Bienestar

En un día de invierno, de esos días fríos y lluviosos, todo estaba en silencio, sólo se oía el silbar del viento y el caer de las gotas una a una en el suelo. Miraba el cielo, mis hermanos estaban junto a la chimenea dentro de la casa; mi madre conseguía algo para darnos de alimento y mi padre no estaba junto a nosotros.

Tenía cinco años en ese tiempo, y hoy que llueve viene a mí como un recuerdo. Ese día especial viene a mi mente. Caía la lluvia en esa casa, que no era más que una pieza adornada de cartones de colores y bolsas de distintos tamaños, tratando de sostener y aguantar la fuerza del viento; el agua caía y se metía por todos los rincones, el piso se deshacía bajo mis pies y los de mis hermanos. Ellos subían a un cajón a mirar por la ventana por si mi madre venía con lo que fuera entre las manos. Al fin llegó, traía en una bolsita unos panes y dos huevos, los que cocinó de inmediato y nos los dio. Estábamos muy contentos porque ya nos encontrábamos todos juntos.

Al llegar la tarde ya no llovía, se reflejaba el sol débil y escaso en la calle donde vivía. A lo lejos se veía gente, no pude contenerme y fui a ver qué era. Había dos camiones y una camioneta con gente bien abrigada y unos paquetes. Me acerqué un poco, había realmente mucha gente rodeándolos, apenas podía ver; me empinaba, me agachaba, me pisaban y empujaban, me alejé retrocediendo poco a poco. De pronto alguien me tomó de la mano muy suave, la miré con susto y sonrió, yo no la conocía, tuve temor, sin embargo, ella se inclinó y algo preguntó; no oí de inmediato pues pensé que no me hablaba a mí.

— ¿Cómo te llamas?

Yo, como niño asustado y avergonzado balbuceé y dije:

— Pedro.

Ella me miraba de arriba abajo y me acarició.

— Ven

Sin soltarme la mano me llevó hasta uno de esos autos, llamó a tres de sus amigas y ésta vez preguntó por mi madre. No supe qué contestar, sabía que estaba en la casa y me puse a curiosear. No quería que la viera, ni a mis hermanos ni mi casa. Eran muy bonitas sus caras y sus ropas tenían lindos y definidos colores, una de ellas me llevó a una de las llaves de agua públicas que había en el pasaje, me quitó mis ropas delgadas, sucias y ya sin color; lavó mis manos, mi cara, pies y algo más, me llevó esta vez en sus brazos hasta el auto. Yo no la quise mirar ni hablar, no sabía qué decir, tampoco qué iba a ser de mí. Tomó una de las bolsas que había en el auto y sacó de entre ellas unas ropas y me las puso, calcetas y zapatos ahora cubrían mis pies, que sin notar que les faltaba algo estaban descalzos; encima de todo me puso una chaqueta bien abrigada y amarró otras dos bolsas con ropa a mi cintura y me dijo:

— Ve a casa y lleva esto a tu madre.

Caminando medio confuso, miraba hacia atrás a esa gente que regalaba cosas a mis vecinos, llegué a mi casa, entré corriendo, gritando de alegría, avisé a mamá que Dios estaba regalando cosas, que las fuera a buscar. Me miró con cara de pena al verme llegar; sería por verme hermoso con lo que ella nunca me pudo dar.

Salió medio desorientada por la puerta que no alcanzó a cerrar, al rato volvió con comida, leche, frazadas, zapatos para mis hermanos y otras ropas de abrigo para pasar aquel frío invierno. Mamá ya no lloraba, sonreía y nos acariciaba. Fue toda una semana de sol, sería por aquellos ángeles que llegaron a calmar la pena de mi gente y mis vecinos, de ver el cielo y el suelo deshacerse bajo sus pies ahora ya abrigados.

Pasaron los años, hoy tengo veinte, es una tarde de junio y llueve, veo en las noticias las desgracias que causa el mal tiempo y declararon la Capital en zona de desastre; ya no vivo en donde pasé mi infancia, ni mis hermanos ni mi madre. Hoy, con un grupo de amigos vamos como voluntarios a una capilla para ayudar a la gente que se les ha inundado la casa; varios vehículos salen y sin saber el destino de cada cual, me subo a uno de ellos con las donaciones de la vecindad. Cuál fue mi sorpresa al bajar y ver esas llaves de agua públicas, que se encuentran aún en el mismo lugar donde fui lavado. Era mi pueblo, mi gente, mi antigua vecindad, a la que debía ayudar y entregar un momento de alegría para que lo pasaran bien.

A lo lejos, veo un niño descalzo viniendo hacia mí y me veo en él, acercándose con la misma curiosidad que viví hace quince años. Con qué poco y cuánto bien se hace. Cuando vemos situaciones más precarias que las nuestras, donemos un mucho de lo poco que tenemos, de lo que Dios nos ha dado, no esperemos desastres para dar, tal vez cerca de nosotros encontremos alguien que nos necesita.

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