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2 de Crónicas 33: El reinado de Manasés

Pastor Lionel

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El culto al ejército de los cielos se remontaba hasta los días de Moisés. Los asiriobabilónicos practicaban este culto, por su gran interés en la astrología. Si los asirios imponían sus religiones sobre los pueblos conquistados (de lo cual no hay prueba), Manasés y Judá fueron excelentes alumnos, ya que hicieron lo malo, más que las naciones que Jehová había destruido… .

Manasés edificó altares en la casa de Jehová. Su profanación del templo llegó al colmo, frustrando las expectativas salomónicas cuando Salomón dijo: “Yo he edificado una casa sublime, una morada donde habites para siempre”. Dios mismo había aceptado el templo como su morada, diciendo: “…Y he santificado esta casa para que esté allí mi nombre para siempre. Mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días”.

Manasés quemó a sus hijos como ofrenda a los dioses paganos en el valle de Benhinom, siguiendo el ejemplo de su abuelo Acaz; practicó la magia, la adivinación y la hechicería; evocó a los muertos y practicó el espiritismo. Las Escrituras condenan estas prácticas, ya que atentan contra la fe en el Dios verdadero. Los espíritus que tercian en el espiritismo originalmente parecían tener conocimientos sobrenaturales; muy pronto, estos conocimientos se asignaron a los que tenían el poder de invocarlos, como las brujas y los médiums. Según 2 de Reyes 21:16, Manasés derramó mucha sangre inocente, como colmo de su maldad.

En medio de este sombrío capítulo de su historia, Jehová no había dejado a su pueblo sin voz profética. Les habló pero no escucharon. Sus profetas hablaron concerniente a la destrucción de la nación, pero no escucharon. Como resultado de esto Dios usó al ejército de Asiria para hacerles llegar su merecido castigo.

Por el año 648 a. de J.C. Asurbanipal sofocó una revuelta en Babilonia que había durado cuatro años. Durante ese tiempo los egipcios aprovecharon la oportunidad para sublevarse exitosamente contra Asiria.

Es posible que Manasés tratara de hacer lo mismo, pero por su cercanía a Asiria no tuvo el mismo éxito. Los jefes del ejército asirio aprisionaron con ganchos a Manasés, y lo llevaron a Babilonia atado con cadenas de bronce.

En medio de su angustia y en el cautiverio, Manasés imploró el favor de Jehová su Dios y se humilló mucho delante del Dios de sus padres. Con cierta frecuencia, las lecciones espirituales profundas se aprenden en el valle de la angustia; son las crisis del espíritu que conducen al hombre a su reconciliación con Dios, como fue la experiencia de Pablo. En la percepción espiritual del cronista, uno de los gobiernos más largos en la historia de Judá no podía ser un completo fracaso. Su sentencia: Entonces Manasés reconoció que Jehová es Dios reafirma esta percepción, ya que quitó de la casa de Jehová los dioses extraños y el ídolo.

El pueblo, no obstante, continuó sacrificando en los lugares altos. Después de su arrepentimiento, Manasés fue puesto en libertad y pudo regresar a Jerusalén a continuar reinando. Como se vio con anterioridad, pudo hasta instaurar reformas religiosas, pero no pudo cambiar a su pueblo, ni alterar el curso de la ola del juicio divino para Judá.

Cien años de paganismo no podían ser erradicados en pocos años de reforma religiosa. Aunque las ofrendas eran presentadas solo a Jehová, todavía iba contra las enseñanzas de Moisés, que reclamaban un culto central. El culto instaurado por Manasés era el mismo culto a Baal, pero con diferente ropaje.

Antes de cerrar su narrativa sobre la vida de Manasés, el cronista se apresta a proveer la fuente de su información bibliográfica: las crónicas de los reyes de Israel y los escritos en las crónicas de los videntes. Al morir no fue enterrado en el cementerio de los reyes, sino en su casa. Según 2 de Reyes 21:18, fue sepultado en el jardín de su casa. Esta acción al morir Manasés indica que el pueblo no lo consideraba como un rey popular en Jerusalén. Su hijo Amón lo sucedió en el trono.

El reinado efímero de Amón

Amón heredó la maldad de su padre y anduvo por los caminos de la apostasía. Tenía 22 años cuando empezó a reinar entre 642-640 a. de J.C.. Sus dos años registraron todo género de bajezas espirituales y nunca se humilló delante de Jehová. Si pensó en volverse a Dios en la postrimería de su reinado, jamás tuvo la oportunidad, porque fue asesinado a la edad de 24 años.

En un intento de erradicar de una vez por todas esa secuencia de complots contra sus monarcas, el pueblo decidió tomar el asunto en sus propias manos, dando muerte a los asesinos del rey. Es probable que este acto sea uno de los pocos instantes en la historia para indicar las aspiraciones democráticas de Judá, aunque iba contra de la ética judicial reinante en la nación. El pueblo proclamó rey a su hijo Josías.

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