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Colosenses 1: Saludos cristianos

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(ii) La obligación conlleva otra clase de obligación, la de permanecer firmes en la fe y no abandonar nunca la esperanza del Evangelio. La reconciliación demanda que en sol y en sombra› no perdamos nunca la confianza en el amor de Dios. De la maravilla de la reconciliación nacen la fuerza de una lealtad inquebrantable y la luminosidad de una esperanza que no puede defraudar.

El privilegio y la tarea

Ahora me siento feliz de sufrir por vosotros, y en mi carne, por causa de Su Cuerpo, completando lo que falte de las aflicciones de Cristo. Por Su Cuerpo quiero decir la Iglesia, de la que fui hecho siervo de acuerdo con la tarea que Dios me encomendó por amor de vosotros. Esa tarea consiste en dar a conocer la Palabra de Dios en plenitud, el secreto que había permanecido escondido a lo largo de todas las edades y generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a los que están consagrados a Dios; porque Dios quería darles a conocer lo grande que era la .riqueza gloriosa entre los gentiles de este secreto ahora revelado, que es Cristo en vosotros vuestra gloriosa esperanza. Ese es el Cristo que proclamamos, advirtiendo a toda persona y enseñando a toda persona en toda sabiduría, para presentar a toda persona completa en Cristo. Esa es la meta por la que me afano, esforzándome con Su dinámica, que obra poderosamente dentro de mí.

Pablo empieza este pasaje con una idea atrevida. Piensa en los sufrimientos que está soportando como algo que completa los sufrimientos del mismo Jesucristo. Jesús murió para salvar a Su Iglesia; pero la Iglesia tiene que ir edificándose y extendiéndose; ha de mantenerse fuerte y pura e íntegra; por tanto, cualquiera que sirva a la Iglesia ensanchando sus fronteras, estableciendo su fe, guardándola de errores, está haciendo la obra de Cristo. Y si tal servicio implica sufrimiento y sacrificio, esa aflicción está completando y compartiendo los mismos sufrimientos de Cristo. Sufrir en el servicio de Cristo no es un castigo, sino un privilegio, porque es participar de Su obra.

Pablo presenta la esencia misma de la tarea que Dios le ha confiado. Esa tarea consiste en hacer llegar a las personas un nuevo descubrimiento, algo que se había mantenido oculto a lo largo de edades y generaciones y que ahora se ha revelado. Esta era que la gloriosa esperanza del Evangelio no era solamente para los judíos, sino para todos los seres humanos en todas partes.

La gran contribución de Pablo a la fe cristiana fue llevar a Cristo a los gentiles, destruyendo para siempre la idea de que el amor y la misericordia de Dios eran el monopolio exclusivo de un pueblo o de una raza determinados. Por eso es Pablo nuestro patrón de una manera especial, y recibió el título de Apóstol de los gentiles. Si no hubiera sido por él, el Cristianismo no habría pasado de ser un nuevo tipo de judaísmo en el que nosotros y todos los demás gentiles no habríamos tenido parte.

Así es que Pablo presenta su gran proyecto. Es advertir a toda persona, y enseñar a toda persona, y presentar a toda persona completa en Cristo.

Los judíos no estarían de acuerdo en que a Dios Le importaran todas las personas; se habrían negado a reconocer que Dios era también el Dios de los gentiles. Esto les habría parecido increíble, y hasta blasfemo. Los gnósticos no habrían estado de acuerdo en que se podría advertir y enseñar y presentar a toda persona completa a Dios. Creían que el conocimiento necesario para la Salvación era tan complicado y difícil que sería el monopolio de una reducida aristocracia espiritual. E. F. Goodspeed cita un pasaje de Prefacio a la Moral de Walter Lipman: «Hasta ahora no se ha presentado ningún maestro que se considerara suficientemente sabio para enseñar su sabiduría a toda la humanidad. De hecho, los grandes maestros no han intentado nada tan utópico. Se daban perfecta cuenta de lo difícil que es la sabiduría para la mayoría, y han confesado francamente que la vida perfecta era para unos pocos selectos. Es discutible que la idea misma de enseñar la sabiduría más elevada a todas las personas sea una noción de una era humanitaria y románticamente democrática, y que sea totalmente extraña al pensamiento de todos los grandes maestros.» El caso es que siempre se ha estado de acuerdo tácita o abiertamente en que la sabiduría no es para todo el mundo.

El hecho es que lo único que es para todo el mundo es Cristo. No todos los seres humanos pueden ser pensadores. Hay dones que no se le han concedido a todo el mundo. No todos pueden dominar un arte, ni siquiera un juego. Hay algunos que son daltonianos, para quienes las bellezas de la pintura no quieren decir nada. Otros, que no tienen oído para la música, para los que este arte bien podría no existir. No todo el mundo puede ser escritor, o predicador, o cantante de ópera. No se le conceden a todas las personas los grandes amores. Hay dones que una persona no poseerá jamás; hay privilegios que una persona no disfrutará nunca; hay alturas de logros humanos que muchos no podrán escalar; pero a todas las personas se abren las puertas de la buena noticia del Evangelio, del amor de Dios en Jesucristo y el poder transformador que puede traer la santidad a la vida.

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