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2 Pedro 2: Los falsos profetas

Pastor Lionel

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Los peligros de la recaída

Esa gente no son más que fuentes sin agua, nieblas que disipa el turbión, a las que está reservada una densísima oscuridad que no se levanta nunca. Con una charla a la vez arrogante y vacía, enredan con sus invitaciones a la desvergüenza las pasiones sensuales de los que acaban de apartarse de la compañía de los que viven en el error, prometiéndoles la libertad, aunque ellos mismos están esclavizados a la corrupción moral; porque una persona se encuentra en un estado de esclavitud en las garras de todo lo que la reduce a la impotencia. Si habían escapado de la corrupción del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y se dejan enredar otra vez en todo lo anterior quedando reducidos por ello a la impotencia moral, acaban todavía peor de como estaban en un principio. Más cuenta les habría traído no haber conocido el camino de la integridad, que el haberlo conocido y luego volverse atrás de lo que habían recibido como lo que Dios manda. En ellos se cumple el refrán: «El perro vuelve ‹ a su vómito, » y «La puerca lavada vuelve a revolcarse en la ciénaga.»

Pedro sigue profiriendo sus tremendas denuncias a los malvados. Halagan sólo para engañar. Son como pozos sin agua y como nieblas que barre y disipa el viento. Pensemos en un viajero por el desierto al que se dice que hay una fuente más adelante en la que puede calmar la sed, y que cuando llega allí se la encuentra seca. Pensemos en un labrador que anhela la lluvia para sus cosechas resecas, y ve que el viento le arrebata la nube que prometía lluvia: Como dice Bigg: «Un maestro que no tiene conocimiento. es como una fuente sin agua.» Estos hombres son como los pastores de-Milton, cuyas «hambrientas ovejas levantan la vista pero no .son apacentadas.» Prometen un evangelio,.: pero a fin de cuentas no tienen nada que ofrecer al alma sedienta.

Su enseñanza es una combinación de arrogancia y futilidad. La libertad cristiana siempre conlleva peligro. Pablo les dice a los suyos que es de veras que han sido llamados a la libertad, pero que no deben usarla como una oportunidad para la carne (Gálatas 5:13). Pedro les dice a los suyos que es de veras que son libres, pero que no deben usar su libertad como «cobertura de malicia» (1 Pedro 6:16, antigua R-V). Estos falsos maestros ofrecían la libertad, pero era la libertad para pecar todo lo que quisieran. No apelaban a lo mejor de la persona, sino a lo peor. Pedro tenía muy claro que lo hacían porque eran esclavos de sus propias concupiscencias. Séneca decía: « El estar esclavizado a uno mismo es la más onerosa de todas las esclavitudes.» Persio hablaba de las concupiscencias disolutas de su tiempo como «los amos que crecen dentro de ese pecho enfermo vuestro.» Estos maestros estaban ofreciendo la libertad cuando ellos mismos eran esclavos, y la libertad que ofrecían era la libertad de hacerse esclavos de la sensualidad. Su mensaje era arrogante porque era la contradicción del mensaje de Cristo; era fútil porque el que lo siguiera se encontraría en la esclavitud. Aquí tenemos otra vez en el trasfondo la herejía fundamental que convierte la gracia en una justificación del pecado en vez de un poder y una llamada a la nobleza.

Si habían llegado a conocer el verdadero camino de Cristo y habían recaído en esto, estaban peor que nunca. Eran como el hombre de la parábola cuyo estado postrero era peor que el primero (Mateo 12:45; Lucas 11:26). Si uno no ha conocido nunca el buen camino, no se le puede condenar por no seguirlo; pero, si lo ha conocido, y después ha tomado otro deliberadamente, ha pecado contra la luz; mejor le hubiera sido no haber conocido nunca la verdad, porque su conocimiento de ella se ha convertido en su condenación. Una persona no debería olvidar nuca la responsabilidad que conlleva el conocimiento.

Pedro termina despectivamente. Esos malvados son como los perros que vuelven a comerse lo que han vomitado (Proverbios 26: I1), o como la puerca que han cepillado bien y que vuelve a revolcarse en el cieno. Han visto a Cristo, pero están tan degenerados moralmente por su propia elección que prefieren refocilarse en las honduras del pecado antes que ascender a las cimas de la virtud. Es una advertencia terrible el que una persona pueda llegar a tal estado que ya no se pueda desenredar de los tentáculos del pecado que la oprimen, y la virtud haya perdido para ella todo su encanto.

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