Apocalipsis 12: La mujer y la bestia

Como decía Charles Wesley: Me infunde fuerza en mi debilidad para vencer la ruda tentación; de indecibles angustias y ansiedad me saca a libertad de la prisión; en muerte y sombras me da vida y luz el poder de la sangre de Tu Cruz.

(c) Los mártires son vencedores porque han vivido el gran principio del Evangelio: No consideraron que la vida les era más preciosa que la fidelidad. «El que ama su vida, la pierde; y el que menosprecia su vida de este mundo la conservará por toda eternidad» (Juan 12:25). Este principio se extiende por todo el Evangelio (Mateo 10:39; 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33). Para muchos de nosotros esto no quiere decir literalmente morir por nuestra fe, pero sí poner nuestra lealtad a Cristo por encima de la vida fácil y cómoda.

(iii) Este pasaje finaliza con la idea de que Satanás es arrojado del Cielo y ha caído en la Tierra. Su poder en el Cielo ha sido quebrantado, pero todavía tiene poder en la Tierra; y ruge feroz, porque sabe que no le queda más que un breve tiempo en la Tierra antes de ser totalmente destruido.

El ataque del dragón

El dragón, es decir, el Diablo, al ser arrojado del Cielo y bajar a la Tierra, atacó a la mujer que era la madre del Niño varón. Ya hemos visto que la mujer representa a la Iglesia en su sentido más amplio de Pueblo Escogido de Dios de en medio del cual vino el Ungido de Dios.

Así es que aquí hay un cierto simbolismo. El dragón puede dañar al Niño dañando a la madre; es decir, que el perjudicar a la Iglesia es perjudicar a Jesucristo. El Cristo Resucitado le dijo a Pablo en la carretera de Damasco: « ¡Saulo, Saulo! ¿Por qué Me persigues?» (Hechos 9:4). Pablo había dirigido su persecución contra la Iglesia; pero el Cristo Resucitado dejó bien claro que perseguir a Su Iglesia es perseguirle a El. Cuando despojamos a la Iglesia de la ayuda que podíamos prestarle, despojamos a Jesús de la ayuda que podíamos prestarle; y cuando servimos a la Iglesia, servimos al mismo Jesucristo.

Ya hemos visto (versículo 6) que la huida de la mujer al desierto se refiere a la huida de la Iglesia a Pella, al otro lado del Jordán, antes de la destrucción final de Jerusalén. Pero en la huida de la mujer y en el ataque del dragón Juan usa dos figuras muy familiares para los que conocieran el Antiguo Testamento.

La mujer escapó sobre las dos alas de la gran águila. Una y otra vez en el Antiguo Testamento las alas del águila son el símbolo de los brazos sustentadores de Dios. «Habéis visto -le dijo Dios a Israel- lo que hice con los egipcios, y cómo os llevé sobre alas de águilas, y os traje hasta Mí» (Éxodo 19:4). «Como el águila que alborota su nidada, revoloteando por encimó de sus polluelos, extiende las alas, tomándolos, cargándolos sobre sus plumas, el Señor fue el único que los guió (al pueblo de Israel)» (Deuteronomio 32:11s). O, como una paráfrasis escocesa interpreta Isaías 40:31: « Sobre alas de águila se elevan, se remontan -, sus alas son fe y amor, -hasta que superadas las regiones nebulosas de abajo – se elevan más allá, hasta alcanzar el Cielo.»

Vale la pena notar que, puestos a alegorizar la Escritura, Hipólito vio en las alas del águila el símbolo de «los dos brazos santos de Cristo extendidos sobre la Cruz.»

La segunda figura es la de las riadas que lanzó la serpiente. Ya hemos visto que el viejo dragón del caos era un dragón marino; y, por tanto, el conectar con él las inundaciones era perfectamente natural. Pero también aquí tenemos una imagen del Antiguo Testamento. Una y otra vez en él se comparan la tribulación y la persecución con aluviones incontenibles. «Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí» (Salmo 42:7). Y Dios le prometió al salmista que « en la inundación de muchas aguas no llegarán estas a él» (Salmo 32:6). Si el Señor no le hubiera ayudado, las aguas le habrían anegado y las corrientes impetuosas – habrían pasado sobre su alma (Salmo 124:4s). Cuando el fiel pase por las aguas, Dios mismo estará con él (Isaías 43:2).

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