2 de Crónicas29: El reinado de Ezequías

Luego de limpiar el templo, convocó a los sacerdotes y otros levitas de todo el país para pedirles que se santificaran y purificaran la casa de Dios para la adoración, en preparación para la restauración del pacto entre Dios y su pueblo. Ezequías reunió a los sacerdotes en la plaza oriental o en el espacio amplio frente al templo.

El mensaje conmovedor del rey contenía el reconocimiento del pecado colectivo de Judá y Jerusalén y la determinación en su corazón de hacer un pacto con Jehová para que apartara de ellos el furor de su ira. ¡Ningún siervo de Dios podría rehusar tamaña apelación en una hora tan crítica para la nación! ¡Cuánto honor para el hombre por parte de Dios! él permite que pecadores redimidos asuman tareas espirituales de grandes proporciones en su reino y así estar delante de él sirviéndole.

Los sacerdotes y los demás levitas no se hicieron esperar. Aceptaron el reto del rey y limpiaron la casa de Jehová conforme al mandato del rey, basado en la palabra de Jehová (v. 15). Sacaron al atrio de la casa de Jehová toda inmundicia, indicando no solo la basura sino también el aparato cúltico pagano introducido por Acaz. Toda esa inmundicia fue llevada al arroyo de Quedrón, en la parte oriental, donde se quemaba la basura. Allí quemó el rey Asa la monstruosa imagen de Asera de su abuela, un siglo y medio antes.

La labor de limpieza terminó en ocho días, incluyendo el altar del holocausto y todos sus utensilios y la mesa de la presentación y todos sus utensilios. El informe de la labor sacerdotal y levítica indicaba que tanto el corazón de los líderes, así como las cosas que pertenecían a Dios, habían sido restauradas, y estas últimas colocadas delante del altar de Jehová.

El próximo paso en la restauración del servicio del templo consistió en consagrar a Jehová la casa real, el santuario y sus siervos y todo el pueblo de Israel. El rey y el pueblo de Judá pusieron sus manos sobre los machos cabríos para hacer expiación por todo Israel.

El “colocar las manos” sobre los machos cabríos en la ofrenda por el pecado era indicación de que se los designaba como sustitutos; es decir, la vida de ellos era ofrecida por la vida de los pecadores; los pecados del que sacrificaba eran transferidos a las víctimas del sacrifico. De este modo, los machos cabríos eran tipos de Cristo en su muerte por los pecadores.

Cuando el cronista dice que la expiación fue hecha por todo Israel, está rompiendo todas las barreras geográficas o políticas para incluir a las tribus del norte donde había un remanente que todavía se mantenía fiel a Jehová. La óptica divina de contar con un pueblo escogido de entre las naciones seguía en pie.

Las ofrendas quemadas servían para que el sacerdocio y el pueblo se consagraran al servicio del Señor. Estas eran ofrecidas en el altar, acompañadas por la alabanza vocal e instrumental de los músicos levitas y de todo el pueblo. No hay duda alguna que para entonces ya se hacía uso de los salmos canónicos en el culto de adoración. Esto quiere decir que los Salmos 42-72 eran conocidos por el pueblo. En el versículo 30 hay evidencia de que el vidente Asaf ya era conocido y que sus Salmos también formaban parte de la liturgia.

El canto inteligente y bien pensado se convierte en una experiencia única durante el culto de adoración. Así, muchos himnos son usados por Dios como mensajes en sí mismos o como reafirmación de los sermones. Esto es lo que produce grande gozo en el culto de adoración. El movimiento de la Reforma protestante se distinguió no solamente por un retorno a las Escrituras, sino también por su elemento de alegría expresada en el canto con el corazón o sursum corda, es decir, un redescubrimiento del valor de la música en el culto. Así, los creyentes de la Reforma eran conocidos como “el pueblo de los dos libros”: la Biblia y el himnario.

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