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2 Timoteo 1: Gloria y privilegio de un apóstol

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(iii) No debe nunca desfallecer en el amor. Amar a los hombres es verlos como Dios los ve. Es negarse radicalmente a hacer nada que no contribuya a su bien supremo. -Es vencer el rencor con el perdón; es vencer el odio con el amor; es vencer la indiferencia con una pasión ardiente que no se puede apagar. El amor cristiano busca insistentemente amar a los hombres como Dios los ama y como nos ha amado a nosotros en primer lugar.
Muchos infieles y uno solo fiel

Sabes muy bien que en general los que viven en Asia me desertaron, entre ellos Figelo y Hermógenes. Que el Señor tenga misericordia de la familia de Onesíforo, que me animó a menudo y no se avergonzó de mi cadena. Todo lo contrario: cuando llegó a Roma me buscó insistentemente hasta encontrarme -¡Que el Señor le conceda misericordia del Señor en aquel día! Y tú sabes mejor que yo los muchos servicios que ha prestado en Éfeso.

Aquí tenemos un pasaje en el que se combinan el dolor y el gozo. A fin de cuentas le sucedió a Pablo lo mismo que le había sucedido a su maestro Jesús. Sus amigos le abandonaron y huyeron. En el Nuevo Testamento Asia no es desde luego el continente de Asia, sino la provincia romana que incluía la parte oeste de Asia Menor. Su capital era la ciudad de Éfeso. Cuando Pablo estaba preso, sus amigos le abandonaron -muy probablemente por temor. Los romanos nunca le habrían procesado solamente por un delito puramente religioso; los judíos tienen que haberlos persuadido de que era un enredador peligroso que atentaba contra la paz pública. No puede haber duda de que por último Pablo sería juzgado por un delito político. El ser amigos de un hombre así era peligroso; y en su hora de necesidad sus amigos de Asia le abandonaron porque temían por su propia seguridad.

Pero a pesar de que otros le desertaran un hombre se mantuvo fiel hasta el fin; se llamaba Onesíforo, que quiere decir provechoso. P. N. Harrison trazó una descripción vívida de la búsqueda de Pablo por Onesíforo en Roma: «Nos parece captar detalles de un rostro determinado en medio de una multitud a la deriva y seguir con vivo interés a este extranjero de las lejanas costas del Egeo conforme iba recorriendo el laberinto de calles desconocidas, llamando a muchas puertas, siguiendo todas las claves, advertido de los peligros que estaba corriendo pero decidido a no cejar en su busca; hasta que en alguna cárcel oscura le saluda una voz conocida, y descubre a Pablo encadenado a un soldado romano. Una vez encontrado su camino, Onesíforo no se contenta con una sola visita, sino que, fiel a su nombre, se muestra incansable en sus ministraciones. Otros se habían retirado ante la amenaza y la ignominia de aquella cadena; pero este visitante considera el supremo privilegio de vida el compartir con tal criminal el escarnio de la Cruz. Una serie de vueltas y revueltas por el inmenso laberinto (de las calles de Roma) llega a conocerlo tan bien como si se tratara de su propio Éfeso.» No cabe duda de que, cuando Onesíforo buscó a Pablo y fue a verle una y otra vez, estaba llevando su vida en la mano. Era peligroso el seguir preguntando dónde se podía encontrar a un cierto criminal; era peligroso visitarle; y era aún más peligroso el seguir visitándole; pero eso fue lo que hizo Onesíforo.

Una y otra vez la Biblia nos pone cara a cara con una cuestión que es real para cada uno de nosotros. Una y otra vez introduce y aparta de la escena de la historia a una persona con una sola frase. Hermógenes y Figelo -no sabemos absolutamente nada de ellos más que los nombres y el hecho de que fueron traidores a Pablo. Onesíforo -no sabemos nada de él excepto que en su lealtad a Pablo arriesgó -y tal vez perdió- la vida. Hermógenes y Figelo pasaron a la Historia como desertores; Onesíforo pasó a la Historia como el amigo que se mantiene más cerca que un hermano. Si senos hubiera de describir en una sola frase, ¿cuál sería? ¿Sería un veredicto de traidor, o un veredicto de discípulo que fue fiel?

Antes de dejar este pasaje debemos notar que en relación con algo en particular es el centro de la tempestad. Cada uno debe llegar a su propia conclusión, pero hay muchos que presienten que lo que se implica es que Onesíforo ya ha muerto. Es por su familia por los que ora Pablo. Ahora bien, si había muerto, este pasaje nos muestra a Pablo orando por los muertos, porque nos le presenta pidiendo a Dios que Onesíforo encuentre misericordia en el último día.

Las oraciones por los muertos constituyen un problema muy disputado que no pretendemos discutir aquí. Pero una cosa sí podemos decir -entre los judíos las oraciones por los muertos no eran ni mucho menos desconocidas. En los días de las guerras de los Macabeos hubo una batalla entre las tropas de Judas Macabeo y el ejército de Gorgias, gobernador de Idumea, que terminó con la victoria de Judas Macabeo. Después de la batalla los judíos estaban recogiendo los cuerpos de los que habían caído en la batalla. En cada uno de ellos encontraron «cosas consagradas a los ídolos de los hamnitas que les están prohibidas por la ley a los judíos.» Lo que se quiere decir es que los soldados judíos muertos llevaban amuletos paganos que esperaban supersticiosamente que les protegieran la vida. La historia continúa diciendo que todos los que habían muerto llevaban un amuleto y fue por eso por lo que murieron. A1 ver esto, Judas y todo el pueblo oraron para que el pecado de estos hombres «fuera reducido totalmente al olvido.» Entonces Judas recogió dinero e hizo una ofrenda por el pecado de aquellos que habían caído, porque creía que, como había una resurrección, no era superfluo « el orar y ofrecer sacrificios por los muertos.»

La historia termina con el dicho de Judas Macabeo de que «era una cosa santa y buena el orar por los muertos. Tras lo cual hizo una reconciliación por los muertos para que fueran librados del pecado» (2 Macabeos 12:39-45).

Está claro que Pablo se educó en unas creencias que veían en las oraciones por los muertos no una cosa repulsiva sino una cosa buena. Éste es un tema en el que ha habido una disputa larga y amarga; pero por lo menos una cosa podemos y debemos decir -si amamos a una persona con todo nuestro corazón, y si el recuerdo de esa persona no está nunca ausente de nuestras mentes y memorias, entonces sea lo que sea lo que el intelecto de los teólogos nos diga acerca de ello, el instinto del corazón es recordar a tal persona en oración, esté en éste o en el otro mundo.

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