Apocalipsis 5: El libro de Dios acerca del destino

Y vi un ángel poderoso que proclamaba a gran voz: -¿Quién es capaz de abrir el rollo y de desatar los sellos? Y no había nadie en el Cielo ni en la Tierra ni debajo de la Tierra que pudiera abrir el rollo, ni siquiera mirarlo; y yo lloraba amargamente, porque no se encontraba a nadie que fuera capaz de abrir el rollo ni de verlo.

Cuando Juan estaba mirando a Dios con el rollo en la mano se presentó un ángel imponente para lanzar un gran desafío. Un ángel poderoso aparece otra vez en 10:1 y en 18:21. En este caso el ángel tenía que ser extraordinario para que el desafío de su voz llegara hasta los últimos confines del universo. Citaba a que se presentara para abrir el libro a cualquiera que fuera capaz de acometer la empresa.

No cabe duda de que el contenido del libro era lo que había de suceder en los últimos tiempos. Que existía tal libro era firme creencia entre los judíos. Se encuentra corrientemente en el Libro de Henoc. El arcángel Uriel le dice a Henoc en los lugares celestiales: «¡Oh Henoc, observa la escritura de las tablas celestiales y lee lo que hay escrito en ellas y marca cada hecho individual!» Y Henoc prosigue: « Y yo observé todo lo que había en las tablas celestiales, y leí todo lo que había escrito en ellas, y lo comprendí todo, y leí el libro de todas las acciones de los humanos y de todas las criaturas que habrá sobre la tierra hasta las últimas generaciones» (1 Henoc 81:1 s). En el mismo Libro de Henoc se cuenta que Henoc tuvo una visión de la Cabeza de los Días en Su trono glorioso, «y los libros de los vivientes se abrieron en Su presencia» (1 Henoc 47:3).

Henoc afirma conocer el misterio de los santos, porque « el Señor me mostró y me informó, y he leído las tablas celestiales» (1 Henoc 106:19). En esas tablas vio la historia de las generaciones todavía por venir (1 Henoc 107:1). La idea es que Dios tiene un libro en el que ya está escrita la historia del tiempo por venir.

Cuando estemos tratando de interpretar esta idea será conveniente tener presente que se nos presenta como una visión y en forma poética. Sería cometer una grave equivocación el tomarla demasiado literalmente. No quiere decir que todo «esté escrito» de antemano, y que nos encontremos en las garras de un fatalismo inevitable. Lo que sí quiere decir es que Dios tiene un plan para el universo, y que el propósito de Dios no fracasará.

Nadie se presentó al desafío del ángel; no había nadie que fuera capaz de abrir el rollo, por lo que Juan se echó a llorar amargamente. Había dos razones para sus lágrimas.

(i) En 4:1, la Voz le había hecho una promesa: «Yo te mostraré lo que ha de tener lugar desde ahora en adelante.» Parecía como si la promesa se hubiera frustrado.

(ii) Pero había una razón aún más profunda para su tristeza. Le parecía que no había nadie en todo el universo a quien Dios pudiera revelar Sus secretos. Esto, sin duda, era terrible. Hacía mucho que había dicho Amós: «No hará nada el Señor Dios sin revelarles Su secreto a Sus siervos los profetas» (Amós 3: 7). Pero aquí el mundo estaba tan lejos de Dios que no había nadie capaz de recibir Su mensaje.

Para Juan, aquel problema se resolvería triunfalmente con la llegada del Cordero. Pero detrás de este problema hay una verdad imponente y desafiante: Dios no puede comunicarle a la humanidad Su mensaje a menos que haya una persona que sea apta para recibirlo. Aquí tenemos la quintaesencia del problema de la comunicación. Es el problema de todo maestro: no puede enseñar nada que los alumnos no estén capacitados para recibir. Es también el problema del predicador: no puede comunicar un mensaje a una congregación que no esté dispuesta a asumirlo. Es el eterno problema del amor: no puede decir sus verdades ni dar sus dones a los que no sean capaces de escuchar y de recibir. Lo que necesita el mundo son hombres y mujeres que se mantengan sensibles a Dios. Él tiene un mensaje para el mundo en cada generación; pero ese mensaje no se puede dar hasta que se encuentre la persona capaz de recibirlo. Y día a día, o nos capacitamos o nos incapacitamos para recibir el mensaje de Dios.

El león de Judá y la raíz de David

Entonces me dijo uno de los ancianos: Deja de llorar. Mira: el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha obtenido tal victoria que está capacitado para abrir el libro y sus siete sellos.

Nos acercamos ahora a uno de los momentos más impresionantes del Apocalipsis: la entrada del Cordero en el centro de la escena celestial. Ciertas cosas conducen a este clímax.

Juan había estado llorando porque no había nadie a quien Dios pudiera revelar Sus secretos. Entonces se acerca a Juan uno de los ancianos, en función de mensajero de Cristo, y le dice: « No llores.» Estas palabras salieron en más de una ocasión de los labios de Jesús en los días de Su carne. Fueron las que le dirigió a la viuda de Naín que estaba llorando la muerte de su hijo único (Lucas 7:13); y a Jairo y su familia cuando estaban haciendo duelo por su hijita única (Lucas 8:52). La voz consoladora de Jesús nos sigue hablando desde los lugares celestiales.

Swete hace aquí un buen comentario. Juan estaba llorando, y sin embargo sus lágrimas eran innecesarias. El dolor humano muchas veces brota de un conocimiento insuficiente. Si fuéramos pacientes y confiados, veríamos que Dios tiene Sus propias soluciones para las situaciones que nos producen lágrimas.

El anciano le dice a Juan que Jesucristo ha obtenido tal victoria que está capacitado para abrir el libro y desatar sus sellos. Eso quiere decir tres cosas. Quiere decir que por Su victoria sobre la muerte y todos los poderes del mal, y por Su completa obediencia a la voluntad de Dios está capacitado para conocer los secretos de Dios; está capacitado para revelar los secretos de Dios; y tiene el privilegio y la misión de controlar las cosas que han de ser. Por lo qué Jesús hizo, es el Señor de la Verdad y de la Historia. Se Le aplican dos grandes títulos.

(i) Jesús es el León de la tribu de Judá. Este título se remonta a la bendición que dio Jacob antes de morir a sus hijos. En esa bendición llama a Judá «cachorro de león» (Génesis 49:9). Si el mismo Judá era un cachorro de león, es apropiado llamar al supremo miembro de su tribu El León de Judá. En los libros que se escribieron en el período intertestamentario, este llegó a usarse como un título mesiánico. 2 Esdras habla de la figura de un león, y dice: «Este es el Ungido, es decir, el Mesías» (2 Esdras 12:31). La fuerza del león y su indiscutible posición como rey de los animales le hacía ser el emblema apropiado del todopoderoso Mesías Que esperaban los. judíos.

(ii) Jesús es la Raíz de David. Este título se remonta a la profecía de Isaías de que saldría un vástago del tocón de Isaí, y una raíz de Isaí sería una enseña para el pueblo (Isaías 11:1,10). Isaí fue el padre de David, lo que quiere decir que Jesucristo fue el Hijo de David, el Mesías prometido.

Así es que aquí tenemos dos grandes títulos que son típicamente judíos. Tienen su origen en los anuncios del Mesías por venir; y establecen que Jesucristo realizó victoriosamente la labor del Mesías y está, por tanto, capacitado para conocer y revelar los secretos de Dios, y para presidir la realización de Sus propósitos en los acontecimientos de la Historia.

El cordero

Y vi a un Cordero que estaba de pie entre el trono y los cuatro seres vivientes y los ancianos. Todavía tenía las señales de haber sido sacrificado. Tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios enviados por toda la Tierra.

Este es el momento supremo de la visión: la presentación del Cordero en la escena del Cielo. La escena se puede tomar de dos maneras: o consideramos que los cuatro seres vivientes formaban un círculo alrededor del trono y los veinticuatro ancianos formaban un círculo más amplio, con el Cordero de pie entre los dos círculos; o, lo que es mucho más probable, que el Cordero estaba en el centro de todo el escenario.

El Cordero es una de las grandes ideas características del Apocalipsis, que llama así a Jesucristo no menos de veintinueve veces. La palabra que usa para cordero no se usa en ningún otro libro del Nuevo Testamento con referencia a Jesucristo. Juan el Bautista Le señaló como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29,36). Pedro habla de la sangre preciosa de Cristo como la de un Cordero sin mancha ni contaminación (1 Pedro 1:19). En Isaías 53:7, el capítulo tan querido para Jesús y para la Iglesia primitiva, leemos de un Cordero llevado al matadero. Pero en todos estos casos se usa la palabra amnós, mientras que la que usa Apocalipsis es arníon; esta última aparece en Jeremías 11:19: «Yo era como un cordero inocente que llevan a degollar.» A1 usar arníon, y tan frecuentemente, Juan quiere que veamos que es una nueva concepción la que aporta a la humanidad.

(i) El Cordero tiene todavía las señales de haber sido sacrificado. Ahí tenemos la imagen del sacrificio de Cristo, todavía visible en los lugares celestiales, donde Jesucristo es el Que nos amó y Se entregó a Sí mismo por nosotros.

(ii) Esto tiene otra lado. Este mismo Cordero, todavía con las señales de haber sido sacrificado, es el Cordero de los siete cuernos y los siete ojos.

(a) Los siete cuernos representan la omnipotencia. En el Antiguo Testamento el cuerno simboliza dos cosas. Primero, representa poder. En la bendición de Moisés, los cuernos de José son como los de un búfalo, con los que acorneará a todos los pueblos hasta los confines de la tierra Deuteronomio 33:17). El profeta Sedequías se hizo cuernos de hierro para anunciar la victoria sobre los sirios (1 Reyes 22: Il ). Se advierte a los malvados que no levanten el cuerno (Salmo 75:4, R-V antigua). Zacarías ve en visión los cuatro cuernos que representan las naciones que han diseminado a Israel (Zacarías 1:18).

Segundo, representa honor. El salmista expresa su confianza en que Dios en Su buena voluntad ensalzará nuestro cuerno (Salmo 89:17, R-V antigua). El cuerno del bueno será ensalzado en gloria (Salmo 112:9, R-V antigua). Dios ensalzó el cuerno de Su pueblo (Salmo 148:14, R-V antigua).

Debemos añadir aún otro matiz a esta pintura. En los tiempos intertestamentarios, los grandes héroes de Israel fueron los Macabeos; grandes guerreros que libraron a Israel del dominio de los paganos; y se los representa como cornudos carneros (1 Henoc 90:9).

Aquí tenemos una gran paradoja: el Cordero lleva las heridas sacrificiales; pero al mismo tiempo está revestido del poder del mismo Dios para desbaratar a Sus enemigos.El Cordero tenía siete cuernos; el número siete representa la perfección; el poder del Cordero es perfecto más allá de toda resistencia.

(b) El Cordero tiene siete ojos, que representan a los Espíritus de Dios enviados por toda la Tierra. El antecedente se encuentra en Zacarías, donde el profeta ve las siete lámparas que son « los ojos del Señor, que recorren toda la Tierra» (Zacarías 4:2,10). Es una figura misteriosa, pero está claro que representa la omnipotencia de Dios. De forma casi inquietante dice que no hay lugar de la Tierra que esté oculto a la mirada de Dios.

Aquí tenemos una presentación impresionante de Cristo como el cumplimiento de todas las esperanzas y los sueños de Israel, porque es el León de la tribu de Judá y la Raíz de David; es el único Cuyo sacrificio se aplica a toda la humanidad, porque sigue llevando sus marcas en los lugares celestiales. Pero la tragedia se convirtió en victoria, y la vergüenza en gloria; y Él es el único Cuyo poder todoconquistador es irresistible, y Cuya mirada escrutadora es inescapable.

Pocos pasajes de la Sagrada Escritura muestran tan bien al mismo tiempo lo que llama Swete « la majestad y la mansedumbre» de Jesucristo, y combinan en el mismo cuadro la humillación de Su muerte y la gloria de Su Resurrección.

Música en el cielo

Y el Cordero Se dirigió al Que estaba sentado en el trono para recibir el rollo que tenía en Su mano derecha. Y cuando lo recibió, los cuatro seres vivientes se postraron delante del Cordero, y lo mismo hicieron los veinticuatro ancianos, cada uno de los cuales tenía un arpa y una copa de oro llena de incienso, que son las oraciones de los que están consagrados a Dios. Y cantaron un cántico nuevo que era como sigue: -¡Tú mereces tomar el rollo y abrir sus sellos, porque fuiste inmolado, y así, al precio de Tu sangre vital, nos compraste para Dios de toda tribu y lengua y pueblo y raza, y nos hiciste un Reino de sacerdotes para nuestro Dios que reinaremos sobre la Herra! Y cuando estaba mirando oí la voz de muchos ángeles que estaban formando un círculo alrededor del trono y de los seres vivientes y de los ancianos; y su número era miríadas de miríadas y millones de millones, y cantaban a una voz: -¡El Cordero Que ha sido inmolado merece recibir el poder y la riqueza y la sabiduría y la fuerza y el honor y la gloria y la bendición! Y oí decir a todas las criaturas de la creación que estaban en el Cielo y sobre la Tierra y debajo de la Tierra y en el mar y todas las cosas que hay en ellos: -¡La bendición y el honor y la gloria y el dominio sean para siempre jamás para el Que está sentado en el trono y para el Cordero! Y los cuatro seres vivientes decían: « ¡Amén!» Y los ancianos se postraron y adoraron.

Es necesario leer este pasaje en conjunto antes de empezar a estudiarlo en detalle. R. H. Charles cita a Christina Rossetti: «El Cielo se le revela a la Tierra como la patria de la música.» Aquí tenemos el más impresionante coro de alabanza que escuchará jamás el universo. Llega en tres oleadas. Primero está la alabanza de los cuatro seres vivientes y de los veinticuatro ancianos. Aquí vemos a la Naturaleza y a la Iglesia unidas en la alabanza del Cordero. Luego se produce la alabanza de las miríadas de ángeles. Aquí tenemos a todos los habitantes del Cielo elevando sus voces en alabanza. Y después, Juan ve a toda la creación, en todo el universo, desde su más profunda sima hasta su más remoto confín, cantando alabanzas.

Aquí vemos que el Cielo y la Tierra y todo lo que hay en ellos está diseñado para alabar a Jesucristo; y se nos otorga el privilegio de unir nuestras voces y vidas a este coro de alabanza, que estará incompleto mientras falte en él una sola voz.

Las oraciones de los santos

La primera sección del coro de alabanza es el himno de los cuatro seres vivientes y de los veinticuatro ancianos; que, como ya hemos visto, representan respectivamente todo lo que hay en la Naturaleza y en la Iglesia universal.

La figura de los ancianos es interesante. Tienen arpas. El arpa era el instrumento tradicional para cantar los salmos. «Aclamad al Señor con arpa,» dice el salmista (Salmo 33:2). «Cantad salmos al Señor con arpa; con arpa y voz de cántico» (Salmo 98:5). «Cantad al Señor con alabanza, cantad con arpa a nuestro Dios» (Salmo 147:7). El arpa representa la música de alabanza tal como la conocían los judíos.

Los ancianos tenían también copas de oro llenas de incienso; y el incienso representa las oraciones de los que están consagrados a Dios. El comparar las oraciones con el incienso procede también de los Salmos. «Suba mi oración delante de Ti como el incienso, el don de mis manos como la ofrenda de la tarde» (Salmo 141:2). Pero lo más significativo es la idea de los intermediarios en la oración. En la literatura judía posterior, esta idea de los intermediarios celestiales que Le presentan a Dios las oraciones de los fieles es muy corriente. En el Testamento de Dan 6:2 leemos: « Acercaos a Dios y al ángel que intercede por vosotros, porque él es el mediador entre Dios y el hombre.»

El principal de todos ellos es el arcángel Miguel, « el piadoso y paciente» (1 Henoc 40:9). Se dice que desciende diariamente al quinto cielo para recibir las oraciones de las personas y presentárselas a Dios (3 Baruc 11). En Tobías es el arcángel Rafael el que presenta a Dios las oraciones humanas: «Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles santos, que presento las oraciones de los santos, y que entro y salgo ante la gloria del Santo Dios» (Tobías 12:15). Es Gabriel el que le dice a Henoc: «Te juro que en el Cielo los ángeles te tienen presente delante de la gloria del Grande» (1 Henoc 104:1). Algunas veces son los ángeles guardianes los que Le presentan a Dios las oraciones de los hombres; y se dice que a ciertas horas cada día se abren las puertas para recibir las oraciones (Apocalipsis de Pablo 7:1). Algunas veces todos los ángeles -o, como se los llama en Henoc, Los Vigilantes- están ocupados en su tarea. Es a «los Santos del Cielo» a los que las almas humanas presentan sus quejas clamando por justicia (1 Henoc 9:3). Los Vigilantes tienen la obligación de interceder por los hombres (1 Henoc 15:2). Como ya hemos visto, los ángeles se ocupan de los seres humanos para hacerles bien (1 Henoc 104:1). Algunas veces parece que los muertos benditos comparten esta tarea. Los ángeles y los santos en sus lugares de reposo interceden por los hijos de los hombres (1 Henoc 39:6). Hay algo que decir de la creencia en los intermediarios celestiales.

(i) En cierto sentido es una idea que nos anima. No estamos solos, por así decirlo, cuando oramos. Ninguna oración puede tener los pies pesados ni las alas de plomo si tiene a toda la ciudadanía del Cielo para ayudarla a elevarse hasta Dios.

(ii) Desde otro punto de vista nos parece totalmente innecesario. Tenemos delante una puerta abierta que nadie nos puede cerrar; las oraciones humanas no necesitan ninguna ayuda, porque el oído de Dios está atento para captar el más leve susurro de apelación.

(iii) Toda esta concepción de los intermediarios surge de una línea de pensamiento que ya hemos encontrado antes. Con el paso de los siglos, los judíos se fueron sintiendo más y más abrumados con la idea de la trascendencia de Dios, de Su esencial otridad. Empezaron a creer que no podía haber ningún contacto directo entre Dios y la persona humana, y que tenía que haber intermediarios angélicos para salvar la sima. Ese es precisamente el sentimiento que Jesucristo vino a desterrar; Él vino para decirnos que Dios «está más cerca de nosotros que nuestro aliento, más cerca que las manos o los pies;» y para ser el camino vivo por el que todas las personas, por humildes que sean, tienen acceso directo a Dios.

El himno nuevo

El himno que cantaron los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos era un himno nuevo. La frase un cántico nuevo aparece con frecuencia en los Salmos; y hay siempre un cántico nuevo para las misericordias nuevas de Dios. «Cantadle cántico nuevo,» dice el salmista (Salmo 33:3). Dios sacó al salmista del pozo de la desesperación y del lodo cenagoso, y puso en su boca un cántico nuevo de alabanza a Dios (Salmo 40: 3). «Cantad al Señor cántico nuevo, porque ha hecho maravillas» (Salmo 98:1; cp. 96:1). «A Ti, oh Dios, cantaré un cántico nuevo» (Salmo 144:9). «Cantad al Señor un cántico nuevo; Su alabanza sea en la congregación de los santos» (Salmo 149:1). El paralelo más próximo en el Antiguo Testamento se encuentra en Isaías.

Allí Dios anuncia cosas nuevas, y el profeta llama a las personas a cantar al Señor un nuevo cántico (Isaías 42:9s).

Un himno nuevo siempre tiene por tema las nuevas misericordias de Dios; y el más noble será el que cante las misericordias de Dios en Jesucristo.

Una de las características del Apocalipsis es que es un libro acerca de cosas nuevas. Hay un nombre nuevo (2:17; 3:12); una nueva Jerusalén (3:12; 21:2); un cántico nuevo (5:9; 14:3); Nuevos cielos y nueva tierra (21:1); y la gran promesa de que Dios hace todas las cosas nuevas (21:5).

Hay aquí algo muy significativo. En griego hay dos palabras para nuevo: néos, que quiere decir nuevo en cuanto al tiempo, y kainós, que quiere decir nuevo en cuanto a la calidad.

Lo significativo acerca de esto es que Jesucristo trae a la vida una cualidad que no había existido nunca, un gozo nuevo, una emoción nueva, nueva fuerza y nueva paz. Por eso es por lo que la vida cristiana es una vida resplandeciente. Se ha dicho que «lo contrario del mundo cristiano es un mundo que se ha vuelto viejo y triste.»

El himno de los seres vivientes y de los ancianos

Empecemos por recordar el himno: ¡Tú mereces tomar el rollo y abrir sus sellos, porque fuiste inmolado, y así, al precio de Tu sangre vital, nos compraste para Dios a los de toda tribu y lengua y pueblo y raza, y nos hiciste un Reino de sacerdotes para nuestro Dios que reinaremos sobre la Tierra!

Los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos alaban al Cordero porque murió. En este himno se resumen los resultados de la muerte de Jesucristo.

(i) Fue una muerte sacrificial; es decir: con un propósito. No fue un accidente de la Historia; ni tampoco la muerte trágica de un hombre bueno y heroico por causa de la justicia y de Dios; fue una muerte sacrificial. La finalidad del sacrificio era restaurar la relación perdida entre Dios y el hombre; y fue con ese propósito, y con ese resultado, como murió Jesucristo.

(ii) La muerte de Jesucristo fue emancipadora. El Nuevo Testamento está lleno de principio a fin de la idea de la liberación de la humanidad que Él logró. Jesucristo dio Su vida en rescate (lytron) por muchos (Marcos 10:45). Él Se dio a Sí mismo en rescate (antílytron) por todos (1 Timoteo 2:6). Él nos redimió -literalmente, nos compró fuera de (exagorázein)de la maldición de la Ley (Gálatas 3:13). Somos redimidos (lytrústhai) no por dinero humano sino por la sangre preciosa de Jesucristo (1 Pedro 1:19). Jesucristo es el Señor Que nos compró (agorázein) (2 Pedro 2:1). Hemos sido comprados por precio (agorázein) (1 Corintios 6:20; 7:23). El Nuevo Testamento declara consecuentemente que costó la muerte de Jesucristo el rescatar a la humanidad del dilema y la esclavitud en que la había sumido el pecado. El Nuevo Testamento no tiene una teoría «oficial» sobre cómo se llevó a cabo ese efecto; pero no deja la menor duda de que se llevó a efecto.

(iii) La muerte de Jesucristo fue universal en sus beneficios. Él murió por los hombres y las mujeres de todas las razas. Hubo un tiempo en que los judíos creían que Dios no Se preocupaba nada más que de ellos y no quería nada más que la destrucción de los otros pueblos. Pero en Jesucristo conocemos a un Dios Que ama a todo el mundo. La muerte de Cristo fue por todas las personas; y, por tanto, la Iglesia tiene la tarea de decírselo a todo el mundo.

(iv) La muerte de Jesucristo fue efectiva. Él no murió inútilmente. En este himno se especifican tres aspectos de la Obra de Cristo.

(a) Él nos hizo reyes. Abrió a los seres humanos la realeza de hijos de Dios. Siempre habían sido hijos de Dios por la creación; pero ahora hay una nueva filiación de la gracia abierta a toda persona.

(b) Nos hizo sacerdotes. En el mundo antiguo los sacerdotes eran los únicos que tenían derecho de acceso a Dios. Cuando entraba un judío normal y corriente en el Templo podía atravesar el Atrio de los Gentiles, el Atrio de las Mujeres, y entrar en el Atrio de Israel; pero ya no podía entrar en el Atrio de los Sacerdotes. Pero Jesucristo abrió a todos los hombres el camino de acceso a Dios: cualquier persona llega a ser un sacerdote en el sentido de que tiene derecho de acceso a la presencia de Dios.

(c) Nos dio victoria. Su pueblo reinará sobre la tierra. Este no es un triunfo político ni un señorío material, sino el secreto de la vida victoriosa en cualesquiera circunstancias. « En el mundo tendréis aflicción; pero confiad: Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). En Cristo hay victoria sobre el yo, sobre las circunstancias y sobre el pecado.

El himno de los ángeles

Y cuando estaba mirando oí la voz de muchos ángeles que estaban de pie formando un círculo alrededor del trono, y de los seres vivientes y de los ancianos; y su número era de miríadas de miríadas y millones de millones, y cantaban a una voz: -¡El Cordero Que ha sido inmolado merece recibir el poder y la riqueza y la sabiduría y la fuerza y el honor y la gloria y -la bendición!

Los innumerables ejércitos de los ángeles entran aquí en el coro de la alabanza. Ya hemos visto que Juan utiliza el lenguaje del Antiguo Testamento; y aquí nos recuerda el himno de David: ¡Bendito seas Tú, Señor, Dios de Israel, nuestro Padre, por siempre jamás! Tuyos son, Señor, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y la majestad; porque todas las cosas que están en el Cielo y en la Tierra son Tuyas. Tuyo, Señor, es el reino, y Tú eres excelso como Cabeza sobre todos. La riqueza y la gloria proceden de Ti, y Tú dominas sobre todo; en Tu mano están la fuerza y el poder; y en Tu mano está el hacer grandes y el dar fuerza a todos (1 Crónicas 29:10-12).

El himno de los seres vivientes y de los ancianos hablaba de la obra de Cristo y de Su muerte; ahora cantan los ángeles de las posesiones de Cristo en Su gloria. Hay siete grandes posesiones que pertenecen al Señor Resucitado.

(i) A Él Le pertenece el poder. Pablo llama a Jesús «Cristo, el Poder de Dios» (1 Corintios 1:24). Él no es alguien que haga planes irrealizables; Suyo en el poder. Podemos decir triunfalmente: «¡Él puede!»

(ii) Suya es la riqueza. « Aunque era rico, Se hizo pobre por amor a vosotros» (2 Corintios 8:9). Pablo habla de « las inescrutables riquezas de Cristo» (Efesios 3: 8). No hay promesa que Él no tenga los recursos para cumplir.

(iii) Suya es la sabiduría. Pablo llama a Cristo «la sabiduría de Dios» (1 Corintios 1:24). Él tiene la sabiduría para conocer los secretos de Dios y la solución de los problemas de la vida.

(iv) Suya es la fuerza. Cristo es el Fuerte Que puede desarmar al mal y despojarlo de su poder (Lucas 11:22). No hay problema que Él no pueda resolver.

(v) Suyo es el honor. Se acerca el día en que a Él se doblará toda rodilla, y toda lengua Le confesará Señor (Filipenses 2:11). Hasta los que no son cristianos honran a menudo a Cristo admitiendo que está en Su enseñanza la única esperanza para este mundo desquiciado.

(vi) Suya es la gloria. Como dice Juan: «Nosotros vimos Su gloria, la gloria que recibe de Su Padre un Hijo único, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14). La gloria es algo que Le pertenece a Dios por derecho exclusivo. Decir que Jesucristo posee la gloria es decir que es divino.

(vii) Suya es la bendición. Aquí llegamos al clímax inevitable de todo lo anterior. Jesucristo posee todas estas cosas, y usa cada una de ellas para servir a la humanidad por la que vivió y murió cuando Se encarnó; no se las reserva para Sí.

Por tanto, surge hacia Él de todos los redimidos un himno de acción de gracias por todo lo que ha hecho. Esa acción de gracias es lo único que Le podemos dar nosotros.

El himno de toda la creación

Y oí decir a todas las criaturas de la creación que estaban en el Cielo y sobre la Tierra y debajo de la Tierra y en el mar y todas las cosas que hay en ellos: – ¡La bendición y el honor y la gloria y el dominio sean para siempre jamás para el Que está sentado en el trono y para el Cordero!

Y los cuatro seres vivientes dijeron: «¡Amén!» Y los ancianos se postraron y adoraron.

Ahora el coro de alabanza llega tan lejos que ya no puede llegar más, porque alcanza a todo el universo y a la totalidad de la creación. Hay un himno universal de alabanza al Cordero. Notemos una cosa muy significativa: en este coro de alabanza Dios y el Cordero están juntos. No se podía mostrar mejor la altura de la concepción que tiene Juan de Jesucristo. En la alabanza de la creación Le asocia con el mismo Dios.

En el mismo himno debemos notar dos cosas. Las criaturas que están en el Cielo aportan su alabanza. ¿Quiénes son? Se han propuesto varias respuestas, todas encantadoras a su manera. Se ha sugerido que se hace referencia a las aves del aire; el mismo canto de las aves es un himno de alabanza. Se ha sugerido que se refiere al Sol, la Luna y las estrellas; los cuerpos celestes alaban a Dios con su fulgor. Se ha sugerido que la frase reúne a todos los seres que están en el Cielo: los seres vivientes, los ancianos, las miríadas de ángeles y todos los otros seres celestiales.

Las criaturas que están debajo de la Tierra aportan su alabanza. Eso no puede querer decir nada más que los muertos que están en el Hades, y aquí tenemos algo totalmente nuevo. En el Antiguo Testamento se expresa repetidamente que los muertos están totalmente separados de Dios y de los hombres, y llevan una existencia sombría. « En la muerte no hay memoria de Ti; en el seol, ¿quién Te alabará?» (Salmo 6: S). «¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará Tu verdad?» (Salmo 30:9). «¿Manifestarás Tus maravillas a los muertos? ¿Se levantarán las sombras para alabarte? ¿Será proclamada en el sepulcro Tu misericordia, o Tu verdad en el Abadón? ¿Serán reconocidas en las tinieblas Tus maravillas, o tu ayuda salvífica en la tierra del olvido?» (Salmo 88:10-12). «Pues el seol no Te exaltará, ni Te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán en Tu verdad» (Isaías 38:18).

Esta visión barre todo eso. Ni siquiera la tierra de los muertos está excluida del Reino del Cristo Resucitado. Hasta más allá de la muerte se Le eleva el coro de alabanza.

El cuadro que se nos presenta incluye a toda la Naturaleza alabando a Dios. Hay en la Escritura muchos ejemplos magníficos de salmos e himnos en los que se presenta a toda la creación alabando a Dios, como el Salmo 148. Pero aún contiene mejor todo el mensaje del Nuevo Testamento y de este pasaje del Apocalipsis el conocido himno evangélico: Venid, nuestras voces alegres unamos al coro celeste del trono alredor! Sus voces se cuentan por miles de miles, mas todas son una en su gozo y su amor. «¡Es digno el Cordero Que ha muerto proclamande verse exaltado en los Cielos así!» «¡Es digno el Cordero -decimos nosotrospues Él por nosotros Su vida dio aquí. »

A Ti, que eres digno, se den en los Cielos poderes divinos y gloria y honor, y más bendiciones que darte podemos se eleven por siempre a Tu trono, Señor.

Que todos los seres que pueblan las nubes, la tierra y el aire y el fuego y el mar, unidos proclamen Tus glorias eternas y dente alabanzas, Señor, sin cesar.

El nombre sagrado del Dios de los Cielos a una bendiga la gran creación, y lleve al Cordero sentado en el trono, el dulce tributo de su adoración.

Conforme el cordero fue abriendo uno tras otro los sellos del rollo, la Historia se desveló ante los ojos de Juan. Conforme vayamos estudiando esta sección debemos tener presente un hecho general que es fundamental para entenderlo. En esta serie de visiones, Juan está viendo anticipadamente el final de terror y juicio que había de introducir la edad de oro de Dios.

Antes de estudiar esta sección en detalle, fijémonos en una característica general. En la primera serie de visiones, 6:1-8, la antigua versión Reina-Valera seguía consecuentemente una forma del texto griego que pone en boca de cada uno de los cuatro seres vivientes: « Ven y ve,» o «Ven y mira» (versículos 1, 3, 5, 7). En todos los mejores manuscritos dice simplemente «¡Ven!», como se pone en la revisión del ‹95. No se trata de una invitación a Juan para que vaya y vea, sino de una orden a los cuatro caballos con sus jinetes para que salgan a la escena de la Historia.

Los cuatro caballos y sus jinetes

Y vi cuando el Cordero abrió el primero de los siete sellos, y oí decir a uno de los cuatro seres vivientes con una voz tan potente que parecía el rugido del trueno: «¡Adelante!» Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba llevaba arco, y se le dio una corona de vencedor, y salió conquistando en toda la línea.

Y cuando abrió el segundo sello le oí decir al segundo ser viviente: « ¡Adelante!» Y salió al frente otro caballo de color rojo de sangre, y al que lo montaba se le permitió despojar de paz a la Tierra y hacer que los hombres se mataran entre sí, y se le dio una gran espada.

Y cuando abrió el tercer sello le oí decir al tercer ser viviente: «¡Adelante!» Y he aquí salió un caballo negro, y el que lo montaba llevaba una balanza en la mano. Y oí decir a algo que parecía una voz en medio de los cuatro seres vivientes: «Una medida de trigo por un denario, y tres medidas de cebada por un denario. Pero no estropees ni el aceite ni el vino.»

Y cuando abrió el cuarto sello le oí decir al cuarto ser viviente: «¡Adelante!» Y vi salir un caballo de color pálido, y el que lo montaba se llamaba la Muerte, y le seguía el Hades; y se les dieron poderes sobre una cuarta parte de la Tierra para matar a espada, de hambre y por medio de la peste y de las fieras.

Antes de embarcarnos en una interpretación detallada de esta visión tenemos que notar dos puntos importantes.

(i) Notamos que un antecedente de esta visión se halla en Zacarías 6:1-8. Zacarías ve cuatro caballos que están sueltos sobre la Tierra para hacer venganza de Babilonia y Egipto y las demás naciones que han oprimido al pueblo de Dios. « Estos son los cuatro vientos de los cielos, que salen después de presentarse delante del Señor de toda la Tierra» (Zacarías 6: 5). Los caballos representan los cuatro poderosos vientos que Dios está a punto de lanzar sobre la tierra con una empresa de destrucción. Juan no aplica los mismos detalles; pero para él también los caballos y sus jinetes son los instrumentos del juicio vengador de Dios.

(ii) Debemos explicar el método interpretativo que creemos que debemos usar. Los cuatro caballos y sus jinetes representan las cuatro grandes fuerzas destructivas que están dispuestas antes del final para ser enviadas contra el mundo por la justa ira de Dios. Pero Juan ve estas fuerzas en términos de sucesos reales del mundo que conocía en el que la vida parecía un caos, y que el mundo se estaba desintegrando, y que la Tierra estaba llena de terrores. Los caballos y sus jinetes son fuerzas de destrucción y agentes de la ira; no se han de identificar con ninguna figura histórica; pero Juan vio en los sucesos de su propio tiempo símbolos y tipos de la destrucción que estaba para venir.

Nuestro método de interpretación consistirá por tanto en definir la fuerza destructora que representa cada uno de los caballos; y entonces, si es posible, descubrir las circunstancias en la historia de tiempos de propio Juan que ilustran la destrucción por venir. Además veremos que en más de un caso Juan está tratando de figuras e ideas que eran parte de los materiales que usaban los que escribían visiones acerca de los días del fin.

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