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2 Timoteo 1: Gloria y privilegio de un apóstol

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(iv) Le recuerda las cualidades que deben caracterizar al maestro cristiano, de las que Pablo especifica cuatro.

(a) Estaba el coraje. No era el miedo cerval sino el coraje lo que el servicio cristiano le infundiría a un hombre. Siempre requiere coraje ser cristiano, y ese coraje viene de la continua conciencia de la presencia de Cristo.

(b) Estaba el poder. En un verdadero cristiano está el poder para enfrentarse, el poder para asumir la tarea demoledora, el poder para mantenerse firme frente a la situación imprevista y terrible, el poder para retener la fe frente al dolor del alma y la desilusión agotadora. El cristiano es característicamente la persona que puede superar el límite máximo de resistencia y de paciencia.

(c) Estaba el amor. En el caso de Timoteo éste era el amor a los hermanos, a la congregación del pueblo de Cristo sobre la que había recibido la encomienda. Es precisamente ese amor el que le da al pastor cristiano las otras cualidades. Debe amar a su pueblo tanto que ninguna molestia le resulte demasiado dura de soportar por ellos ni ninguna situación suficientemente amenazadora para desanimarle. Ninguna persona debería entrar nunca en el ministerio de la Iglesia a menos que tenga el amor de Cristo en su corazón.

(d) Estaba la autodisciplina. La palabra original es sófronismós, una de las grandes palabras griegas intraducibles. Alguien la ha definido como « la sensatez de la santidad.» Falconer la define como « el dominio propio frente al pánico o la pasión.» Es Cristo el único Que nos puede dar ese dominio propio que nos mantendrá libres tanto de ser arrebatados como de salir huyendo.

Ninguna persona puede nunca dirigir a otras a menos que se haya dominado a sí misma. Sófronismós es ese dominio propio que Dios da que hace a una persona capaz de dirigir a otros porque ella misma es antes de nada sierva de Cristo y dueña de sí misma.

Un evangelio por el que vale la pena sufrir

Así que no te avergüences de dar tu testimonio de nuestro Señor; ni tampoco te avergüences de mí, Su prisionero, sino acepta conmigo el sufrimiento que conlleva el Evangelio, haciéndolo en el poder de Dios, Que nos salvó, y Que nos llamó con una vocación a la consagración, una vocación que no tenía nada que ver con nuestros propios merecimientos, sino que dependía solamente de Su propósito y de la gracia que nos fue dada en Jesucristo. Y todo esto estaba programado desde antes de la creación del mundo, pero ahora aparece plenamente desplegado por medio de la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, Que abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la incorrupción mediante la buena noticia que Él nos trajo, en el servicio de la cual yo he sido nombrado heraldo y apóstol y maestro. Es inevitable que la lealtad al Evangelio traiga problemas. Para Timoteo, quería decir lealtad a un hombre que era considerado un criminal, porque cuando Pablo estaba escribiendo esta carta estaba preso en Roma. Pero aquí Pablo presenta el Evangelio en toda su gloria, algo por lo que vale la pena sufrir. Algunas veces por implicación y otras por afirmación directa saca a la luz elemento tras elemento de esa gloria. Pocos pasajes del Nuevo Testamento tienen en sí y tras sí tal sentimiento de la tersa grandeza del Evangelio.

(i) Es el Evangelio del poder. Cualquier sufrimiento que implique se soportará en el poder de Dios. Para el mundo antiguo el Evangelio era el poder para vivir. Esa misma edad en que Pablo escribía era la gran edad del suicidio. Los pensadores de principios más elevados eran los estoicos; pero tenían su propia salida cuando la vida se les hacía insoportable. Tenían un dicho: « Dios dio la vida a los hombres, pero Dios les dio el don todavía mayor de ser capaces de quitarse la vida.» El Evangelio era, y es, poder para conquistar el ego, poder para dominar las circunstancias, poder para seguir viviendo cuando la vida es invivible, poder para ser cristianos cuando el ser cristiano parece imposible.

(ii) Es el Evangelio de la salvación. Dios es el Dios Que nos salva. El Evangelio es redención. Es redención del pecado; libera al hombre de las cosas que le tienen en sus garras; le permite romper con los hábitos que le parecen irrompibles. El Evangelio es un poder liberador que puede hacer de hombres malos, buenos.

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