o fuera del matrimonio se consideraban normales y eran práctica aceptada. El deseo sexual se consideraba que había de gratificarse, no de controlarse. Esa es una actitud que no nos es extraña hoy en día, y que se defiende a menudo con extensos razonamientos. En su autobiografía, Memoria a memoria, Sir Amold Lunn dedica un capítulo al famoso filósofo Cyril Joad, al cual conocía muy bien. Antes de convertirse al Cristianismo Joad podía escribir: « El control de la natalidad (quería decir el uso de preservativos) aumenta las posibilidades de placer humano. Al permitir que los placeres del sexo se disfruten sin sus consecuencias indeseadas se ha eliminado el más formidable impedimento, no solamente para el uso regular de la relación sexual, sino también para el uso irregular… El clérigo medio se escandaliza y enfurece ante la perspectiva de placeres ilimitados sin remordimientos ni consecuencias que el control de la natalidad ofrece a los jóvenes; y si pudiera, lo impediría.» Hacia el final de su vida Joad regresó a la religión y volvió a la familia de la Iglesia; pero no fue sin lucha, y fue la insistencia de la Iglesia Cristiana en la pureza sexual lo que le retuvo mucho tiempo de hacer su decisión final. «Es un gran paso –decía-, y no me puedo convencer de que la actitud rigurosa en cuanto al sexo que la Iglesia considera necesario adoptar está realmente justificada.» Pero la ética cristiana insiste en la castidad porque considera que la relación física entre los sexos es algo tan precioso que no se debe permitir un uso indiscriminado que acabaría por deteriorarla.

Estaban la pasión y los malos deseos. Hay un tipo de persona que es esclava de las pasiones (pathos) y que es llevada de acá para allá por el deseo de lo que no es debido (epithymía).

Está el pecado que la Reina-Valera llama avaricia (pleonexía). Pleonexía es uno de los pecados más feos; pero, aunque está suficientemente claro lo que quiere decir, no es ni mucho menos tan fácil encontrar una sola palabra para traducirlo. Viene de dos palabras griegas: la primera parte, de pleon, que quiere decir mas, y la segunda parte, de éjein, que quiere decir tener.

Pleonexía es básicamente el deseo de tener más. Los griegos lo definían como un deseo insaciable, y decían que era como tratar de llenar de agua un recipiente que tuviera un agujero en el fondo. Lo definían como el deseo pecaminoso de lo que pertenece a otros. Se ha descrito como egoísmo despiadado. Su idea básica es el deseo de lo que uno no tiene derecho a poseer. Es, por tanto, un pecado que tiene una gama muy amplia. Es el deseo de dinero que conduce al robo; de prestigio, que lleva a una ambición desmedida; de poder, que inspira una tiranía sádica; si es el deseo de poseer a una persona, induce al pecado sexual. C. F. D. Moule lo describe bien como «lo contrario del deseo de dar.»

Tal deseo, dice Pablo, es idolatría. ¿Cómo puede ser así? La esencia de la idolatría es el deseo de obtener. Una persona se hace un ídolo y lo adora porque desea que le proporcione algo. Para citar otra vez a C. F. D. Moule: « La idolatría es un intento de utilizar a Dios para satisfacer los deseos de uno, en lugar de entregarse uno al servicio de Dios.» La esencia de la idolatría es, de hecho, el deseo de tener más. O, para llegar a ello por otro camino, la persona cuya vida está dominada por el deseo de obtener cosas ha puesto las cosas en el lugar que sólo Le corresponde a Dios -y eso es precisamente la idolatría.

La ira de Dios no puede por menos de recaer sobre esas cosas. La ira de Dios es sencillamente la regla del universo que dice que una persona segará lo que haya sembrado, y que nadie puede evadir las consecuencias de su pecado. La ira de Dios y el orden moral del universo son la misma cosa.

Las cosas que hay que dejar atrás

Pablo dice en el versículo 8 que hay ciertas cosas de las que los colosenses deben despojarse. La palabra que usa quiere decir quitarse la ropa. Aquí tenemos un cuadro de la vida de los cristianos originales. Cuando uno se bautizaba se quitaba la ropa antigua para bajar al agua; y cuando salía otra vez se ponía una túnica blanca nueva. Se despojaba de una clase de vida y asumía otra. En este pasaje habla Pablo de las cosas que el cristiano debe quitarse, y en el versículo 12 continúa la escena hablando de las cosas que el cristiano debe ponerse. Vamos a mirarlas una a una.

El cristiano debe despojarse de la rabia y el genio. Las dos palabras son en el original orgué y thymós, y la diferencia que hay entre ambas es la siguiente. Thymós es una explosión de rabia repentina que se produce de pronto y desaparece de pronto.

Los griegos la comparaban con un fuego de pajas. Orgué es la ira que se ha vuelto inveterada; de larga duración, de lenta consunción, que se niega a ser pacificada y abriga el disgusto para mantenerlo calentito. Para el cristiano, tanto el estallido de rabia como la ira duradera son cosas prohibidas.

Está la malicia. La palabra que traduce es kakía; es difícil de traducir porque quiere decir realmente la crueldad mental de la que brotan los vicios concretos. Es una maldad inclusiva.

Los cristianos deben despojarse de la calumnia y de las expresiones soeces, y no deben mentirse unos a otros. La palabra para calumnia es blasfémía, que la Reina-Valera traduce por blasfemia. Blasfémía es hablar calumniosamente en general; cuando las expresiones insultantes se dirigen contra Dios, es propiamente blasfemia. En este contexto es mucho más probable que lo que se prohíbe es hablar calumniosamente de los semejantes de uno. La palabra que hemos traducido por expresiones soeces es aisjrologuía; puede querer decir lenguaje obsceno. Estas tres últimas cosas prohibidas están relacionadas con el habla.

Y si las ponemos en forma de mandamientos positivos en vez de prohibiciones negativas encontramos tres leyes sobre el habla cristiana.

(i) El habla cristiana debe ser amable. Toda manera de hablar que sea calumniosa y maliciosa está prohibida. Sigue en pie el antiguo consejo que dice que antes de repetir nada sobre cualquier persona nos debemos hacer tres preguntas: « ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es amable?» El Nuevo Testamento condena incesantemente la lengua crítica con veneno de verdad.

(ii) El habla cristiana debe ser pura. Puede que no haya habido en el pasado ningún tiempo en que se usara tanto el lenguaje soez como en el nuestro. Y lo trágico es que muchos se han acostumbrado de tal manera a él que ya ni se dan cuenta cuando lo están usando. El cristiano no debe olvidar nunca que tendrá que dar cuenta de cada palabra ociosa.

(iii) El habla cristiana debe ser veraz. El doctor Johnson creía que se dicen muchas más falsedades inconscientemente que deliberadamente; y creía que se debía corregir a un muchacho cuando se desviara lo más mínimo de la verdad. Es fácil tergiversar la verdad; se puede lograr con un cambio en el tono de voz o una mirada elocuente; y hay silencios que pueden ser tan falsos y engañosos como muchas palabras.

El habla cristiana debe ser amable, pura y veraz para con todos y en cualesquiera circunstancias.

La universalidad del cristianismo

Despojaos del viejo yo con todas sus tendencias. Asumid el nuevo yo, que se está renovando continuamente hasta llegar a la plenitud del conocimiento, a semejanza de su Creador. En él no cuenta el ser griego o judío, circunciso o incircunciso, bárbaro o escita, esclavo u hombre libre, porque Cristo es todo en todos. Así que, como escogidos de Dios, consagrados y amados, vestíos con un corazón de piedad, amabilidad, humildad, cortesía, paciencia. Aceptaos unos a otros; y si alguno tiene razones para quejarse de otro, perdonaos mutuamente; como os ha perdonado el Señor, así debéis perdonaros unos a otros.

Cuando uno se hace cristiano debe experimentar un cambio total de personalidad. Se despoja del viejo yo y asume un nuevo yo de la misma manera que el candidato al Bautismo se quita la ropa vieja y se pone la túnica blanca nueva. A menudo no tomamos suficientemente en serio la verdad en que insiste el Nuevo Testamento: que un cristianismo que no opere una transformación no es el auténtico. Además, este cambio es progresivo: hace crecer constantemente a la persona en la gracia y en el conocimiento hasta que llega a ser lo que está destinada a ser: humanidad a imagen de Dios.

Uno de los grandes efectos del Cristianismo es que derriba las barreras. En él no cuenta para nada que se sea griego o judío, circunciso o incircunciso, bárbaro, escita, esclavo u hombre libre. El mundo antiguo estaba lleno de barreras. Los griegos miraban por encima del hombro a los bárbaros; y para ellos cualquiera que no hablara griego era un bárbaro, que quiere decir literalmente el que habla diciendo «bar-bar». Se consideraban los aristócratas del mundo antiguo. Los judíos despreciaban a las demás naciones. Eran el pueblo escogido de Dios, y las otras naciones no servían más que para arder en el infierno. Los escitas eran considerados como los más despreciables de los bárbaros; más bárbaros que los bárbaros, los llamaban los griegos; casi bestias salvajes, decía de ellos Josefo. Eran proverbialmente las hordas que amenazaban al mundo civilizado con sus atrocidades bestiales. Los esclavos ni siquiera se consideraban en las leyes antiguas como seres humanos; no eran más que herramientas vivas, sin ningún derecho. El amo podía apalear o marcar o mutilar o hasta matarlos a su capricho. No tenían derecho a casarse. No podía haber ninguna relación en el mundo antiguo entre un esclavo y un hombre libre.

Todas estas barreras se han venido abajo en Cristo. J. B. Lightfoot nos recuerda que uno de los más grandes elogios que se le han hecho al Cristianismo se lo hizo, no un teólogo, sino un lingüista: Max Müller, uno de los grandes expertos en la ciencia del lenguaje. En el mundo antiguo nadie tenía interés en las lenguas extranjeras aparte del griego. Los griegos eran los intelectuales, y no se les ocurría estudiar una lengua bárbara. La ciencia del lenguaje es nueva, como lo es el interés en conocer otras lenguas.

Max Müller escribió: « Hasta que la palabra bárbaro se excluyó del diccionario de la humanidad y se sustituyó por la palabra hermano, hasta que se les reconoció el derecho de ser clasificadas como miembros del género humano a todas las naciones del mundo, no podemos buscar ni los primeros principios de la ciencia del lenguaje… Este cambio lo efectuó el Cristianismo.» Fue el Cristianismo lo que aproximó a los hombres lo bastante para hacer que desearan conocer los unos el lenguaje de los otros.

T. K. Abbott indica que este pasaje resume las barreras que derribó el Cristianismo.

(i) Derribó las barreras que proceden del nacimiento y la nacionalidad. Diferentes naciones, que o se despreciaban o se odiaban mutuamente, fueron incorporadas en la misma familia de la Iglesia Cristiana. Personas de diferentes nacionalidades, que se habrían lanzado al cuello los unos de los otros, se sentaban juntas en paz a la Mesa del Señor.

(ii) Derribó las barreras procedentes de las ceremonias y del ritual. Circuncisos e incircuncisos se agrupaban en una misma comunión. Para un judío, un gentil era inmundo; al hacerse cristiano, reconoció a todos los gentiles como hermanos.

(iii) Derribó las barreras entre civilizados e incivilizados. Los escitas eran los bárbaros ignorantes del mundo antiguo; los griegos eran los aristócratas de la cultura. Los cultos y los incultos se reunían en la Iglesia Cristiana. El mayor intelectual del mundo y el más sencillo hijo de la labor se podían sentar en perfecta armonía en la Iglesia de Cristo.

(iv) Derribó la barrera entre las clases. El esclavo y el hombre libre se encontraban en la Iglesia. Más aún: en la Iglesia Primitiva se podía dar el caso, y se daba, de que el esclavo fuera el pastor, y el amo un simple miembro. En la presencia de
Dios, las distinciones sociales del mundo dejaron de ser relevantes.

El atuendo de la gracia cristiana

Pablo pasa a dar su lista de las grandes gracias con las que deben vestirse los colosenses. Antes de estudiar la lista en detalle debemos notar dos cosas muy significativas.

(i) Pablo empieza dirigiéndose a los colosenses como escogidos de Dios, consagrados y amados. Lo significativo es que cada una de estas tres palabras pertenecía en su origen, como si dijéramos, a los judíos. Eran ellos el pueblo escogido, la nación consagrada y los amados de Dios. Pablo, el hebreo de hebreos, toma estas tres palabras preciosas, que habían sido posesión exclusiva de Israel, y se las aplica a gentiles. Así demuestra que el amor y la gracia de Dios se habían extendido hasta lo último de la tierra, y que ya no había en Su economía «una nación especialmente privilegiada.»

(ii) Es sumamente significativo notar que cada una de las gracias mencionadas tiene que ver con las relaciones personales. No se mencionan virtudes como la eficacia o la inteligencia, ni siquiera la diligencia o la industria -no porque estas cosas no sean importantes. Pero las grandes virtudes cristianas básicas son las que gobiernan las relaciones humanas. El Cristianismo es comunidad. Tiene en su lado divino el inefable don de la paz con Dios, y en su lado humano la solución victoriosa del problema de la convivencia.

Pablo empieza por un corazón de piedad. Si había una cosa que necesitara el mundo antiguo era la piedad. El sufrimiento de los animales no se tenía en cuenta. Los heridos y los enfermos se liquidaban. No se hacía provisión para los ancianos. El tratamiento de los dementes y de los minusválidos era sencillamente despiadado. El Cristianismo trajo la misericordia al mundo. No es pasarse el decir que todo lo que se ha hecho por los ancianos, los enfermos, los minusválidos, las mujeres, los niños, los animales, ha sido bajo la inspiración del Cristianismo. Está la amabilidad (jréstótés). Trench la llama una palabra preciosa para una cualidad preciosa. Los escritores antiguos definían jréstótés como la virtud de la persona para la que el bien de su prójimo le es tan deseable como el suyo propio.
Josefo la usa en la descripción de Isaac, que hacía pozos y luego se los daba a otros para no pelearse con ellos y por ellos (Génesis 26:17-25). Se usa del vino que ha madurado con la edad y perdido la aspereza. Es la palabra que usa Jesús para decir: « Mi yugo es fácil» (Mateo 11:30). La bondad es a veces rígida; pero jréstótés es la bondad amable, aquella que mostró Jesús con la mujer pecadora que Le ungió los pies (Lucas 7: 3750). No cabe duda de que Simón el fariseo era un buen hombre; pero Jesús era más que bueno, era jréstós. Algunas versiones lo traducen por benignidad. Una de las características del cristiano es esa bondad amable.

Está la humildad (tapeinofrosyné). Se ha dicho a menudo que la humildad fue elevada a la categoría de virtud por el Cristianismo. En el griego clásico no había una palabra para humildad que no contuviera el matiz de servilismo; pero la humildad cristiana no es nada rastrero. Está basada en dos cosas. Primero, por el lado divino, se basa en el sentimiento de criaturidad de la humanidad. Dios es el Creador, el ser humano es la criatura, y en la presencia del Creador la criatura no puede sentir nada más que humildad. Segundo, por el lado humano, la humildad se basa en la creencia de que todos los seres humanos son hijos de Dios; y no hay lugar para la arrogancia cuando estamos viviendo entre semejantes que son todos de linaje real.

Está la cortesía (praytés). Hace mucho tiempo, Aristóteles definió praytés como el feliz término medio entre la rigidez y el pasotismo. La persona que es prays es la que se controla, porque Dios la controla, y se enoja cuando es debido y nunca cuando no. Tiene al mismo tiempo la firmeza y la dulzura de la verdadera cortesía.

Está la paciencia (makrothymía). Este es el espíritu que no pierde nunca la paciencia con los demás. La torpeza y la insensatez no le producen cinismo o desesperación; los insultos y los malos tratos recibidos no le hacen resentido ni enojado. La paciencia humana es un reflejo de la paciencia divina, que soporta todo nuestro pecado y nunca nos desecha.

Está el espíritu que soporta y perdona. El cristiano soporta y perdona, porque el que ha sido perdonado debe perdonar siempre. Como Dios le perdonó, así debe perdonar a los demás; porque sólo perdonando se puede ser perdonado.

El vínculo perfecto

Sobre todas estas cualidades, revestíos del amor, que es el vínculo perfecto; y que la paz de Dios sea la que lo decida todo en vuestros corazones, porque es a esa paz a la que habéis sido llamados para estar unidos en un solo Cuerpo. Que la Palabra de Dios more abundantemente en vosotros con toda sabiduría. Seguid enseñándoos y exhortándoos mutuamente con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantándole a Dios con gratitud en vuestros corazones. Y lo que quiera que estéis haciendo, ya sea de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dándole gracias por medio de Él a Dios Padre.

Pablo añade una más a las virtudes y las gracias: la que él llama el vínculo perfecto del amor. El amor es el poder que vincula y mantiene unido todo el Cuerpo de Cristo. La tendencia de cualquier cuerpo de personas es a disgregarse más tarde o más temprano. El amor es el único vínculo que puede mantenerlas en una comunión inquebrantable.

Y entonces Pablo usa una alegoría preciosa: «Que la paz de Dios sea la que lo decida todo en vuestros corazones.» Lo que quiere decir literalmente: «Que la paz de Dios sea el árbitro en vuestro corazón.» Usa un verbo que viene del campo de los deportes; es la palabra que se refiere al árbitro que decide las cosas discutibles. Si la paz de Cristo es el árbitro en nuestro corazón, entonces, cuando los sentimientos estén en conflicto y nos sintamos impulsados en dos sentidos opuestos, la decisión de Cristo nos mantendrá en el camino del amor, y la Iglesia se mantendrá como el Cuerpo que está destinada a ser. El camino del recto proceder es nombrar a Jesucristo árbitro entre las emociones conflictivas de nuestro corazón; y si aceptamos Sus decisiones, no erraremos.

Es interesante saber que la Iglesia ha sido desde el principio una Iglesia cantadora. Lo heredó de los judíos, que Filón nos dice que pasaban a menudo toda la noche cantando himnos y salmos. Una de las primeras descripciones que tenemos de la Iglesia es la de Plinio, el gobernador romano de Bitima, que le mandó un informe de las actividades de los cristianos al emperador Trajano en el que le decía: «Se reúnen al alba para cantarle un himno a Cristo como Dios.» La gratitud de la Iglesia Cristiana siempre se ha elevado a Dios Padre en alabanza y cánticos.

Por último Pablo da el gran principio para la vida de que todo lo que hagamos o digamos ha de ser en el nombre de Jesús.

Una de las mejores pruebas de una acción es: ¿Podemos hacerla invocando el nombre de Jesús? ¿Podemos hacerla pidiendo Su ayuda? Y una de las mejores pruebas de una palabra es: ¿Podemos decirla nombrando juntamente a Jesús? ¿Podemos decirla teniendo presente que Él la escucha? Si una persona somete todas sus palabras y acciones a la prueba de la presencia de Cristo, no errará jamás.

Relaciones personales del cristiano

Casadas, sed respetuosas con vuestros maridos como corresponde en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres y no las tratéis con rudeza.

Hijos, sed siempre obedientes a vuestros padres, porque esto Le agrada al Señor. Padres, no hagáis rabiar a vuestros hijos para que no se desanimen.

Esclavos, obedeced en todo a los que son vuestros amos humanos, no sólo cuando os estén mirando, como hacen los que tratan de complacer a los hombres, sino con corazón sincero, honrando al Señor. Hagáis lo que hagáis, hacedlo de corazón, como si estuvierais haciéndolo para el Señor y no para los hombres; y no os olvidéis nunca de que recibiréis del Señor una justa retribución, que será vuestra participación en la herencia. Mostrad que sois esclavos del Señor Cristo. El que obre indebidamente recibirá su merecido conforme al mal que haya obrado; porque Dios no tiene favoritos.

Amos, tratada vuestros esclavos de una manera justa y equitativa, recordando que también vosotros tenéis un Amo en el Cielo.

Aquí se vuelve más práctica la parte ética de la carta. Pablo .trata de los resultados del Evangelio en las relaciones cotidianas.

Antes de que empecemos a estudiar este pasaje en detalle, debemos notar dos grandes principios generales que están por detrás de todas sus demandas y las determinan.

(i) La ética cristiana se basa en la obligación mutua. No es nunca una ética en la que todos los deberes recaen sobre el mismo lado. Según lo veía Pablo, los maridos tienen obligaciones tan importantes como las mujeres; los padres están tan obligados como los hijos; los amos tienen sus responsabilidades igual que los esclavos.

Esto era algo completamente nuevo. Tomemos ahora los casos uno tras otro para verlos a la luz de este nuevo principio. Para la ley judía la mujer era una cosa, propiedad de su marido lo mismo que la casa o el ganado o el dinero. No tenía ningunos derechos legales. Por ejemplo: el marido podía divorciarse de su mujer por cualquier causa, mientras que la mujer no podía hacer lo mismo; las únicas razones por las que se le podía conceder el divorcio a la mujer eran si su marido contraía la lepra, si apostataba de la fe judía o si violaba a una virgen. En la sociedad griega, una mujer respetable vivía es un aislamiento total; nunca salía sola a la calle, ni siquiera para ir a la compra; vivía en las habitaciones de la mujer, y no se reunía con los varones ni siquiera para las comidas. Se le exigía un sometimiento y una castidad absolutos; pero su marido podía salir todo lo que quisiera y mantener las relaciones que quisiera fuera del matrimonio sin que eso fuera ningún estigma. Bajo las leyes judía y griega todos los privilegios pertenecían al marido y todos los deberes a la mujer.

En el mundo antiguo los hijos estaban totalmente bajo el dominio de los padres. El ejemplo supremo era la patria potestas romana, la ley del poder del padre. Bajo ella, un padre podía hacer lo que quisiera con su hijo. Podía venderle como esclavo; hacerle trabajar como un obrero en su granja; tenía poder hasta para condenarle a muerte y ejecutar la sentencia. Todos los derechos y privilegios pertenecían al padre y todas las obligaciones al hijo.

Esto se daba aún más en el caso de los esclavos. El esclavo no era más que una cosa a ojos de la ley. No había tal cosa como un código de condiciones de trabajo. Cuando un esclavo ya no rendía en el trabajo se le abandonaba y dejaba morir.

No tenía derecho a tener esposa, y si cohabitaba y tenía un hijo, este pertenecía al amo lo mismo que los corderos del rebaño.

Una vez más, todos los derechos pertenecían al amo y los deberes al esclavo.

La ética cristiana impone obligaciones mutuas en las que cada parte tiene derechos y obligaciones. Es una ética de responsabilidad mutua; y por tanto, se convierte en una ética en la que la idea de privilegios y derechos se deja atrás, y la idea de deberes y obligaciones es suprema. Toda la dirección de la ética cristiana no es preguntar: ¿Qué me deben a mí los demás?, sino: ¿Qué les debo yo?

(ii) Lo realmente nuevo en la ética cristiana de relaciones personales es que todas las relaciones son en el Señor. La totalidad de la vida cristiana se vive en Cristo. En cualquier hogar el tono de las relaciones personales debe ser dictado por la conciencia de que Jesucristo es el invitado invisible pero siempre presente. En cualquier relación padre-hijo la idea dominante debe ser el carácter paternal de Dios; y debemos procurar tratar a nuestros hijos como Dios trata a sus hijos e hijas. Lo que debe zanjar cualquier problema en la relación amo-siervo es que ambos son siervos de un Amo, Jesucristo. Lo nuevo es las relaciones personales en el Cristianismo es que Jesucristo es el Mediador en todas ellas.

La obligación mutua

Consideremos ahora brevemente cada una de estas tres esferas de las relaciones humanas.

(i) La casada ha de respetar a su marido; pero el marido ha de amar a su mujer y tratarla con amabilidad. El efecto de las leyes y costumbres de la antigüedad era que el marido se convertía prácticamente en un dictador indiscutible y la mujer en poco más que una esclava dedicada a criar hijos y atender a las necesidades de su marido. El efecto fundamental de la enseñanza cristiana es que el matrimonio se convierte en un equipo. No se forma meramente por conveniencia del marido, sino a fin de que ambos, marido y mujer, se completen mutuamente y compartan la vida con todas sus responsabilidades y alegrías. Cualquier matrimonio en el que todo se hace por conveniencia de una parte de la pareja mientras que la otra parte no existe más que para gratificar las necesidades y deseos de la primera no es un matrimonio cristiano.

(ii) La ética cristiana establecer la obligación de los hijos de respetar a sus padres; pero hay siempre un problema en la relación entre padres e hijos. Si el padre es demasiado complaciente, el hijo crecerá indisciplinado e incapacitado para enfrentarse con la vida. Pero también existe el peligro contrario si el padre es exigente y siempre está castigando a su hijo.

Recordamos en la literatura inglesa la trágica cuestión de Mary Lamb, que acabó con la mente desquiciada: «¿Por qué parece que no puedo hacer nada nunca a gusto de mi madre?» Recordamos la punzante observación de John Newton: « Yo sabía que mi padre me quería -pero parecía que no quería que yo lo supiera.» Hay cierta clase de crítica constante que es el producto de un amor equivocado.

El peligro de todo esto está en que el hijo puede descorazonarse. Bengel habla de «la plaga de la juventud: un espíritu roto (Fractus animus pestis iuventutis).» Uno de los hechos trágicos de la historia de la religión es el de Martín Lutero, que toda su vida tuvo problemas para dirigirse a Dios llamándole «Padre nuestro» porque su padre había sido tan severo con él. La palabra padre se identificaba en su mente con la idea de la severidad. El deber de un padre es disciplinar, pero sin dejar de animar. El mismo Lutero decía: ««No apliques la vara, y echarás a perder al hijo.» Es verdad. Pero ten una manzana lista para cuando se porte bien.»

Sir Arnold Lunn en Memory to memory cita un incidente acerca del mariscal Montgomery de un libro de M. E. Clifton James. Montgomery era considerado ordenancista -pero su personalidad tenía la otra cara también. Clifton James era su oficial «doble», y le estuvo estudiando durante un ensayo del Día-D. «A pocos metros de donde yo estaba, un soldado muy joven, que parecía todavía mareado del viaje, venía marchando deportivamente, esforzándose por mantener el paso de sus camaradas delanteros. Yo me podía figurar que, sintiéndose como se sentía él, el equipo y el rifle le debían de pesar una tonelada. Se le atascaban las botas en la arena; pero yo veía que estaba luchando para que no se le notara lo mal que se sentía. Precisamente entonces se puso a nuestra altura, tropezó y cayó de bruces.

Casi gimiendo, se incorporó y siguió la marcha deslumbrado en otra dirección. Monty -forma familiar del nombre de Montgomery- se dirigió rápidamente hacia él, y le dio la vuelta con una rápida y amistosa sonrisa. «Por aquí, hijito. Se te está dando bien, muy bien. Pero no pierdas contacto con el compi de delante.» Cuando el quinto se dio cuenta de quién era el que le había deparado aquella ayuda amistosa puso una cara de muda adoración que era todo un cuadro.» Era precisamente porque Montgomery combinaba la disciplina y el estímulo por lo que un soldado raso del Octavo Ejército se sentía tan importante como un coronel en cualquier otro ejército.

Cuanto mejor sea un padre tanto más debe evitar el peligro de desanimar a su hijo, dosificándole la disciplina y el ánimo por partes iguales.

El trabajador cristiano y el amo cristiano

(iii) Pablo pasa a continuación al mayor problema de todos: la relación entre el esclavo y el amo. Hay que notar que esta sección es mucho más larga que las dos anteriores; y su longitud puede que sea debida a las largas conversaciones que Pablo sostuvo con el esclavo fugitivo Onésimo, a quien habría de devolver más tarde a su amo Filemón.

Pablo dice aquí cosas que deben de haber alucinado a los dos grupos.

Insiste en que el esclavo debe ser un trabajador concienzudo. Está diciéndole realmente que el Evangelio debe hacerle un esclavo mejor y más eficiente. El Cristianismo no ha ofrecido nunca en este mundo una manera de evitarse el trabajo difícil; nos hace capaces de trabajar más y mejor. No le ofrece a nadie una salida fácil de las situaciones difíciles, sino le capacita para hacerse cargo mejor de esas situaciones.

El esclavo no debe conformarse con servir al ojo; no debe trabajar sólo cuando le está mirando el capataz. No debe ser la clase de servidor que, como dice C. F. D. Moule, no limpia el polvo detrás de los adornos ni barre debajo del armario. Debe recordar que va a recibir una herencia. Aquí hay algo maravilloso. Bajo la ley romana un esclavo no podía ser propietario de nada, y aquí se le promete nada menos que la herencia de Dios. Debe recordar que llegará la hora cuando se ajustarán las cuentas, y la mala faena recibirá su castigo y la fiel diligencia su recompensa.

El amo debe tratar al esclavo no como una cosa sino como una persona, con justicia y equidad que supere la justicia.

¿Cómo lo ha de hacer? La respuesta es importante, porque contiene la doctrina cristiana del trabajo.

El trabajador debe hacerlo todo como si fuera para Cristo. No trabajando sólo por la paga, ni por ambición, ni para agradar a un amo terrenal, sino para ofrecérselo a Cristo. Todo trabajo se hace por Dios para que Su mundo siga existiendo y Sus hombres y mujeres tengan las cosas que necesitan para vivir.

El amo debe recordar que él también tiene un Amo: Cristo en el Cielo. Es responsable ante Dios exactamente lo mismo que sus trabajadores lo son ante él. Ningún amo puede decir: «Este negocio es mío, y puedo hacer con él lo que me dé la gana,» sino: «Este negocio pertenece a Dios, y Él me lo ha encargado; soy responsable ante Él.» La doctrina cristiana del trabajo es que tanto el amo como el obrero están trabajando para Dios, y que por tanto la verdadera recompensa no se puede calcular en moneda terrenal, sino que la dará -o retendráDios a Su debido tiempo.

Ayúdanos a continuar Sembrando La Palabra de Dios

WebDedicado ha sido autorizado a recaudar las donaciones para continuar con La gran Comisión.


Deja el primer comentario