Colosenses 3: La vida de la resurrección

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Tal deseo, dice Pablo, es idolatría. ¿Cómo puede ser así? La esencia de la idolatría es el deseo de obtener. Una persona se hace un ídolo y lo adora porque desea que le proporcione algo. Para citar otra vez a C. F. D. Moule: « La idolatría es un intento de utilizar a Dios para satisfacer los deseos de uno, en lugar de entregarse uno al servicio de Dios.» La esencia de la idolatría es, de hecho, el deseo de tener más. O, para llegar a ello por otro camino, la persona cuya vida está dominada por el deseo de obtener cosas ha puesto las cosas en el lugar que sólo Le corresponde a Dios -y eso es precisamente la idolatría.

La ira de Dios no puede por menos de recaer sobre esas cosas. La ira de Dios es sencillamente la regla del universo que dice que una persona segará lo que haya sembrado, y que nadie puede evadir las consecuencias de su pecado. La ira de Dios y el orden moral del universo son la misma cosa.

Las cosas que hay que dejar atrás

Pablo dice en el versículo 8 que hay ciertas cosas de las que los colosenses deben despojarse. La palabra que usa quiere decir quitarse la ropa. Aquí tenemos un cuadro de la vida de los cristianos originales. Cuando uno se bautizaba se quitaba la ropa antigua para bajar al agua; y cuando salía otra vez se ponía una túnica blanca nueva. Se despojaba de una clase de vida y asumía otra. En este pasaje habla Pablo de las cosas que el cristiano debe quitarse, y en el versículo 12 continúa la escena hablando de las cosas que el cristiano debe ponerse. Vamos a mirarlas una a una.

El cristiano debe despojarse de la rabia y el genio. Las dos palabras son en el original orgué y thymós, y la diferencia que hay entre ambas es la siguiente. Thymós es una explosión de rabia repentina que se produce de pronto y desaparece de pronto.

Los griegos la comparaban con un fuego de pajas. Orgué es la ira que se ha vuelto inveterada; de larga duración, de lenta consunción, que se niega a ser pacificada y abriga el disgusto para mantenerlo calentito. Para el cristiano, tanto el estallido de rabia como la ira duradera son cosas prohibidas.

Está la malicia. La palabra que traduce es kakía; es difícil de traducir porque quiere decir realmente la crueldad mental de la que brotan los vicios concretos. Es una maldad inclusiva.

Los cristianos deben despojarse de la calumnia y de las expresiones soeces, y no deben mentirse unos a otros. La palabra para calumnia es blasfémía, que la Reina-Valera traduce por blasfemia. Blasfémía es hablar calumniosamente en general; cuando las expresiones insultantes se dirigen contra Dios, es propiamente blasfemia. En este contexto es mucho más probable que lo que se prohíbe es hablar calumniosamente de los semejantes de uno. La palabra que hemos traducido por expresiones soeces es aisjrologuía; puede querer decir lenguaje obsceno. Estas tres últimas cosas prohibidas están relacionadas con el habla.

Y si las ponemos en forma de mandamientos positivos en vez de prohibiciones negativas encontramos tres leyes sobre el habla cristiana.

(i) El habla cristiana debe ser amable. Toda manera de hablar que sea calumniosa y maliciosa está prohibida. Sigue en pie el antiguo consejo que dice que antes de repetir nada sobre cualquier persona nos debemos hacer tres preguntas: « ¿Es verdad? ¿Es necesario? ¿Es amable?» El Nuevo Testamento condena incesantemente la lengua crítica con veneno de verdad.

(ii) El habla cristiana debe ser pura. Puede que no haya habido en el pasado ningún tiempo en que se usara tanto el lenguaje soez como en el nuestro. Y lo trágico es que muchos se han acostumbrado de tal manera a él que ya ni se dan cuenta cuando lo están usando. El cristiano no debe olvidar nunca que tendrá que dar cuenta de cada palabra ociosa.

(iii) El habla cristiana debe ser veraz. El doctor Johnson creía que se dicen muchas más falsedades inconscientemente que deliberadamente; y creía que se debía corregir a un muchacho cuando se desviara lo más mínimo de la verdad. Es fácil tergiversar la verdad; se puede lograr con un cambio en el tono de voz o una mirada elocuente; y hay silencios que pueden ser tan falsos y engañosos como muchas palabras.

El habla cristiana debe ser amable, pura y veraz para con todos y en cualesquiera circunstancias.

La universalidad del cristianismo

Despojaos del viejo yo con todas sus tendencias. Asumid el nuevo yo, que se está renovando continuamente hasta llegar a la plenitud del conocimiento, a semejanza de su Creador. En él no cuenta el ser griego o judío, circunciso o incircunciso, bárbaro o escita, esclavo u hombre libre, porque Cristo es todo en todos. Así que, como escogidos de Dios, consagrados y amados, vestíos con un corazón de piedad, amabilidad, humildad, cortesía, paciencia. Aceptaos unos a otros; y si alguno tiene razones para quejarse de otro, perdonaos mutuamente; como os ha perdonado el Señor, así debéis perdonaros unos a otros.

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