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2 de Crónicas 4: El mobiliario, los atrios y los utensilios

Tal requisito apunta a la calidad del servicio que el creyente ha de rendir a Dios. ¿Cómo nos acercamos a Dios en la hora íntima de la comunión?. ¿Cómo saldremos afuera a servir a los pecadores?

Oro: Es fácilmente observable, en todo lo relacionado con los metales en la construcción del templo, la repetida incidencia del oro.

Y es digno de fijar la atención también en la puntualización del cronista en lo de “oro puro” y “oro finísimo”.

Lo incorruptible, lo duradero, patrón monetario; lo mejor. Decir de alguien que es “oro puro”, significa verter en esa persona el mejor de los criterios.

Salomón empleó en la construcción del templo lo mejor. “Recubrió también la casa con un ornamento de piedras preciosas”. Dondequiera se mirase en todo el recinto, se veía brillar el esplendor de los ricos metales y la calidad de sus maderas. Esta conjunción prestaba al lugar de culto una imponente grandiosidad, al tiempo que invitaba a un profundo recogimiento y santo temor.

¿Es que Dios merece menos que eso?

¿Qué clase de “material” usa hoy el creyente en el servicio a su Dios?

Valor teológico

Tanto la construcción del tabernáculo, como ahora la del templo, destaca siempre la precisión de todos los detalles: calidad, medidas, lugar donde debían colocarse los útiles fabricados y, en algunos casos, el propósito específico de los mismos, como las fuentes y el mar de bronce del versículo 6.

Tal precisión aparenta hacia la acción de un Dios arquitecto, que en todo cuanto él toca deja el sello de la perfección. Así lo hizo en la creación, a la que añadió hermosura, belleza. No puede ser menos que un Dios que es la suma de lo perfecto.

El templo era el lugar escogido por él mismo para manifestarse a su pueblo, a través de los sacerdotes. Es el lugar donde el creyente acude para obtener perdón, a través de ofrendas de animales. Por tanto, si la acción de Dios en favor de su pueblo es completa y perfecta, todo cuanto interviene en el desarrollo del culto propiciatorio, ha de ser de calidad. Así se logra un todo armónico; en ensamblaje perfecto entre el Dios propiciador, el oferente, el lugar y las víctimas ofrecidas.

Cualquier observador ha de llegar a la conclusión que en ese lugar se revela la presencia de un Dios que ha puesto su sabiduría en todo cuanto le rodea.

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