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Cara pero bella

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Poco a poco la oferta fue subiendo en aquella subasta. Comenzó en mil dólares, y ya iba llegando a veinte mil. El subastador comenzó a sudar; el público comenzó a escuchar con más atención; y los compradores comenzaron a sacar cuentas mentales acerca de sus posibilidades.

El precio siguió subiendo: veinticinco mil, treinta mil, cuarenta mil. El subastador mismo pensó que eso era ya un absurdo. Ni él ni ninguno de los presentes pensaron jamás que el precio subiría a esa increíble cantidad. Pero todavía hubo una oferta más: cuarenta y siete mil dólares. Y el subastador, de Anaheim, California, bajó el martillo: «¡Vendida a Richard Wright en cuarenta y siete mil dólares!»

¿Qué se subastaba? Una muñeca. Una muñeca alemana hecha a mano en 1910. El comprador, famoso coleccionista de muñecas, hizo este breve comentario: «Cara, pero bella.»

Uno de los grandes negocios en el mundo de los ricos es la subasta de antigüedades o curiosidades. En negocios de esa índole, y en esa esfera social, las cosas más inverosímiles pueden alcanzar precios fabulosos. Un botón antiguo, una vela que usó Napoleón, un cinturón que se puso María Antonieta, se venden por centenares de miles de dólares, y compradores hay de sobra para objetos por los que la persona común y corriente no daría ni un centavo.

Esta vez fue una muñeca. Una muñeca que este comprador deseaba mucho. Una muñeca que, si fuera hecha con los procedimientos mecánicos de ahora, valdría un par de dólares. Pero él pagó cuarenta y siete mil. El comentario de Richard Wright, el comprador fue: «Cara, pero bella.»

Es lamentable que muchos hombres también se enamoran de muñecas. Son muñecas de cabello rubio o de pelo castaño, de ojos azules o de ojos negros. Muñecas perfumadas, muñecas exóticas, muñecas enigmáticas, muñecas bien vestidas y adornadas de joyas. Muñecas caras, pero bellas, que pueden costar no sólo una fortuna material, sino la reputación, la honra, el prestigio y la integridad de quien se deja engañar. Esas son muñecas que destruyen matrimonios, y no sólo matrimonios sino el alma misma del hombre.

Debemos aprender a conocer el verdadero valor de las cosas bellas y también saber cuáles son las cosas verdaderamente bellas.

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