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2 Timoteo 1: Gloria y privilegio de un apóstol

Pastor Lionel

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(iii) Es el Evangelio de la consagración. No es simplemente liberación de las consecuencias del pecado pasado; es una invitación a caminar la senda de la santidad. En La Biblia en el evangelismo mundial, A. M. Sherwin cita dos ejemplos alucinantes del poder milagrosamente transformador de Cristo. Había en Nueva York un gánster que había estado en la cárcel poco antes por robo con violencia. Se dirigía a buscar a su antigua pandilla con la intención de tomar parte en otro robo cuando le robó la cartera a un hombre en la Quinta Avenida. Fue al Parque Central para ver lo que había conseguido robar y descubrió para su disgusto que era un Nuevo Testamento. Como no tenía nada que hacer, empezó a pasar distraídamente las páginas y a leer. Pronto se encontró absorto en la lectura, y tal efecto le hizo que pocas horas después fue a sus antiguos viejos camaradas y se separó de ellos para siempre. Para ese ex-delincuente el Evangelio fue la llamada a la santidad. Hubo un joven árabe en Alepo que tuvo una pelea amarga con un antiguo amigo. Le dijo a un evangelista cristiano: « Le odiaba tanto que me propuse vengarme, hasta el punto de matarle. Entonces -prosiguió-, una vez me encontré con usted y usted me indujo a comprar un ejemplar de San Mateo. Yo lo compré solamente para darle gusto a usted. No tenía la menor intención de leerlo. Pero cuando me iba a acostar aquella noche el libro se me cayó del bolsillo y yo lo recogí y empecé a leerlo. Cuando llegué al lugar donde dice: «oísteis que se dijo en la antigüedad no matarás… pero yo os digo que el que esté airado con su hermano sin causa estará en peligro del juicio,» recordé el odio que estaba abrigando contra mi enemigo. Cuando seguí leyendo mi intranquilidad fue creciendo hasta que leí las palabras: «Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os daré el descanso. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de Mí; porque yo soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.» Entonces me sentí movido a clamar: «Dios, ten misericordia de mí, pecador.» El gozo y la paz llenaron mi corazón y desapareció el odio. Desde entonces soy una nueva persona, y mi mayor delicia es leer la palabra de Dios.» Fue el Evangelio lo que puso al ex-presidiario de Nueva York y al posible asesino en Alepo en el camino de la santidad. Es aquí donde falla mucho de nuestro cristianismo. No cambia a las personas; y por tanto no es real. El hombre que ha conocido el poder salvífico del Evangelio es un hombre cambiado, en el trabajo, en el placer, en el hogar, en el carácter. Debe haber una diferencia esencial entre el cristiano y el que no lo es, porque el cristiano ha obedecido la llamada a caminar la senda de la santidad.

(iv) Es el Evangelio de la gracia. No es algo que hemos logrado, sino algo que hemos aceptado. Dios no nos llamó porque fuéramos santos; nos llamó para que fuéramos santos. Si tuviéramos que merecer el amor de Dios, nuestra situación sería desesperada e irremisible. El Evangelio es el don gratuito de Dios. El no nos ama porque nosotros hayamos merecido Su amor; nos ama movido por la maravillosa generosidad de Su corazón.

(v) Es el Evangelio del propósito eterno de Dios. Está programado desde antes que empezara el tiempo. No debemos creer nunca que Dios fuera antes ley estricta y que sólo desde la vida y muerte de Jesús Él es amor perdonador. Desde el principio del tiempo el amor de Dios ha estado buscando a los hombres y ofreciéndoles Su gracia y su perdón. El amor es la esencia de la naturaleza eterna de Dios.

(vi) Es el Evangelio de la vida y la inmortalidad. Pablo estaba convencido de que Jesucristo sacó a la luz la vida y la incorrupción. El mundo antiguo temía la muerte; o, si no la temía, la consideraba una extinción. El mensaje de Jesús fue que la muerte era el camino a la vida, y que lejos de separar a los hombres de Dios, los traía a Su más próxima presencia.

(vii) Es el Evangelio del servicio. Fue este Evangelio el que hizo a Pablo heraldo, apóstol y maestro de la fe. No le dejó tranquilamente sintiendo que ahora era salva su propia alma y no tenía por qué preocuparse más. Le impuso la tarea inescapable de agotarse y consumirse en el servicio de Dios y de sus semejantes. Este Evangelio le impuso a Pablo tres necesidades.

(a) Le hizo un heraldo. La palabra original es kéryx, que tiene tres líneas principales de sentido, cada una con algo que sugerir acerca de nuestro deber cristiano. El kéryx era el heraldo que traía el anuncio del rey. El kéryx era el emisario cuando dos ejércitos estaban enfrentados, que ofrecía las condiciones de rendición o la petición de tregua y paz. El kéryx era el que empleaba un subastador o un mercader para anunciar públicamente sus mercancías e invitar a la gente a venir a comprar. Así es que el cristiano ha de ser la persona que trae el mensaje a sus semejantes; que trae a las personas a la paz con Dios; que llama a sus semejantes a aceptar la oferta maravillosa que Dios les hace.

(b) Le hizo un apóstol, apóstolos, literalmente uno que es enviado. Esta palabra puede querer decir un enviado o un embajador. El apóstolos no hablaba por sí mismo, sino por el que le había enviado. No iba en su propia autoridad, sino con la autoridad del que le había enviado. El cristiano es el embajador de Cristo, que habla por Él y Le representa ante los hombres.

(c) Le hizo un maestro. Hay un sentido muy real en que la tarea docente del cristiano y de la Iglesia es la más importante de todas. No cabe duda de que la tarea del maestro es mucho más difícil que la del evangelista. La tarea del evangelista es llamar a las personas y confrontarlas con el amor de Dios. Una persona puede que responda a la invitación en un momento de viva emoción. Pero queda por recorrer un largo camino. Debe aprender el significado y la disciplina de la vida cristiana. Se han echado los cimientos, pero hay que levantar el edificio. A la llama del evangelismo debe seguir el firme rescoldo de la enseñanza cristiana. Puede suceder que las personas se alejen de la Iglesia después de su primera decisión, por la sencilla pero fundamental razón de que no se Jes ha enseñado el sentido de la fe cristiana. Heraldo, embajador, maestro -aquí tenemos la triple función del cristiano que quiere servir a su Señor y a su iglesia.

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