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2 Timoteo 1: Gloria y privilegio de un apóstol

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(viii) Es el Evangelio de Jesucristo. Fue desarrollado totalmente por medio de Su aparición. La palabra que Pablo usa para aparición tiene una gran historia. Es epifáneia una palabra que usaban los judíos frecuentemente para hablar de las grandes manifestaciones salvíficas de Dios en los días terribles de las luchas macabeas, cuando los enemigos de Israel estaban buscando insistentemente obliterarlo.

En los días del sumo sacerdote Onías vino un cierto Heliodoro a desvalijar el tesoro del templo de Jerusalén. Ni las oraciones ni los ruegos parecían bastar para detenerle de llevar a cabo este sacrilegio. Y, así cuenta la historia, cuando Heliodoro estaba a punto de echar mano al tesoro, « el Señor de los Espíritus y Príncipe del Poder causó una gran epifáneia… porque se les apareció un caballo con un jinete terrible… que se acercó a pleno galope e hirió a Heliodoro con sus patas delanteras… y Heliodoro cayó repentinamente a tierra y se vio rodeado de una gran oscuridad» (2 Macabeos 3:24-30). Lo que sucedió exactamente puede que nunca lo sepamos; pero en la hora de una necesidad terrible de Israel tuvo lugar esta tremenda epifáneia de Dios. Cuando Judas Macabeo y su pequeño ejército tenían enfrente el poder de Nicanor, oraron: «Oh Señor, Que enviaste tu ángel en tiempos de Ezequías rey de Judea, y mataste en el ejército de Senaquerib ciento ochenta y cinco mil (compárese 2 Reyes 19:35-36); por tanto ahora, oh Señor del Cielo, envía un buen ángel delante de nosotros para que les cause temor y espanto; y por el poder de Tu brazo haz que sean afectados de terror los que vienen contra tu propio pueblo para blasfemar.» Y entonces la historia prosigue diciendo: «Entonces Nicanor y los que estaban con él avanzaron con trompetas y canciones. Pero Judas y su compañía salieron al encuentro del enemigo con invocación y oración. Así que, peleando con sus manos y orando a Dios con sus corazones, mataron a no menos de treinta y cinco mil hombres; y por medio de la epifáneia de Dios fueron grandemente alentados» (2 Macabeos 15:22-27).

Una vez más no sabemos lo que sucedió exactamente; pero Dios realizó una aparición grande y salvadora para su pueblo. Para los judíos epifáneia denotaba una intervención liberadora de Dios.

Para los griegos ésta era también una gran palabra. La subida del emperador al trono se llamaba su epifáneia. Era su manifestación. Todos los emperadores subían al trono con grandes esperanzas; su entronización se saludaba como la aurora de un día nuevo y grande y de grandes bendiciones por venir.

El Evangelio se despliega en toda su grandeza con la epifáneia de Jesús; la misma palabra indica que Él era la gran intervención liberadora y la manifestación de Dios en el mundo.

Confianza divina y humana

Y esa es la razón por la que yo paso estas cosas ahora. Pero no estoy avergonzado, porque yo conozco a Aquel en Quien está puesta mi fe, y estoy totalmente seguro de que puede guardar a salvo lo que le he confiado hasta que llegue el último día. Mantén el esquema de las palabras vivificadoras que has recibido de mí, sin flojear jamás en la fe y el amor que hay en Jesucristo. Guarda el maravilloso depósito que se te ha confiado por medio del Espíritu Santo que mora en ti.

Este pasaje usa una palabra griega muy gráfica de una manera doblemente sugestiva. Pablo habla de aquello que él le ha confiado a Dios; y exhorta a Timoteo a salvaguardar el depósito que Dios le ha confiado. En ambos casos la palabra original es parathéké que quiere decir un depósito encomendado a la guarda de alguien. Uno podía depositar algo confiándoselo a un amigo para que se lo guardara para sus hijos o seres amados; podía depositar sus objetos de valor en un templo para que se los guardaran a salvo, porque los templos eran los bancos del mundo antiguo. En cada caso la cosa depositada era un parathéké. En el mundo antiguo no había un deber más sagrado que el de salvaguardar tal depósito y devolverlo a su debido tiempo cuando se reclamaba.

Había una historia griega famosa que contaba precisamente lo sagrado que era un depósito semejante (Heródoto 6:89; Juvenal: Sátiras 13: 199-208). Los espartanos eran famosos por su estricto sentido del honor y de la honradez. Cierto hombre de Mileto se dirigió a un cierto Glauco, de Esparta. Dijo que había tenido tan buenos informes de la honradez de los espartanos que había convertido en dinero la mitad de sus posesiones y quería depositar ese dinero, hasta que él o sus herederos lo reclamaran otra vez. Se dieron y recibieron ciertos símbolos que servirían para identificar al que tuviera derecho a reclamarlo. Pasaron los años; el hombre de Mileto murió; sus hijos fueron a Esparta a ver a Glauco, presentaron sus signos de identificación y pidieron que se les devolviera el dinero depositado. Pero Glauco pretendió no acordarse de haberlo recibido. Los hijos que habían venido de Mileto se alejaron tristes, pero Glauco fue al famoso oráculo de Delfos para ver si podía admitir el depósito o, lo que la ley griega le permitía hacer, podía jurar que no sabía nada de él. El oráculo contestó: «Lo mejor, de momento, habría sido, oh Glauco, hacer lo que querías: hacer un juicio para quedar encima y quedarte con el botín del dinero. Jura entonces – la muerte es la suerte hasta de los que nunca juran falsamente. Sin embargo, el dios del juramento tiene un hijo sin nombre, sin pies ni manos; poderoso en fuerza se lanza ala venganza y arrasa en destrucción a todos los que pertenecen a la raza o la casa del hombre que ha perjurado. Pero los que guardan el juramento dejan tras sí una descendencia floreciente.»

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