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2 de Reyes 4: Milagros de Elias y Eliseo

Muerte y sepultura

Cuando una persona moría, sus parientes, amigos y todo el pueblo que lo conocía expresaban su dolor con lamentaciones como: “¡Ay hermano mío!”, ¡Ay, mi Señor!. Entre los hebreos tenían la costumbre de pagar a mujeres para que llorasen a sus muertos.

El llanto y las lamentaciones se efectuaban desde que recibían la noticia de la muertex, y se repetían durante siete díasx.

Para mostrar la aflicción y la tristeza se utilizaban sacos de cilicio. Se rompían sus vestidos para mostrar a la gente cuán profunda era su aflicción. El golpearse el pecho era otra demostración de tristeza. El ayuno era parte del duelo. Los vecinos traían comida y bebida a los parientes del difunto. Al llegar la muerte, los ojos del fallecido eran cerrados como si fuera a dormir y los familiares abrazaban el cuerpo. Luego el cuerpo era lavado, ungido y envuelto. El embalsamiento no era practicado por los hebreos.

Solamente Jacob y José recibieron un servicio fúnebre egipcio. Tampoco se practicaba la cremación, se consideraba inhumano quemar un difunto pagano. Se practicaba solamente contra personas consideradas muy pecadorasx. Se quemaba incienso. El entierro era la forma normal de disponer del cuerpo. La falta de entierro era considerado una tragedia. El proveer entierro era considerado una virtud. El cadáver era llevado en un ataúd a la tumba. Era depositado sin el ataúd. Eran enterrados vestidos con sus ropas.

La comida envenenada de la comunidad profética

Durante un tiempo de hambre en la región de Gilgal, la comunidad de profetas estaba reunida con Eliseo. En un sentido, éstos eran estudiantes que se preparaban para ser profetas; no era una comunidad de ascetas, pues vivían en familia como indica. El profeta principal les mandó preparar un guisado en una olla grande. Un novato recogió unas calabazas silvestres para el guisado sin reconocerlas; probablemente se trataba de una fruta del tamaño y forma de una naranja o pequeño melón pero con un sabor en extremo amargo, con un olor pungente; eran purgantes fuertes y en cantidades grandes podrían causar la muerte. Cuando los profetas se dieron cuenta al probar el guisado, dijeron que la olla estaba envenenada y dejaron de comer. Eliseo mandó traer harina, la echó en la olla y les ordenó que siguieran comiendo, porque ya no había nada malo con la comida. La harina simbolizaba vida, como la sal en 2:21, y como consecuencia de la ayuda del profeta había abundancia de comida en vez de hambre y muerte.

La multiplicación de los panes para los profetas

Evidentemente, durante el tiempo de hambre del acontecimiento anterior ocurrió este ejemplo de las provisiones especiales de Dios para sus escogidos. La providencia divina se demuestra tanto en el regalo de 20 panes de cebada y los granos de trigo como su ofrenda de primicias por el hombre de Baalsalisa, un lugar cerca de Gilgal en las colinas del oeste de las montañas de Efraín y unos 20 km. al este de Siquem, como en su multiplicación de manera que hubo suficiente para alimentar a 100 personas, y además sobró. El milagro ocurrió sólo después de la pronunciación de la palabra profética por Eliseo. Nos recuerda de Jesús al multiplicar los panes para las multitudes en Galilea. No nos debe sorprender que el Mesías hiciera actos similares, pero más impresionantes que los varones de Dios del antiguo pacto. Pueden ser interpretados como anticipaciones o como repeticiones y cumplimientos. Como quiera, está claro en ambos casos que el reino de Dios ha despedazado el orden antiguo de miseria y desesperación.

Cada una de las cuatro narraciones en este capítulo comienza con un problema que se resuelve por medio de la intervención del hombre de Dios que emite la palabra profética. Todas demuestran cómo Dios y su palabra mejoran la vida: de pobreza extrema a libertad de toda deuda, de la muerte a la vida, de alimento envenenado a comida saludable y de hambre a sobreabundancia. En cada caso se trata de la vida rescatada de la muerte; la desesperación se transforma en esperanza. En cada caso la vida es amenazada por algo: por tragedia económica y esclavitud, por la muerte del unigénito nacido por la intervención de Dios, por hambre y veneno y por la escasez de alimentos. En cada caso el poder de Dios a través del profeta Eliseo penetra la desesperanza y la rompe en pedazos con la palabra de vida. Dios suple lo que cada uno necesita más: dinero para el pobre, un hijo para un matrimonio sin hijos, pan y guisado para los hambrientos.

Es muy notable que hay un interés especial de Dios por los pobres, pero existe igual preocupación por personas ricas con casas grandes. De modo que el varón de Dios no se asocia exclusivamente con los marginados de la sociedad. Eliseo no se encontraba al frente de una campaña religiosa contra un segmento de la sociedad. Estaba dispuesto a aceptar la hospitalidad de los ricos y aun ofrecía usar su influencia con los poderosos del país. En todo caso, la esperanza para cualquier clase de la sociedad no se encontraba en algún líder político o en una revolución, sino en el poder del Dios creador, que a través de su palabra profética viva acababa con la máxima desesperación que era la muerte. La restauración a la vida rompía en pedazos el momento más desesperante de todos: la muerte.

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