2 de Crónicas 21: Reinado de Joram de Judá

Pastor Lionel

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La carta de Elías dirigida a Joram ha causado un poco de confusión, sobre todo cuando se trata de ubicar el tiempo de su composición. Aunque su ministerio estuvo concentrado en las tribus del norte, Elías tuvo que ver con el sur en su búsqueda de refugio y, en esta ocasión, para atender a una necesidad de Judá. Elías llegó hasta Horeb, el monte de Dios, vía Beerseba, huyendo de la persecución de Jezabel. Horeb estaba en el desierto de Sinaí. Aunque la última acción de Elías ocurrió en el 852 a. de J.C., su arrebato al cielo ocurrió después del ascenso de Joram al trono de Judá en el 848 a. de J.C.. Solamente Eliseo se encontraba disponible en la tierra cuando Josafat preguntó si había profeta de Jehová con quien consultar. Cuando la carta fue entregada a Joram, es muy probable que el arrebato de Elías al cielo ya había tenido lugar. Con este hecho en mente, no cabe duda alguna que el mensaje «de ultratumba» tuviera su impacto deseado en la conciencia corrupta de Joram.

Muy pronto, el juicio de Dios se hizo sentir en la casa de Joram. Los filisteos que pagaban tributo a Judá eran los invasores, ayudados por los árabes que estaban al lado de los etíopes. Saquearon el palacio real, secuestraron a sus hijos y a sus mujeres, lo más preciado del rey. La ironía de la historia vuelve a darse: el que empezó su reino matando a sus hermanos, terminará sufriendo la pérdida de sus hijos y sus mujeres, excepto Ocozías.

La enfermedad incurable del rey pudo haber sido una disentería crónica. Al morir, su pueblo no prendió la hoguera tradicional que permitía quemar incienso en honor de un monarca fallecido. El pueblo se sentía avergonzado por haberlo seguido en todos sus caminos de maldad. Joram se ganó el otro epitafio que nadie desearía en su tumba: Y se fue sin ser deseado. No lo enterraron con los otros reyes para que la corrupción de su carne no contaminara los huesos de los otros reyes.

Verdades prácticas De un enemigo, cuya identidad se desconoce, David dice que “no quiso la bendición, y ella se alejó de él”. David está expresando una verdad indiscutible, y que se halla esparcida a lo largo de la historia bíblica, como en el caso de Saúl.

Libna había estado sometida a Israel desde los tiempos de la conquista de Canaán. Edom, en tiempos del rey Salomón, estuvo subyugada a Israel.

Pero ahora, en el reinado de Joram, los dos se liberaron del dominio de Judá, cumpliéndose así la ley impresa en el código divino: perder lo que se tiene, a causa del pecado. Joram decidió dejar “a Jehová el Dios de sus padres”, y el Dios de sus padres lo dejó a él. Al debilitarse el poder, las posesiones se esfuman.

Las conquistas hechas en el poder de Dios, los beneficios recibidos en un momento de la vida, pueden perderse cuando, a causa de vivir en desobediencia, el escudo de la fe se debilita y el enemigo roba las posesiones.

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