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Apocalipsis 3: La carta a Sardes

(i) Él es el Amén. Este es un título extraño que puede que se remonte a dos principios.

(a) En el Cuarto Evangelio, las afirmaciones de Jesús empiezan a menudo por «De cierto de cierto os digo» (por ejemplo, Juan 1:51; 3:3,5,11). En griego dice Amén. Es posible que cuando se llama a Jesucristo el Amén sea una reminiscencia de Su manera de hablar. El sentido sería el mismo: Jesús es Aquel Cuyas promesas son dignas de todo crédito.

(b) En Isaías 65:16, se llama a Dios el Dios de la verdad, que en hebreo es el Dios de Amén. Amén es la palabra que se pone corrientemente al final de una declaración solemne para garantizar su verdad. Si Dios es el Dios de Amén, es absolutamente digno de toda credibilidad. Esto querría decir que Jesucristo es Aquel Cuyas promesas son fieles y verdaderas y fuera de toda duda.

(ii) Él es el Testigo Que es digno de toda confianza y veraz a toda prueba. Trench señala que un testigo debe cumplir tres condiciones esenciales. (a) Debe haber visto con sus propios ojos lo que atestigua. (b) Debe ser absolutamente honesto, y reproducir con exactitud lo que ha oído o visto. (c) Debe tener la habilidad de decir lo que tiene que decir para que su testimonio produzca la impresión verdadera en los que lo oyen. Jesucristo cumple plenamente esos requisitos: puede hablarnos de Dios, porque procede de Él; podemos creer lo que nos dice, porque es el Amén, y sabe comunicar Su Mensaje, porque jamás hombre alguno habló como Él.

(iii) Como lo pone la versión Reina-Valera, Él es el Principio de la Creación de Dios. Esta frase es un poco ambigua, porque podría querer decir, o que Jesús fue la primera persona que fue creada, o que empezó el proceso de la creación, como lo pone Trench, «el principio dinámico.» Es el segundo sentido el que se pretende aquí. La palabra para principio es arjé. En los primeros escritos cristianos leemos que Satanás es el arjé de la muerte; es decir: la muerte tiene su origen en él; y que Dios es el arjé de todas las cosas; es decir: que todas las cosas tienen en Él su origen.

La conexión de la Creación con el Hijo se establece a menudo en el Nuevo Testamento. Juan empieza su evangelio diciendo de la Palabra: «Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y prescindiendo de Él no fue hecho nada de lo que fue hecho» (Juan 1:3). « En Él dice Pablo- fueron creadas todas las cosas» (Colosenses 1:15,18). La insistencia con que se afirma el papel esencial del Hijo en la Creación era debida al hecho de que los herejes enseñaban que el pecado y la enfermedad se debían a que el mundo había sido creado por un dios falso e inferior. El Cristianismo insiste en que este mundo es la creación de Dios, y que el pecado y el sufrimiento no existen por culpa de Dios, sino que los causó la desobediencia humana. Como lo vemos los cristianos, el Dios de la Creación y el Dios de la Redención son uno y el mismo.

Laodicea, ni una cosa ni otra

La condenación de Laodicea empieza con un cuadro de gran crudeza: como los laodicenses no son ni fríos ni calientes tienen esa cualidad nauseabunda que hará que el Cristo Resucitado acabe por vomitarlos de Su boca. Conviene fijarse en el sentido exacto de las palabras. Frío es psyjrós, que puede llegar hasta la congelación. Eclesiástico (43:20) habla del viento frío del Norte que hiela la superficie de las aguas. Caliente es zestós, que llega hasta la ebullición. Tibio es jliarós. Las cosas tibias producen náuseas a menudo. Los alimentos fríos o calientes pueden ser apetitosos; pero la comida tibia a menudo revuelve el estómago. Justamente enfrente de Laodicea, al otro lado del Lico y a la vista, estaba Hierápolis, famosa por sus fuentes minerales calientes. Muchas veces las fuentes minerales calientes son nauseabundas al gusto y hacen que a la persona que las beba le den ganas de vomitar. Ese era el efecto que Le producía la iglesia de Laodicea al Cristo Resucitado. Aquí hay algo que hace pensar.

(i) La única actitud que condena irremisiblemente el Cristo Resucitado es la indiferencia. Se ha dicho que un autor puede escribir una buena biografía si ama u odia a su personaje, pero no si le es indiferente. De todas las actitudes, la más difícil de combatir es la indiferencia. El problema del evangelismo moderno no es la hostilidad al Cristianismo; mejor sería que lo fuera. El problema está en que el Cristianismo y la Iglesia han dejado de ser relevantes para tantos, y se los mira con una indiferencia total, que solo puede penetrar la demostración de que el Evangelio es un poder capaz de hacer que la vida valga la pena, y una gracia capaz de hacerla hermosa.

(ii) La única actitud que no se puede adoptar frente al Cristianismo es la neutralidad. Jesucristo obra por medio de personas; y la persona que permanezca totalmente inafectada en su actitud frente a Él se ha negado por ello a emprender la labor que Dios tiene para ella. El que no se somete a Cristo no ha hecho más que resistírsele.

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