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Campo del amor fraterno

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Un padre dejó como herencia a sus hijos un campo de trigo. Los dos hermanos se dividieron el campo en partes iguales. Uno era rico y soltero, el otro pobre y con una familia numerosa.

Una vez, cuando era tiempo de la cosecha, el hermano rico no podía conciliar el sueño, pues decía: «Yo soy rico, ¿qué necesidad tengo de todas esas gavillas? Mi hermano es pobre y necesita mucho trigo para su familia».

Se levantó de la cama, fue a su parte del campo, tomó una buena cantidad de gavillas y las llevó al campo de su hermano.

Esa misma noche, su hermano pensaba: «Mi hermano no tiene esposa ni hijos. Lo único que le consuela es su riqueza. Tengo que ayudarlo a ser más rico».

Dejó su cama, fue a su parte del campo y llevó una buena cantidad de gavillas al campo de su hermano.

A la mañana siguiente, ambos fueron a ver su campo y se sorprendieron al ver que el grano no había disminuido en absoluto.

Las noches siguientes hicieron lo mismo. Cada uno llevaba su grano al campo del otro. Y cada mañana descubrían que el grano seguía igual.

Pero una noche los dos hermanos se encontraron en el límite de los dos campos, cada uno con los brazos cargados de trigo. Se dieron cuenta entre risas de lo que estaba pasando y se abrazaron:

Entonces oyeron una voz del cielo: «Este lugar, en donde se ha manifestado tanto amor fraterno, merece ser elegido para que en él se edifique mi templo: el templo del amor fraterno».

Y, efectivamente, el rey Salomón eligió ese lugar para levantar el templo».

Dentro de la familia encontramos ante todo relaciones de amor que nos comprometen en la búsqueda de un bien común a todos sus miembros, gracias a esta comunidad de vida y de amor -como algunos la definen-, aprendemos lo que es la solidaridad, la colaboración, la justicia, la generosidad, a dialogar, y el apoyo subsidiario al miembro de la familia más débil o necesitado en un momento dado. Estas mismas virtudes, o habilidades sociales, como se les llama actualmente, son las que después se practican en la sociedad.

El amor fraterno, amor entre hermanos, es quizá el vínculo más fuerte que sostiene a la sociedad. Si reconocemos que el linaje humano tiene un ancestro común -llámese Adán y Eva o como se les quiera llamar-, y en última instancia un origen común como «hijos de Dios» entonces podemos decir que todos los hombres y mujeres de la actualidad tenemos una relación fraterna lejana pero no por eso menos comprometedora al preocuparnos unos por el bien de los otros.

En el caso de la anécdota, hay un hermano rico en bienes materiales, pero sin familia, y otro pobre, materialmente hablando, pero con una familia en la que recibe la riqueza del amor. Yen ambos casos el pensamiento es el mismo «Voy a buscar la manera de que mi hermano sea feliz aún en medio de sus carencias». Y si bien nos queda claro que a un padre con familia numerosa y pobre no le viene mal la ayuda de su hermano -amigo, prójimo, vecino… – con dinero, con una oportunidad de trabajo, con una beca de estudio para sus hijos, con una despensa, con un salario justo, con prestaciones sociales…; lo que al parecer no queda muy claro es cómo el hermano rico necesita más riqueza, «que es su único consuelo»; quizá el sentido de este cuento es que las personas con riquezas materiales muchas veces son pobres en otro tipo de bienes, por ejemplo de amigos, de tiempo para estar con sus hijos y esposa en vez de haciendo dinero, de alguien que les ayude a orientar a sus hijos que al crecer en la abundancia material valoran poco el esfuerzo, de personas que los aconsejen para que sus decisiones en el mundo del dinero en que se mueven sean más humanas y dignas, de alguien que le hable de Dios y de esas otras realidades que se escapan del mundo material porque son tan y tan pobres que lo único que tienen son riquezas.

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