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2 de Reyes 4: Milagros de Elias y Eliseo

La viuda endeudada de la comunidad profética

Una viuda de uno de los profetas fieles al Señor consultó a Eliseo sobre un serio problema: su difunto esposo había muerto sin pagar una deuda. Según la costumbre de la época, para sufragar la deuda el acreedor podría hacer esclavos a sus dos hijos. La ley de Moisés permitía también la esclavitud con el fin de sufragar una deuda pero a la vez reglamentaba la práctica de prestar dinero. La privación a sus dos hijos significaría para la viuda la pérdida de su único sostén en la vejez. Para socorrerla, Eliseo no prescindió de ella, al darse cuenta que tenía un frasco de aceite en su casa (como los usados en la ceremonia de unción). Le mandó que pidiera prestadas de los vecinos todas las vasijas que pudiera conseguir y luego, en privado, las llenara de aceite. En seguida, la viuda obedeció la palabra profética y solo después de llenar la última vasija se detuvo el aceite.

La cantidad de bendición recibida por ella era proporcional a su fe en la palabra profética y su diligencia en conseguir todas las vasijas de la comunidad. La orden de llenar las vasijas después de cerrar la puerta hace claro que el milagro no fue un espéctaculo público, ya que el profeta no estuvo presente; no pudo haber sido un truco mágico, sino un acto portentoso de un Dios y Creador amoroso que satisface la necesidad personal en privado. Así su participación personal y la ausencia de Eliseo servían para que ella se diera cuenta de que el poder para resolver su problema procedía de Dios y así aumentaría aún más su fe.

En una segunda consulta, Eliseo le dijo que vendiera el aceite y la ganancia les daría para pagar la deuda y para vivir juntos los tres. Esta viuda, que se caracterizaba por su obediencia a la palabra de Dios, se parece a la de Sarepta en 1 de Reyes 17:8-16.

La mujer acomodada, pero generosa, de Sunem y su único hijo

Eliseo manifestó una preocupación también por la unidad y felicidad de la familia de una mujer acomodada. En cuanto a la condición socioeconómica, estaba en el polo opuesto a la pobre viuda anterior; pero las dos estaban unidas en una fe anclada en Jehová y en la práctica de la misma.

En su circuito profético, el hombre de Dios pasaba con frecuencia por Sunem, pero debido a su cercanía al monte Carmelo normalmente no se quedaba allí; por eso la sunamita, una mujer acomodada que probablemente era de la nobleza y que ocupaba un lugar destacado en la sociedad, se vio obligada a insistir que el profeta comiera con ella y su esposo en cada viaje, demostrando de ese modo la virtud importante de la hospitalidad. Sunem, una aldea de la tribu de Isacar a unos 7 km. al norte del pueblito de Jezreel en la falda del collado de Moré, tenía una vista panorámica desde el norte hacia la parte este del valle de Jezreel.

Con el tiempo, la señora convenció a su esposo de ayudar aún más a este profeta santo por medio de la construcción de un cuarto en el techo de la casa. También lo amuebló con lo más esencial para darle un hospedaje adecuado. Esta es la única referencia a un profeta como santo. El uso de esta palabra en el AT es típico para describir a los celebrantes del culto, a los nazareos, y al pueblo de Israel como “reino de sacerdotes”, sin necesariamente sugerir una moralidad superior.

Al sentirse agradecido por su hospitalidad y generosidad, Eliseo quería demostrar su gratitud. Guejazi, su ayudante nombrado por primera vez aquí pero que tiene un papel prominente además en los capítulos 5 y 8, mandó traer a la señora. Sin hablarle directamente a ella sino a través de su siervo, Eliseo ofreció aprovechar de su influencia con los poderosos del país para ayudarla. Pero con dignidad y completa seguridad la señora indicó que a ella no le hacía falta nada, porque vivía con sus parientes que vigilarían por sus intereses. Luego, cuando el profeta preguntó a Guejazi si tenía idea de cómo ayudarla, se le informó que no tenía ni un solo hijo. Cuando mandó traer a la señora otra vez, Eliseo le prometió que tendría un hijo dentro del año. Como Sara, esposa del gran patriarca Abraham, ella resistió la idea y respondió con duda. Como quiera, antes de pasar un año se cumplió cabalmente la palabra profética.

Después de varios años, cierto día en la finca donde el niño de probablemente cinco o seis años estaba curioseando y jugando, se enfermó repentinamente, es muy probable que de un ataque debido al calor del sol (insolación). Se le llevó a su madre, y junto a ella murió al mediodía.

En ese mismo momento, la total seguridad y autosuficiencia del día antes cuando no necesitaba del profeta, terminó por completo para la señora. Como en el caso de Job en unos cuantos minutos todo se desmoronó. Pero también como Job, con mesura y autocontrol sin nada de histeria, como si todo fuera fríamente calculado, llevó el cadáver del muchacho a la habitación del santo hombre de Dios, posiblemente para mantener en secreto su muerte, y ensilló una asna a pesar de la presencia de un siervo. Ni las preguntas de su esposo o las posteriores tres de Guejazi pudieron desviarla de su firme propósito de conseguir cuanto antes la ayuda del profeta, que estaba a 40 km. de distancia. Con un siervo, la valiente mujer llena de angustia pero también de fe y esperanza viajó al monte Carmelo buscando a Eliseo. Este la reconoció de lejos y envió a Guejazi a saludarla. La negativa firme pero cortés de la mujer de confiar su problema en este, ¿sugiere desconfianza en él o el rechazo y resentimiento hacia una comunicación a través de un mediador? Cuando estos llegaron donde el hombre de Dios, con angustia casi incontrolable la señora le agarró por los pies, signo de respeto y de deferencia (en Mateo 28:9, otra mujer en humiliación y veneración, repite el mismo acto pero con el profeta de los profetas). Luego, con enojo y amargura comenzó a revelarle con palabras cortantes y acusatorias el desenlace de su hijo junto con una petición de parte de ella. Le recordó que ella no había pedido un hijo de él y aun cuando él lo había prometido, advirtió al profeta que no se burlara de ella. De esa manera estaba acusando de engaño a él y a Dios.

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