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Apocalipsis 21: La nueva creación

Pastor Lionel

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Aquí hay que notar dos cosas.

(i) Hay doce puertas. Seguramente esto representa la catolicidad de la Iglesia. Una persona puede llegar al Reino de muchas maneras, porque «hay tantos caminos para llegar a las estrellas como personas dispuestas a escalarlos.»

(ii) Las puertas tienen los nombres de las doce tribus. Seguramente esto representa la continuidad de la Iglesia. El Dios Que Se reveló a los patriarcas es el mismo Dios Que también, de una manera mucho más completa, Se reveló en Jesucristo; el Dios del Antiguo Testamento es el Dios del Nuevo Testamento.

Las puertas de la ciudad

Hay tres puertas en cada uno de los cuatro lados de la Ciudad de Dios. Por lo menos parte de esa visión está en armonía con la de Ezequiel (Ezequiel 48:30-35). No sabemos lo que Juan se proponía simbolizar mediante este arreglo además de la catolicidad de la Iglesia. Hay una interpretación simbólica que no es probable que estuviera en su mente, pero que no es menos hermosa y consoladora.

Hay tres puertas que dan al Este, por donde sale el sol y empieza el día. Estas puertas podrían representar el acceso a la Ciudad Santa por el que llegan los que encuentran a Cristo en la alegre mañana de sus días.

Hay tres puertas que dan al Sur, que es la tierra cálida de viento suave y clima agradable. Estas puertas podrían representar el acceso a la Santa Ciudad por el que llegan los que encuentran a Cristo por medio de las emociones, cuyo amor se desborda a la vista de la Cruz.

Hay tres puertas que dan al Norte, la tierra del frío y del hielo. Estas puertas podrían representar el acceso a la Santa Ciudad de los que vienen al Evangelio por medio de la mente más bien que por el corazón.

Hay tres puertas que dan al Oeste, donde muere el día y se pone el sol. Estas puertas podrían representar el camino a la Santa Ciudad por el que llegan los que vienen a Cristo al atardecer de sus días.

La medición de la ciudad

Esta escena tiene un antecedente en Ezequiel 40:3.

(i) Debemos fijarnos en la forma de la ciudad. Era bastante corriente que las ciudades se edificaran en cuadrado; tanto Babilonia como Nínive eran así. Pero la Santa Ciudad no era simplemente cuadrada: era perfectamente cúbica: su longitud, su anchura y su altura eran iguales. Esto es significativo. El cubo es el símbolo de la perfección. Tanto Platón como Aristóteles se refieren al hecho de que en Grecia se decía que el hombre era «cúbico» (Platón, Protágoras 339 B; Aristóteles, Ética a Nicómaco 1.10.11; Retórica 3.11).

Lo mismo se daba entre los judíos. El altar de los holocaustos, el del incienso y el pectoral del sumo sacerdote tenían la forma de un cubo (Éxodo 27:1; 30:2; 28:16). Una y otra vez aparece esta forma en las visiones de la nueva Jerusalén y de su nuevo templo de Ezequiel (Ezequiel 41:21; 43:16; 45:2; 48:20). Pero, más importante aún: en el templo de Salomón, el Lugar Santísimo era un cubo perfecto (1 Reyes 6:20).

No deja lugar a dudas el simbolismo que se propone Juan. Trata de hacernos comprender que la totalidad de la Santa Ciudad es el Lugar Santísimo, la morada de Dios.

(ii) Debemos fijarnos en las dimensiones de la ciudad. Cada lado de la ciudad tiene doce mil estadios. Un estadio equivale a 180 metros; por tanto, cada lado tenía 2,160 kilómetros, el área de la ciudad era de 4,665,600 kilómetros cuadrados, y el volumen total de la ciudad era de 279,936,000 kilómetros cúbicos. La Jerusalén re-creada de los sueños rabínicos era ya bastante grande. Se decía que llegaría hasta Damasco y cubriría la totalidad de Palestina. Paro una ciudad como la Santa Ciudad llegaría casi desde Londres a Nueva York, y tendría aproximadamente la extensión del océano Atlántico Norte. No cabe duda que se nos quiere hacer ver que en la Santa Ciudad cabemos todos. Qué contraste con la tendencia humana a poner límites a las iglesias, a excluir a los que no creen o administran de la misma manera.

Es bastante sorprendente que las cosas son diferentes cuando se trata de la muralla. Tiene una altura de 144 codos, es decir, 64› 80 metros, una altura muy considerable, pero no astronómica. La muralla de Babilonia tenía una altura de 90 metros, y los muros del Pórtico de Salomón del templo de Herodes, de 54 metros. No hay comparación entre la altura de la muralla y el tamaño de la ciudad. De nuevo encontramos aquí un simbolismo interesante. La muralla no puede ser para la defensa, porque todos los seres hostiles, humanos y espirituales, han desaparecido o han sido arrojados al lago de fuego. Lo único que se pretende de la muralla es que delimite el área de la ciudad; y el hecho de que sea relativamente baja muestra que la delimitación tiene una importancia relativa. Dios está mucho más interesado en incluir a más personas que en excluirlas. Y así debe ser Su Iglesia.

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