Cantares 4: El amado

El amado continúa recorriendo el cuerpo de ella, pero cambia las comparaciones de carácter telúrico, para usar una imagen de corte militar. El cuello de ella es como la torre de David, lo cual habla de su aspecto erguido y real. La belleza de su cuello se ve realzada con los ornamentos que lleva, probablemente una serie de collares de cuentas, que se parecen a los escudos que se colgaban de las torres para darles mayor protección. Los comentarios del amado pasan del cuello a los pechos de su esposa en el versículo 5. Se repite aquí la idea de la simetría (ver versículo 2) al comparar los pechos de ella con dos venaditos, mellizos de gacela. Recuérdese el carácter profundamente erótico de estas expresiones.

En el versículo 6, el amado parece tomar en cuenta el deseo de su esposa, y repite lo que la amada ha dicho en 2:16, 17. La idea del acto amoroso (apacientan entre lirios… hasta que raye el alba y huyan las sombras) surge como consecuencia de que ahora el amado pasa rápidamente de los pechos de su amada a sus genitales. El texto presenta un caso de paralelismo sintético, ya que el monte de la mirra y la colina del incienso parecen ser lo mismo. No se trata de lugares geográficos, porque la mirra y el incienso no son originarios de Palestina. Más bien, estas expresiones se refieren a una parte del cuerpo de la mujer. En este sentido, no puede ser otra cosa que el “Monte de Venus”. De esta manera, con excitación creciente, el amado ha estado describiendo el cuerpo de su esposa desde la cabeza hasta los genitales, perfumado y preparado para el acto amoroso. Al terminar el recorrido sensual, el amado no puede menos que concluir en forma similar a la que abrió su descripción (versículo 7) : ¡Ella es perfecta!

El versículo 8 interrumpe el juego amoroso justo en el momento en que la unión sexual está a punto de consumarse, y abre un paréntesis en la secuencia de lo que ocurre. Según la traducción de la RVA, Salomón estaría pidiéndole a la Sulamita que venga con él desde el Líbano a Jerusalén. Esto es difícil de compatibilizar con los versículos anteriores, que parecen describir la boda en el contexto de la ciudad de Jerusalén. Es probable que la preposición min se traduzca mejor como en, con lo cual el amado estaría aquí invitando a su amada a ir con él al Líbano, a los lugares más tranquilos y deleitosos de la región de donde ella era originaria, para hacer allí el amor. Si el versículo 8 es una continuación de la secuencia amorosa de los versículos anteriores, lo que el amado está haciendo es invitar a su esposa a hacer el amor. Ella es su novia. La palabra sirve para designar a una mujer casada, con énfasis en sus derechos sexuales. No está claro por qué se mencionan los leones y los leopardos.

Después del paréntesis del versículo 8, el amado continúa su descripción de la amada en los versículos 9-15, hasta que por fin los enamorados llegan a la consumación en 4:16-5:1. Da la impresión como que el amante vuelve otra vez a recorrer el cuerpo de la mujer, pero esta vez no para hacer una descripción del mismo, sino para expresar el placer que él encuentra al mirarlo, besarlo y acariciarlo, mientras ella responde activamente al juego amoroso. Es claro que él está muy excitado sexualmente (¡prendiste mi corazón…!). No sólo los ojos seductores de ella lo motivan, sino que una sola cuenta de los collares que ella luce lo llevan al delirio. Ahora él alaba sus caricias amorosas. Para él, esas caricias son dulces y mejores que el vino. Es interesante que él habla del estímulo sexual que ella le prodiga usando las mismas expresiones que ella ha utilizado respecto al estímulo de él. El vino era símbolo de supremo placer. La ternura de este momento de amor queda bien reflejada en la manera cariñosa e íntima con que él la nombra una y otra vez: ¡… oh hermana y novia mía! La expresión no indica una relación incestuosa, sino la comunicación íntima y confiada que nace del hecho de que ella es su esposa, una mujer casada con él, y no una amante fortuita.

Mientras besa la cabeza de su amada, el esposo percibe el aroma que ella despide (versículo 10b). No se trata del olor de los cosméticos y perfumes artificiales que ella usa, sino de la fragancia natural de sus cabellos y de todo su cuerpo. Nuevamente el amante utiliza aquí una alabanza, que ella ya ha hecho de él. Al besar los labios de su esposa, el amado encuentra sus besos tan dulces como la miel. La lengua de él se encuentra con la de ella para paladear juntos tanta dulzura. Una vez más, el esposo pondera la fragancia de su amada, pero en esta ocasión no de su cuerpo sino de sus vestidos. La palabra puede referirse al cubrecamas o las sábanas del lecho matrimonial, o bien a la ropa ligera y perfumada que ella lleva, que le permite lucir sus encantos físicos.

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