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2 de Samuel 24: David conduce un censo

Pastor Lionel

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El censo fue de naturaleza militar para saber el número de soldados, lo cual podría ser desechado por Dios porque demostraba confianza en el número de hombres y no en el poder de Dios. Matthew Henry enumera seis razones que han sido propuestas como posibles causas de la desaprobación de Dios hacia el censo en Israel:

(1) David no contó a los menores de 20 años
(2) David no cobró el medio siclo que debía pagar cada persona por su rescate cuando un censo era conducido y lo cual evitaba que Dios trajera mortandad
(3) Algunos suponen que David hizo el censo para levantar un impuesto para él mismo.
(4) Otros afirman que David no tenía órdenes de parte de Dios de conducir el censo.
(5) Otros piensan que el censo fue una afrenta a la promesa de Dios a Abraham que su descedencia sería incontable.
(6) Henry afirma que Dios no aprobó el censo porque David lo hizo con arrogancia, engrandeciéndose por el número de soldados que comandaba.

Joab no quería conducir el censo porque sabía que los censos no eran aprobados por Dios; pero el mandato del rey prevaleció y el censo fue conducido. Al terminar el censo David se dio cuenta de que había pecado; la expresión de David demuestra que el censo era considerado un grave pecado ante Dios, y que David esperaba un castigo grande de parte de Dios. A lo cual Dios presentó tres castigos a David para que escogiera uno de ellos:

(1) siete años de hambre;
2) tres meses de persecución por parte de los enemigos;
(3) una epidemia de tres días. David consideró que la epidemia vendría directamente de la mano de Dios y que no pondría al pueblo a merced de sus enemigos; era mejor caer en las manos de Dios que en las manos de los enemigos de Israel. El hambre haría al pueblo de Israel depender de otros pueblos y aun ser sometido por otros pueblos; también la persecución podía ser usada por los enemigos de Israel para castigar al pueblo. La epidemia traería muertes, pero el peligro cesaría después de los tres días.

La epidemia causó la muerte de 70,000 hombres; pero antes que murieran más personas, Dios paró su castigo. Dios cambió de parecer acerca de aquel mal; la razón por la cual Dios paró el castigo fue que tuvo misericordia de aquella gente. Fue precisamente en la era de Arauna el jebuseo donde la mano del ángel se detuvo por orden de Dios. Fue en ese lugar que David ordenó construir el templo de Dios. David había estado orando para que Dios detuviera su castigo; David sabía que la culpa era suya solamente, y pidió a Dios que librara al pueblo de más castigo y que castigara únicamente a él y su familia. David no sabía en ese momento que Dios había tenido misericordia y había detenido el castigo. Es posible que David todavía se encontraba orando cuando vino a él Gad el profeta, con la orden divina de que David fuera y erigiera un altar en la era de Arauna. David inmediatamente fue a comprar la era y edificar allí un altar a Jehová.

Arauna ofreció a David la era y los animales para el sacrificio y el yugo de los bueyes para la leña del sacrificio, pero David no aceptó el regalo de Arauna; David lo hizo así no porque David fuese orgulloso ni porque desconfiase de Arauna, sino porque no quería ofrecer a Dios un sacrificio que no le costara. No importaba que David tuviese muchas riquezas y que el gasto de comprar la era no significase un gran gasto para David; la actitud y las palabras de David son de un significado tremendo para los adoradores de Dios. Lo que se ofrece a Dios siempre debe ser aquello que tiene un costo personal. De ninguna manera se debe ofrecer a Dios lo que no nos cuesta dar. El pecado por el cual Dios condenó al pueblo de Israel en el tiempo de Malaquías fue precisamente que ofrecían a Dios aquello de lo cual querían deshacerse, como los animales enfermos. La actitud de David en este pasaje es la que se debe imitar. El verdadero adorador es aquel que ofrece lo que le cuesta y que está dispuesto a ofrecer más de lo que se le requiere. Hay que notar que Dios había pedido a David únicamente que erigiera un altar en la era de Arauna; sin embargo, David fue más allá de lo que le había pedido Dios, ya que compró el lugar para levantar allí el altar. David quiso ser dueño de aquel lugar que Dios había escogido para levantar el altar. David ofreció allí sacrificios a Dios y cesó la epidemia en Israel. El cese de la epidemia había sido determinado por Dios desde antes que David ofreciera los sacrificios, pero David tenía que cumplir con la orden de Dios antes que Dios cumpliera su determinación. Dios probó la obediencia de David, y esta vez David hizo lo correcto delante de Dios. Hertzberg hace notar que el pasaje final de 2 Samuel apunta hacia el futuro, hacia la futura construcción del templo en el lugar que David compró a Araua. Ese lugar no podía ser donado por un extranjero, tenía que ser comprado por David mismo.

El libro de 2 Samuel termina con dos actos, uno representativo de la gracia divina, y otro representativo de la actitud verdadera de un adorador de Dios. El pasaje último del libro de 2 Samuel termina con un acto de adoración de parte de David, edificando un altar y ofreciendo sacrificios a Dios; es una imagen representativa de la vida y del corazón de David, centralizada en la adoración a Dios. El otro acto es un acto de la gracia de Dios que se manifestó en medio de su propio castigo, al tener misericordia de aquel pueblo; por la misericordia de Dios cesó la epidemia en Israel. La misericordia y la gracia prevalecieron sobre el pecado de David.

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